Queremos tanto a Melville

Fotos : Chepe Guerra

La actualidad del autor de Moby Dick en la narrativa latinoamericana—de Jorge Luis Borges a Eric Schierloh.

Por Daniel Salinas Contador

En los últimos años, escritores latinoamericanos han dado a la imprenta una insólita serie de libros que dialogan de manera explícita con Herman Melville. Pienso, por ejemplo, en Melvill (2022) de Rodrigo Fresán; Doscientas ballenas azules y Cuatro caballos blancos (2021) de Margo Glantz; M (2019) de Eric Schierloh; Historia de una ballena blanca (2019) de Luis Sepúlveda; la novela gráfica Mocha Dick. La leyenda de la ballena blanca (2018) de Francisco Ortega y Gonzalo Martínez; y La ballena tatuada. O una historia de la primera vuelta al mundo (2021), las eruditas historietas de Darío Adanti.

Tanto entusiasmo por Melville puede parecer extraño si pensamos que el autor de Moby Dick no es, a primera vista, un referente importante para la ficción latinoamericana. Sin embargo, si uno vuelve atrás con la intención de encontrar a los lectores de Melville en América Latina, no es difícil encontrarlos. Borges, para no ir más lejos, fue uno de los primeros: escribió sobre Melville en prólogos y reseñas, lo tradujo (su versión de Bartleby el escribiente apareció en 1943, un año antes de Ficciones), e incluso le dedicó un sentido poema de homenaje (el poema no es muy bueno, valga la aclaración). En una entrevista para la televisión norteamericana, Borges dice que el fracaso de Melville durante su vida se debe a que se encasillaron sus libros en el género de los relatos de viajes. “Tengo la edición de 1911 de la Enciclopedia Británica”, le cuenta Borges en inglés a su entrevistador, “y se habla de Melville del mismo modo en que se habla del capitán Marryat o de otros escritores similares”. Y agrega: “Pero yo diría que Melville es uno de los grandes escritores del mundo, ¿no?”. Aun así, Melville ocupa un lugar relativamente periférico dentro de la obra de Borges; para él, los escritores centrales de la literatura estadounidense son Walt Whitman y Edgard Allan Poe, sobre los que escribió más y mejor.

Por su parte, los machos ancianos del Boom omitieron a Melville en favor de Faulkner, de Hemingway y del tío Rico McPato. Una excepción honrosa es ¨Prometeo desencadenado¨ (1960), un ensayo en el que Carlos Fuentes, tras proponer toda clase de ideas interesantes, yerra por completo cuando afirma que Moby Dick “celebra el dominio de la naturaleza por la técnica”. Todo lo contrario: la absurda muerte de los tripulantes del Pequod por culpa del poder absoluto que tiene sobre ellos el capitán Ahab es una crítica y una advertencia de la irracionalidad y la maldad extrema a las que puede llegar el mundo moderno, pese a y gracias a todo su desarrollo científico y poder tecnológico.

En las generaciones más recientes, sólo uno que otro escritor dijo alguna cosa más o menos significativa, aunque casi siempre superficial, sobre Melville. Ni siquiera Juan Villoro, en quien yo habría cifrado mis esperanzas, ha publicado sobre Melville una sola palabra: se lo pregunté en persona hace tres años, cuando vino a París a presentar la reedición de Llamadas de Ámsterdam en la librería Cienfuegos. “Pero en mi último libro escribí sobre Robinson Crusoe y Daniel Defoe”, me respondió Villoro, como premio de consuelo. (En esa época, la notable colección de libros en español de la Cienfuegos brillaba en una fantasmal galería subterránea de la village Suisse en el 15eme arrondisement; el problema era que estaba siempre cerrada y tenía los libros a precios impagables).

El único escritor latinoamericano que ha alzado a Melville como su bandera de lucha es el patagónico Francisco Coloane, quien se propuso escribir el Moby Dick sudamericano en El camino de la ballena (1962). Por un tiempo esta novela fue lectura obligatoria en las escuelas chilenas, pero en la actualidad sus lectores son escasos, si es que todavía existimos. Por razones que desconozco, pero que me gustaría averiguar, en los años noventa Coloane tuvo un renacimiento en Francia, donde le fue conferida la Ordre des Arts et des Lettres en 1997. Coloane fue un gran narrador oral y conocía como nadie las tierras y los mares del extremo sur de América, pero en sus libros Melville sólo aparece en su faceta marinera y romántica, que es en mi opinión la más superficial.

Los libros de Melville son objetos multifacéticos: hay en ellos una dimensión formalmente transgresora y experimental, otra filosóficamente existencialista y espiritualmente mística, y su manera de apropiarse de la alta y de la “baja” cultura es tan astuta como picaresca y omnívora. Éstas son las razones que explican, creo yo, su vigencia en la literatura contemporánea. Además, la intrigante vida de Melville, quien escribió maravillosamente bien, pero vivió horrorosamente mal y murió, como Kafka, pensando que todo su trabajo había sido en vano, interpela a los lectores y escritores de hoy porque revela como pocos que la literatura puede ser un oficio peligroso.

Leamos a Schierloh

M de Eric Schierloh fue publicado el 2019 en Buenos Aires por Eterna Cadencia, en una bella y cuidada edición que hace justicia a la calidad literaria del libro. En un artículo, Enrique Vila-Matas dice que M es una biografía de Melville. Me gustaría darle la razón, pero lo cierto es que se queda corto. M es más que una biografía, aunque en un sentido que no es evidente de inmediato. Es un libro raro, un experimento narrativo de alto vuelo conceptual y difícil de clasificar, pero que gratifica a quien se da el trabajo de leerlo con cuidado, es decir, en este caso, de descifrarlo.

M relata, a su manera, los últimos años de vida de Herman Melville. Arranca la noche en que Melville, a sus 42 años, hace una hoguera en el patio de su casa de campo y quema todos sus manuscritos. Moby Dick y sus cuatro libros posteriores (Pierre; Israel Potter; The Piazza Tales; The Confidence-Man) han sido maltratados por la crítica e ignorados por el público. Desesperado, Melville echa al fuego lo que queda de su carrera como novelista y se manda a cambiar a Nueva York, su ciudad natal.

En Nueva York –lo aprendemos en las páginas de M– Melville consigue un trabajo como inspector de aduanas y a partir de entonces “pasa a la clandestinidad”, para usar la expresión de Schierloh; inicia “una vida de retiro y silencio” que durará hasta su muerte. Pierde casi todo contacto con el mundo, vive escondido hasta de sus mejores amigos. Su vida es triste. Uno de sus hijos se suicida. Sufre de múltiples enfermedades. Una gripe lo deja ciego por un tiempo. Lee vorazmente, pero con un solo ojo. Escribe poemas que publica de a uno, en periódicos, de manera anónima. Cuando vuelve a usar su nombre y publica su primer libro de poesía, le llueven las críticas. Cuando publica el segundo, lo mismo (la tirada había sido de 350 ejemplares y se destruye, con la autorización de Melville, un saldo de 220 copias). El tercer libro de poesía lo publica de manera anónima. Tras 19 años de servicio, renuncia a su trabajo en la aduana. Sus familiares rumorean sobre su supuesta locura. Lee un libro de Balzac y marca este pasaje: “Yo digo que todo hombre tiene solo una cierta cantidad de fuerza, coraje y esperanza, y que mis reservas de todo eso se han acabado”. Trabaja en secreto en el manuscrito de Billy Bud. En Noviembre de 1889, un académico de Nueva Escocia (Canadá) le envía una carta diciendo: “Por algunos años he leído y releído Moby Dick con renovado placer en cada nueva lectura, y tras su estudio ha llegado a crecer en mí la convicción de que los méritos singulares de ese libro jamás han recibido el debido reconocimiento”. Al mismo tiempo, un periódico publica un artículo que dice: “Hay más gente hoy que cree que Herman Melville está muerto de la que sabe que aún vive”. Melville lee un libro y marca este pasaje: “Como decía Voltaire, al irnos dejaremos este mundo tan loco y enfermo como lo encontramos al venir”. Escribe la última página de Billy Bud, que queda incompleto. Publica de manera anónima un último libro de poesía en una tirada de 25 ejemplares. En Septiembre de 1891, a los 72 años, muere de falla cardíaca, regurgitación mitral y astenia.

Estos hechos han sido contados muchas veces en las biografías que existen sobre la vida de Melville. Pero Schierloh hace con ellos algo diferente. En lugar de narrarlos con la coherencia y claridad de un buen biógrafo, simplemente los presenta en orden cronológico. No dice lo ocurrido en sus propias palabras, sino que se limita a presentarlos y ordenarlos por medio de citas a textos de distinto tipo: cartas escritas por Melville o por sus familiares y conocidos, artículos periodísticos, reseñas de libros, libros de memorias en los que alguien recuerda algo de Melville (una de sus nietas escribe: “la diversión consistía en meter mis manos dentro de su tupida barba y estrujarla con fuerza”), frases o palabras que Melville anotó en el borde de sus libros, párrafos que subrayó, etcétera. No dice “Melville se había vuelto escéptico sobre la fama literaria” sino que cita una carta de Melville en la que éste lo dice en sus propias palabras: “En cuanto a que no se haya asegurado fama, ¿qué hay? No es menos por eso, sino que por el contrario es mucho más (…) Cuanto más avanza nuestra civilización en su actual curso más baratas son las cosas que adquieren fama, especialmente las cosas literarias”. Habla Melville, hablan sus familiares y conocidos, sus lectores, pero no hay narrador. Mejor dicho, parece que no hubiera narrador, pero sabemos que esto es una ilusión, pues Schierloh, el autor, es quien decide, sin ser visto, lo que queda adentro y lo que es excluido del relato. De él depende el montaje de los textos, los ubica de manera tal que los fragmentos se iluminen entre sí y deja al lector en libertad para formarse una idea propia de las cosas. En esto evoca el método inventado por Walter Benjamin, otro gran escritor que murió en el olvido y alcanzó la fama después de su muerte. En El libro de los pasajes, Benjamin compuso una obra compuesta casi exclusivamente de citas a textos de otros autores que sacó de los archivos de la Bibliothèque Nationale de Francia.

¿De dónde saca las citas Schierloh? De un libro rarísimo, excéntrico hasta decir basta, que nadie en su sano juicio ha leído de lomo a lomo jamás: la segunda edición de 1969 del libro The Melville Log. A Documentary Life of Herman Melville, 1819-1891, de Jay Leyda. En las palabras de Schierloh, el Melville Log es “una maravillosa investigación y monumental transcripción día por día de todo (absolutamente todo) cuanto se sabía de la vida de Melville para 1951 y, después, 1969”. Apenas me enteré partí corriendo (es un decir) a la Biblioteca Estadounidense de París (The American Library in Paris) donde comprobé que esto no era una invención de Schierloh: ahí, entre los miles de libros en inglés, había un ejemplar, en dos gruesos volúmenes, de la primera edición del Melville Log de Leyda, publicada en 1951 por la editorial Harcourt, Brace and Company de Nueva York. Para escapar del “pantano de la interpretación”, escribe Leyda en la introducción, reunió la mayor cantidad posible de materiales sobre la vida de Melville que fue capaz de encontrar, sin excluir las cosas poco importantes, ni dar prioridad a unos períodos de su vida por sobre otros, y sin tratar de esconder la faltas de información o las contradicciones entre ellas. Su idea era que cada lector fuese su propio biógrafo de Melville.


Leyendo el Melville Log de Leyda me enteré de que log es la palabra con que se designa en inglés a los cuadernos de bitácora en que los marinos de guardia registraban los datos de lo acontecido en los viajes en barco. Es decir, en su Melville Log, Leyda aplica a la vida de Melville el mismo método de escritura que se usaba en la navegación desde hace siglos.


Al comparar las entradas originales del Log de Leyda con las traducciones de esas entradas al español en el libro de Schierloh, me di cuenta de que M no sólo es una biografía fragmentada, también es un experimento de traducción literaria: “una fiable traducción libre despojada en lo posible de ciertas coordenadas rígidas (nombres, fechas, lugares, &c)”, en las palabras del propio Schierloh. M es la primera y única traducción al español del Melville Log de Leyda, no de todo el libro, lo que sería excesivo, sino de una cuidada selección. Esto se suma a las notables traducciones que Schierloh ha hecho de la poesía de Melville (Lejos de tierra & otros poemas).


Esto no es todo. Desde su primera página, M cuenta la historia de un misterioso personaje llamado, al igual que el autor, Herman Melville. Se trata de un impostor que se hacía pasar por Melville y vendía sus libros como si fueran suyos. Este hombre aparece en el Melville Log. Dice Schierloh que fue este personaje el que le dio la idea de escribir M, cuya última cita es una cita en la que Herman Melville dice: “Puedo asegurarle que en verdad existo”. Pero cuál Melville es el que lo dice, ¿el autor de Moby Dick o el impostor? M es también, a su manera, una novela de misterio que investiga la identidad de este enigmático alter ego de Melville.


Leamos a Melville


Hay un artefacto de Nicanor Parra que dice así: “Primera condición de toda obra maestra: pasar inadvertida”. Moby Dick pasó inadvertida y Melville fue redescubierto de manera póstuma. Ahora es la narrativa latinoamericana la que está leyendo sus libros, haciéndolos pedazos y ocupándolos para reiterar, y en una de esas hasta para reinventar, la literatura.

Los comentarios están cerrados.

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑