Fotos : Marina Silberman y Flor Millanarváez
Entrar a una casa antigua es viajar a través del tiempo. En este recorrido-historia, algunos destellos de la Embajada de Chile en París.
Por Marina Silberman y Flor Millanarváez
En el número 2 de la avenida de La Motte-Picquet -una bella esquina del coquetísimo septième arrondissement de París- se levanta la casona antigua que ocupa la Embajada de Chile en Francia. Es difícil imaginar que la mansión de majestuosos salones de baile y paredes recubiertas de espejos haya sido en realidad concebida como vivienda particular. El príncipe de La Tour D’Auvergne mandó a construirla a principios del siglo XX, mucho más movido por el amor que por la especulación inmobiliaria: se había casado con una mujer más joven que él y ella quería divertirse, ser parte de la vida social de la época. Girls just wanna have fun. Y cuando se piensa en los atractivos del París de la belle époque, cómo culparla. De modo que la pareja abandonó su castillo al borde de la Loire y se vinieron, como decimos en criollo, más cerca del centro.
A finales de los años 20 el príncipe, acosado por quién sabe qué tenebrosos fantasmas, se colgó de las vigas del último piso de la gran residencia. Esa tragedia y las inevitables fábulas que le sobrevinieron hicieron que la propiedad no se revalorizara y cayera en el abandono. El gobierno de Chile la adquirió años más tarde por un precio acorde a su estado, aunque a juzgar por la opulencia actual, no podemos pensar en una verdadera bicoca.
Si la fachada de la casona no resalta en la manzana no es por modestia sino porque comparte frente con una serie de edificios que hacen gala de su misma grandiosa arquitectura. En la puerta nos recibe con una sonrisa Nazhla Abad, diplomática de carrera encargada de los asuntos culturales de la Embajada. Nos guía por el interior y luego hacia el primer piso a través de una ancha escalera de mármol blanco. Nos regala un libro precioso sobre la historia del edificio, repleto de textos y fotografías en papel ilustración, y tuvo además el detalle de marcar las páginas que consideró más oportunas para aprovechar esta visita. Como una buena anfitriona que abre con generosidad las puertas de su casa, nos muestra con orgullo los salones abiertos al público y nos cuenta su historia.

Antes de la visita imaginábamos el edificio como un mastodonte decadente, una señorona venida a menos que conoció días mejores, quizás porque lo hacíamos a través de la mirada de Pablo Neruda, cuando llegó aquí como Embajador: “Lo más difícil era hacer entrar el aire. El asfixiante estilo salonesco se me metió por las narices y los ojos cuando, en esa noche de 1971, llegué con Matilde a nuestro dormitorio y nos acostamos en las egregias camas donde murieron, plácidos o atormentados, algunos embajadores y embajadoras”.
En cambio ahora nos encontramos con ambientes amplios, alegres y luminosos gracias a los altos ventanales y al trompe l’oeil de los espejos. Nos maravillamos con la elaborada ornamentación del techo, con los tapices orientales, con la biblioteca y sus incunables, con los detalles que decoran la chimenea.
Si la Embajada pudiera hablar, ¿qué nos contaría? Pienso en la novela “La Casa”, de Manuel Mujica Láinez, y en su historia narrada en primera persona. “Soy vieja, revieja…” dice la casa. “Sesenta y ocho años… En Europa sería joven. En Europa hay que tener doscientos o trescientos o quinientos años para que a una la consideren vieja. Y entonces acarrean agentes en ómnibus especiales (lo he oído mencionar montones de veces) para mostrarles la casa antigua, y les explican que la casa es ojival o que en ella vivió un dramaturgo o un santo o un pirata o la favorita de un rey. Y hasta escriben un folleto contando su historia…”.
¿Qué diría, pues, la Embajada? ¿Hablaría del príncipe y de su joven mujer? ¿Qué nos diría de los bailes, de los días felices? ¿Qué de los tormentos y de la terrible muerte de su primer dueño? ¿De las intrigas políticas que se tejieron con ella como testigo en sus pasillos? ¿Qué nos diría sobre los días en que nadie abrió sus puertas y ventanas y todos hablaban a sus espaldas? Será labor de la literatura darle voz a esta espléndida casa y que nos cuente las historias que laten aún en sus espejos, en sus buhardillas, en sus escaleras imponentes.

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