Una reseña de «Se vive y se traduce» de Laura Wittner.
Por Daniela Sías
La soledad y el aislamiento parecieran ser, en la imaginación colectiva, características centrales del oficio de escritura. Pero no serían inevitables; existen también posibilidades diversas de establecer vínculos a medida que se avanza sobre el papel (o la pantalla).
En el libro Se vive y se traduce (Buenos Aires, Entropía, 2021), de la poeta y traductora Laura Wittner, encontramos detalles de un oficio donde el intercambio y el diálogo son centrales. Porque, ¿qué es la traducción sino un diálogo? Incluso el traductor que trabaja el texto de un autor hace tiempo ausente dialoga con él, le hace preguntas, busca las respuestas en sus páginas.
Laura Wittner nos comparte postales de su vida de traductora, y de poeta: reflexiones sobre la traducción, poemas recién traducidos, citas de otros autores y también notas sobre sus intercambios construyen el libro. Para traducir, Wittner se comunica (cuando es posible), con los autores que traduce. En esas conversaciones, los sentidos se esclarecen y la traducción se afina: «Llegan las respuestas detalladas y amorosas del autor traducido, y el texto que ya parecía desplegado al máximo muestra nuevos dobleces, caminitos iluminados con una linterna de otro color.»
También en los registros sobre su taller de traducción se expone y celebra el traducir como trabajo en equipo. Se comparten las traducciones de cada una de las participantes y se discute la pertinencia de tal o cual palabra, como la autora esboza en el epígrafe de Lydia Davis: “dedicándole nuestro tiempo y nuestra atención, ahí paradas en un auditorio medio lúgubre, a una palabra tan pequeña”. En esa palabra tan pequeña que busca su equivalente en otra lengua se juega el sentido y también la complicidad entre traductoras-talleristas.
En esta apertura generosa de su cotidianeidad, la autora nos ofrece además pensamientos sobre los lazos entre escribir poesía y traducir; sus dos literaturas a veces se alimentan y a veces se debaten por ganar su atención (y su tiempo). En ningún caso son indiferentes, las dos son fundamentales: » Siempre lamenté que, a diferencia de los novelistas, quienes escribimos poesía no tengamos «un lugar al que volver». Yo escribo muy de vez en cuando, de a un poema, sin buscarlo. Aparece. Y después de corregirlo y darlo más o menos por listo vuelvo a quedar, digamos, a la intemperie. Quien escribe una novela tiene ahí su casita: se sienta y recorre las habitaciones ya dispuestas, intenta seguir construyendo. Sin embargo ahora, en medio de esta cuarentena, vi lo obvio, y qué tardíamente: la traducción es mi novela.» La traducción es un refugio, en construcción permanente y no siempre solitario.
