Foto : © Jean Luc Bertini / Dibujos : Daniela Sías
La autora francesa dialogó con Revista Pasajes y sostuvo que “los espacios definen a los personajes, hay una especie de solidaridad de los mundos”, y que al momento de la elección para desarrollar las historias de sus libros “el mundo artificial me interesa mucho más que el mundo natural”.
Por Daniela Sías y Magalí Sequera
Las novelas de la autora francesa Julia Deck (1974) ponen en escena a personajes
femeninos singulares, que deambulan por espacios urbanos y arquitectónicos tan
particulares como ellos.
Deck cursó la carrera de Letras en la Sorbona y trabajó como periodista para varios
periódicos y revistas. En 2012 publicó su primera novela, Viviane Elisabeth Fauville, en la prestigiosa editorial Minuit. Le siguió, dos años más tarde, Le Triangle d’hiver y luego Sigma (2017), Propriété privée (2019) y Monument national (2022), todas con la misma editorial.
De todas ellas, se encuentran traducidas al español Viviane Elisabeth Fauville (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2019) y El triángulo de invierno (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2021), ambas traducidas por Magalí Sequera.
En Viviane, una madre primeriza tambalea, en El triángulo de invierno una mujer construye una nueva identidad, en Sigma nos adentramos en el mundo del arte, en Propriété privée se trata de las delicadas relaciones con el vecindario de una pareja recién llegada y en Monument national de la decadencia de una estrella en pleno confinamiento. Con la idea de indagar en la elaboración de esos espacios y personajes, Revista Pasajes dialogó con la autora.
En tus novelas, ¿los espacios son personajes?
Es una idea que siempre vuelve. Sin embargo, los espacios no pueden tener el mismo estatuto que los personajes, ya que son estáticos. Digamos que son dos mundos que se complementan. Los espacios estructuran los estados de ánimo, el modo de pensar de los personajes. Los espacios que ocupamos nos influencian íntimamente. Los espacios nos habitan, nos definen. Hay como una especie de solidaridad de los mundos. Es un tema muy importante para mí. Entonces miro cómo está construido el espacio y cómo actúa de forma especular con respecto a los individuos. La naturaleza no tiene mucha importancia en mis libros, pero la arquitectura, sí. Es extraño, pero el mundo artificial me interesa mucho más que el mundo natural.

¿Investigás sobre los espacios urbanos? ¿De qué manera?
En eso, soy muy perezosa. Salvo si consideramos la observación como investigación. Hago una especie de registro de posibles localizaciones cinematográficas en algunas ciudades, algunos barrios, que suelen ser periféricos. Después, cuando necesito un término preciso, técnico, busco información. Pero lo que más me interesa es sentir físicamente la relación con el espacio.
A lo largo de tus novelas aparecen París, Saint Nazaire, Le Havre, Marseille. ¿Son ciudades que visitaste? ¿Cómo es la elección?
De manera intuitiva. Quiero ir hacia un espacio más o menos urbano, más o menos cerrado, que dé más o menos al cielo. Por ejemplo, para El triángulo de invierno, estuve recorriendo puertos industriales durante dos años Saint-Nazaire me llevó al Havre, Le Havre a Marseille, Marseille a Bordeaux y Génova en Italia. Después decidí no recurrir a esas dos últimas ciudades.
Me gustaron, pero no me provocaron una chispa narrativa. En cambio, la experiencia en Marseille fue muy útil, cuando en realidad esta ciudad siempre me decepciona. Hay una o dos cenas de pareja totalmente anti-románticas. Saint-Nazaire y Le Havre me parecieron muy interesantes en cuanto a su reconstrucción, la manera como esas ciudades tuvieron que reconstruirse una identidad ex nihilo tras los bombardeos.
Desde entonces, voy recopilando espacios pensando que tal o cual sería buenísimo para una ficción. No tomo notas. Tengo buena memoria visual, me suelen quedar imágenes fuertes. Tampoco saco muchas fotos. Antes del smartphone, solía sacar, pero ese aparato no me gusta y lo uso poco. Para resumir, la investigación son sobre todo paseos.

Desde el punto de vista de la construcción narrativa, jugás mucho con el suspenso en todas las novelas. Para vos, ¿la ciudad es el espacio del suspenso por antonomasia? ¿Podrías concebir el suspenso fuera de la urbe?
Creo que necesito paredes, ventanas, que el espacio esté fuertemente estructurado, un poco como un teatro a cielo abierto. Necesito que se vea el cielo, que haya perspectiva, pero igual con un marco. Me da la sensación que en el campo no hay bastante. Lo cual es totalmente erróneo, obvio. La gente que conoce el campo sabe hasta qué punto está elaborado el paisaje. Pero crecí en la ciudad. El espacio urbano es mi ámbito natural. No sé si podría lograr crear suspenso en el campo. Ni siquiera conozco el nombre de los árboles, entonces resulta limitado para cierto efecto de lo real.
En Propriété privée y Monument national el espacio privado es, según el momento, sinónimo de encierro o refugio. ¿Cómo trabajás el equilibrio entre esas dos aprehensiones de un mismo espacio?
En Propriété privée esa tensión es el tema central del libro. Está esa pareja que necesita profundamente ese refugio y se lo quitan. Primero porque los vecinos invaden su espacio vital, luego porque simplemente ya no tienen casa. Todo el relato se articula en torno a esa dinámica entre espacio exterior e interior, la manera como la privación del espacio personal atenta contra el individuo. Es casi una violación de la envolvente corporal.
Después de Propriété privée, me dieron ganas de escribir un huis clos, un espacio cerrado. Monument national se restringe totalmente sobre ese espacio doméstico. De todas formas, se trata de un castillo en un parque, entonces tampoco es una cárcel. Retrospectivamente, creo que el espacio no está totalmente habitado en este libro porque el castillo es demasiado grande para ser personal, para ser considerado un refugio, sobre todo un castillo de nuevos ricos, o sea un monumento sin historia. Para el personaje de la nena, es una casa paradójica donde ella no puede cobijarse realmente. De cierta manera, es también el castillo de los cuentos de hadas, un espacio de fantasía, no un espacio literal. Mientras que la casa en Propriété privée sí que es totalmente literal. Todo se visualiza, cómo están ordenadas las habitaciones, los materiales, los muebles. Pero el castillo enseguida convoca un montón de cosas del orden de lo imaginario, que van mucho más allá de la idea de habitar.

En 2019, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA) te invitó. ¿Qué te inspiró esa ciudad tentacular? ¿Te imaginas poder elegir una ciudad latinoamericana para una de tus próximas novelas?
Fue a la vez muy exótico y muy familiar. Enseguida sentí que hubiera podido quedarme mucho tiempo. Hay algo evidente cuando una se pasea por las calles. La ciudad me sedujo desde un principio. Más allá de la particularidad de Buenos Aires, reconocí algo que me fascina en todas las ciudades americanas: la diferencia de escala con respecto a Europa.
Claro que hay muchas diferencias entre los países, pero desde una mirada europea, da la sensación de un mundo duplicado. El cielo es más extenso, las calles son más anchas, las casas, los rascacielos, los departamentos. Cuando no se está acostumbrado a esas escalas, da la sensación de un universo un poco mágico, incluso sintiendo enseguida las influencias europeas, francesas, italiana, española. Y también estaba el cansancio del viaje, que trastorna la percepción. Todo parece un poco extraño, medio irreal. En muy poco tiempo, compilé esas imágenes y todavía puedo proyectarlas mentalmente, como una película en Cinemascopio y Tecnicolor.
En cuanto a usar Buenos Aires para una futura novela, no lo haría sin antes haber pasado mucho tiempo en la ciudad. Si no, tendría la sensación de ser una impostora. La impostura no es el problema fundamental: la vida social, por ejemplo, es una suerte de impostura general donde todos están a la vez en el escenario y en el público. Pero con respecto al espacio, me molesta. No escribiría una novela que ocurre en Buenos Aires habiendo pasado ahí tan solo cuatro días. Seis meses, por qué no. Y tendría que practicar el idioma, que es otra manera de habitar el paisaje.

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