Foto : Magalí Sequera
El escritor Martín Kohan dialogó con Revista Pasajes acerca de su reciente ensayo ¿Hola? Un réquiem para el teléfono (Godot) y analizó: “Dejamos el teléfono por invasivo y, sin embargo, hemos pasado a una modalidad en la que parece que estamos siendo más perturbados que antes”.
Por Daniela Sías y Magalí Sequera
En su reciente ensayo ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, editado en Argentina por Godot, el escritor y ensayista Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), autor de numerosas obras como Ciencias morales, Dos veces junio y Fuera de lugar, se pregunta qué cambios nos trae la pérdida del uso del viejo teléfono fijo frente al nuevo teléfono, el celular. Si bien el teléfono celular conserva el nombre, ha perdido gran parte de su función telefónica original. Esta reflexión sobre tecnologías de comunicación y cómo afectan nuestras formas de vincularnos nos interpela especialmente a quienes escribimos Revista Pasajes. Entre Francia y América Latina, teléfono, celular, chat y videollamadas son elementos clave para mantener el contacto con quiénes están del otro lado del Atlántico. Sobre estos temas conversamos con el autor, quien advierte: “Lo que yo percibo a mi alrededor es que la gente está agobiada de demandas y de requerimientos”.
¿Cómo usás el teléfono? ¿Usás las mensajerías actuales?
Lo uso en su función específica, o sea, para hablar y para comunicarme por teléfono. Dejarle un mensaje a alguien no es conversar con esa persona, es un uso derivado del teléfono. En algún momento del desarrollo de estas tecnologías surgió la grabadora y en ese momento estaba muy clara la diferencia entre comunicarse con alguien y hablar, y por otro lado, dejarle un mensaje, que no equivalía a comunicarse sino que al revés, significaba no poder comunicarse telefónicamente.
Yo prefiero la conversación con alguien, para eso llamo. Si ese alguien no está, puedo dejar un mensaje grabado que no es lo mismo que el WhatsApp, que implica asumir desde un principio que no vamos a hablar con esa persona. No me gusta escuchar 10, 12, 20 minutos de alguien que me dejó un mensaje, para eso existe la radio y cuando la escucho elijo cuándo y quién me va a hablar.
Por lo demás, yo elijo no estar conectado permanentemente, no tengo conmigo un aparato de recepción con internet. Porque si no me desconcentro y me distraigo mucho.
Cada nueva tecnología de comunicación crea sus propias señas y contraseñas: si antes podíamos dejar descolgado el teléfono para dar a entender algo, hoy “clavamos el visto”. En Francia se dice “¿Me das tu 06?”, como frase de conquista. ¿Qué opinas de esas expresiones que evidencian nuevas formas de vincularse?
No participo de ellas, en parte por cuestiones generacionales: soy una persona del siglo XX. Las modalidades de vínculo de aquellos viejos formatos me han resultado preferibles. Lo que sí noto, contrariamente a lo que parecería deseable, es que la forma de padecimiento por ansiedad y las formas de mortificación han aumentado en lugar de haber disminuido. Y lo que uno espera de la tecnología son ventajas y no desventajas. Las ventajas, los aportes, las mejoras procuradas por las nuevas tecnologías han sido tantas, que todos las podemos celebrar. Pero también nos podemos preguntar por las desventajas. Me da la impresión de que hay más padecimiento, más recelo, más ansiedad, más mortificación, más supeditación, más distorsión en la sobre-lectura de significados de las nuevas codificaciones, de las nuevas tecnologías. Lo que la gente no escucha en general es que las formas de padecimiento y de fallas de comunicación son mayores en vez de ser menores, cuando en principio las condiciones son mejores.
En este desplazamiento del teléfono, agregaría que, por un lado uno percibe ciertas marcaciones orientadas a preservarse más, contar con un espacio propio y con un tiempo propio más preservado. Por ejemplo: llamar directamente al teléfono ha pasado a ser sentido como una intromisión, incluso como un gesto de invasión, y sin embargo hoy tuve cuatro intercambios de mensajes escritos para ver cuándo me llaman por teléfono. Si esa persona llamara ahora, no atiendo el teléfono y me llaman en otro momento. Se ha vuelto más laborioso, no menos. Aparentemente cada uno está preservando su espacio para que no haya esa especie de invasión hiriente de quien de pronto nos llama por teléfono, pero todas estas medidas cautelares y precauciones que se disponen antes de llamar nos llenan de requerimientos y nos interrumpen mucho más.
“Parecería que nos estamos preservando más, pero no estoy seguro de ello. Dejamos el teléfono por invasivo y, sin embargo, hemos pasado a una modalidad en la que parece que estamos siendo más perturbados que antes”, expresa Kohan. Según el autor de Ciencias morales, “el grado de exposición a la demanda ajena se ha multiplicado exponencialmente. Me llama la atención esa combinación de reserva y preservación ante el requerimiento telefónico cuando al mismo tiempo nos vemos asediados por una multiplicación de demandas: te mandan un mensaje de texto y si no te encuentran, te lo mandan a Facebook, y si no te encuentran, te lo mandan a Instagram y si no, te dejan un audio en WhatsApp, y si no respondiste en el momento, te dejan otro WhatsApp y así. Resumiendo, no la estamos pasando mejor”.
En el viejo formato, alguien te llamaba y no te encontraba. ¿De qué lado quedaba la demanda? Del que te buscaba y debía volver a llamar en otro momento. Con las nuevas tecnologías, la demanda pasa inmediatamente de tu lado: alguien quiere hablar con vos y eso se vuelve asunto tuyo. Te encontrás abriendo la agenda para acomodar en tus actividades el requerimiento del otro, cuando es el otro el que quiere hablar con vos.
Para los que vivimos lejos, WhatsApp supuso un cambio drástico en el modo de relacionarse y comunicarse con la familia que quedó lejos.
Sí, claro, pero creo que las desventajas son menos evidentes. Las ventajas existen indudablemente, el teléfono larga distancia siempre fue muy caro. Incluso esta misma entrevista entre ustedes en París y yo en Buenos Aires, ¿cómo la estaríamos haciendo? No podríamos. De manera que efectivamente hay ventajas, como lo pudimos advertir en la pandemia. En el 2020, dicté por Zoom 104 clases, fue una gran solución. Sin duda resolvió problemas, asumiendo siempre que la presencialidad es irreemplazable. Pero volviendo al tema de comunicación a través de WhatsApp: uno cuando lo necesita, entra y sale. Pero la conectividad es algo de lo que no nos salimos nunca. Por ejemplo, se vieron las dificultades para volver a las aulas y a las clases, sabiendo que la enseñanza y el aprendizaje funcionan mejor en presencialidad, parece haber habido dificultades para retomar la experiencia del desplazamiento del cuerpo, del encuentro con los otros y desconectarse del Zoom para volver al mundo donde los cuerpos se encuentran e interactúan. Por lo tanto, tenemos un problema con la posibilidad o la necesidad de la desconexión.
¿Qué te inspira la idea de cotidianeidad que crean los nuevos tipos de mensajería instantánea, incluso con gente que está lejos?
No me ha pasado porque yo viví toda mi vida en Buenos Aires y mis vínculos más cercanos están acá. Con mis amigos que viven en el exterior, esta conexión no me resuelve nada. No ha habido un reemplazo de un trato cotidiano, o sea, no me conecto cotidianamente con nadie. Cuando me toca viajar ahora resulta más fácil llevar una computadora. Con respecto a lo que eran antes los viajes, un llamado telefónico implicaba muchos más incordios por supuesto; por ejemplo, había que comprar esas tarjetas que te habilitaban una cantidad equis de minutos. Con la computadora, obvio que me hace bien conectarme con mi mujer y verla. Estamos hablando de las veces en las que viajo, que son muchas en el año, pero no representan una cotidianeidad. Porque mientras viajo y disfruto, conozco y descubro lugares, al mismo tiempo extraño: a mi mujer, rutinas de Buenos Aires, los cafés, mi lengua. Los cafés de París son hermosos, en Burdeos también, pero mientras los disfruto, estoy extrañando mi lengua, mis hábitos, cierto tipo de conversación del entorno. Tal es así que soy el único que se siente eufórico en el vuelo de regreso, porque: ¡qué lindo es volver!
Afirmás : “Ahora se llama a alguien, antes se llamaba a un lugar” ; ya no preguntamos “¿Quién habla?», sino “¿Dónde estás?” ¿Nace una nueva ficción del espacio con la itinerancia que permite el celular?
Sí, evidentemente, y cambia también la relación entre el adentro y el afuera. En el libro tomo ciertas marcas de las transformaciones y de la decadencia actual, pero para poder medir mejor esa decadencia me remití a textos (de Chéjov, de Benjamin, de Proust) sobre cómo fue recibido el teléfono cuando apareció. ¿Qué fue lo que se celebró y qué fue lo que se temió? El cambio del adentro y el afuera fue decisivo, porque algo del afuera pasaba a estar adentro, sin dejar de ser afuera. La experiencia de la interioridad del hogar burgués, específicamente, porque fue donde apareció, se ve transformada. El teléfono habilitó una forma de conversación y de intimidad que hasta ese momento no existía.
Con el pasaje al celular, esa disposición se transforma porque pasamos de la fijeza a la movilidad. Esto tiene ventajas y desventajas. Si alguien necesita llamarme o yo necesito llamar cuando no estoy en mi casa, puedo hacerlo desde cualquier lugar porque tengo un móvil. Sino tendría que llamar desde mi casa antes de salir; quedaría fijado al fijo. La ventaja es evidente. Las desventajas: cuando hablábamos con el fijo, si lográbamos cierta privacidad durante el llamado (dentro del espacio privado de la casa donde no siempre estamos solos), dos personas se encontraban y hablaban a solas. Pero cada uno de ellos no está solo, está acompañado por el otro con el que está hablando. La intimidad de la conversación telefónica era una intimidad aumentada, porque conversábamos a solas uno con el otro, pero, a su vez, cada uno estaba solo, separado del otro. Al pasar del fijo al móvil ya no hablamos en condiciones de intimidad. Tenemos las condiciones tecnológicas para hacerlo, no hay impedimento técnico para que yo me encierre en mi cuarto y hable con el celular. Pero hay una tendencia a hacerlo en lugares públicos, delante de otros y sin intimidad, en medio del barullo, a la intemperie. Hay algo que anticipa esta disociación, que es el viejo teléfono público.
Tenemos más tecnologías e infinitas ventajas y, sin embargo, en este sentido nos hemos perjudicado. Esto se verifica en las entrevistas de radio, de manera empírica. Cuando doy entrevistas en la radio, me llaman al móvil. Cuando les aviso que estoy en mi casa y que tengo un teléfono fijo, el técnico operador de la radio estalla de satisfacción. Me dicen : «Pasemos al fijo, se escucha mucho mejor». Es decir: ¿cotidianamente nos estábamos escuchando mucho peor? Teniendo la posibilidad de escucharnos mejor, elegimos la opción de escucharnos peor.
Comentás la importancia del teléfono rojo durante la Guerra Fría. La comunicación telefónica entre dos jefes de Estado sigue siendo noticia. ¿Qué opinás de la vigencia del teléfono a nivel político?
Mientras escribía el libro volví a descubrir que nunca hubo un teléfono rojo. Ni era rojo, ni era un teléfono. Es comprensible, porque si dos jefes de Estado que hablan distintos idiomas hablan por teléfono y no se entienden bien, el resultado puede ser una guerra. No hablaban por teléfono, porque una conversación así hubiera estado plagada de incertidumbres. El teléfono rojo era un telégrafo. Lo cual lo vuelve más interesante, para quienes nos dedicamos a la literatura y a la ficción y que, por lo tanto, nos preocupamos siempre por la relación entre la realidad empírica y los imaginarios. Si en la realidad empírica no era un teléfono y no era rojo, ¿por qué la necesidad de esa figura tan fuerte? El teléfono brinda una promesa. Era rojo, porque era una emergencia, cuando los teléfonos eran siempre negros. Era un teléfono porque parecía prometer la escena de una conversación y de un entendimiento posibles. Había una ilusión habermasiana : estamos lejos, somos enemigos, estamos en guerra, pero si nos llamamos por teléfono y hablamos, lo vamos a resolver.
La escena de sentarse a hablar, limar asperezas y resolver problemas en Buenos Aires empezaría con : «Juntémonos a tomar un café». Lo cual no siempre es cierto, porque la gente puede encontrarse a tomar un café y pelearse de peor manera. Pero la ilusión es que si nos juntáramos a tomar un café, lo arreglaríamos. Como es más difícil de Moscú a Washington, esa ilusión se traspasa al teléfono. Pero es la misma ilusión habermasiana. El teléfono aparece con la fuerza de los imaginarios.
Esta ilusión sigue vigente, porque no decimos «Biden y Putin hablaron por Whatsapp», decimos «Hablaron por teléfono».
Ahí se puede advertir que si uno quiere comunicarse y entenderse en serio, no es a través de WhatsApp. Si a la hora de necesitar de veras una mejor conversación y la escena entonces es la de la conversación telefónica y no la del WhatsApp, preguntémonos cómo nos estamos comunicando. Cuando converso estos temas parece ser un estado de cosas común: una conversación de Whatsapp lleva doce minutos, va un mensaje, viene otro. Hasta que uno de los dos dice : «¡Basta! Te llamo». Entonces no es sólo en el sentido de evitar una guerra, sino también en el sentido pragmático, de resolver un asunto. Si dos líderes de superpotencias no usan WhatsApp, ¿qué estamos haciendo nosotros? ¿Habremos pasado a una forma de comunicación más deficiente?
A lo largo del libro citas muchos ejemplos del cine y la literatura donde el teléfono es protagonista como recurso narrativo, como tema: ¿Cómo ves la aparición del chat en la ficción?
Va a entrar y es lógico que entre. La conexión, como marco general para la elaboración del libro, es la relación entre tecnología y experiencia, y entre tecnología y subjetividad. Una tecnología activa nuevas formas de la experiencia y nuevas formas de vínculo con los demás. Nuevos sujetos, nuevas normas de vínculo, nuevas formas de experiencia del espacio, la distancia y el tiempo : ¿cómo no traspasaría esto a la literatura, al cine, a las series? No es que simplemente una serie o una película incorpore el chat: incorpora otras subjetividades, otras experiencias y otra temporalidad. Por ejemplo, la no contestación tiene ahora un carácter activo. Antes llamabas y te daba ocupado, volvías a llamar y no había registro del llamado. Ahora la persona sabe que llamaste, o que le escribiste un mensaje. Entonces no es la misma no respuesta: es peor, por eso la estamos pasando peor. Antes la no respuesta era solamente ausencia. Ahora hay una afirmación: afirmo que no te contesto.
Nace con la nueva tecnología una condición de sujeto rechazado que antes no existía. Antes te atendía y decía : «No quiero hablarte». Hasta para rechazarte te tenía que hablar. Ahora no.
El tema de la ausencia de mirada está presente en ¿Hola? y en Confesión: ¿la escritura de estos dos libros fue en paralelo?
Mi memoria para mi propia escritura es bastante mala. Tendría que pensar bien qué escribí antes de qué: me parece que escribí antes la novela. Al trabajar con el libro ¿Hola? y volver a algunos textos que ya había leído, advertí que no había notado necesariamente el teléfono, pero estaba. Advertí que varias de estas cuestiones ya me interesaban: cuerpo, palabra, intimidad, adentro y afuera. Por ejemplo hay una novela que trabajo en el libro que es Rabia de Sergio Bizzio. Ya había escrito sobre esta novela en relación al adentro y el afuera, a lo íntimo y a lo exterior, alrededor de la figura de la empleada doméstica. Un día me di cuenta de que ahí había un teléfono, en realidad, dos: dos líneas telefónicas. Hay toda una parte de la peripecia que tiene que ver con esas dos líneas telefónicas, y no me había dado cuenta antes. Cuando me puse a pensar en el teléfono, lo descubrí. Vi que algo que ya me había interesado lo podía pensar nuevamente en clave telefónica.
Lo mismo me pasó con el cuento Emma Zunz de Borges, que es un texto que me fascina. Descubrí que había un teléfono: no lo había subrayado antes. Llegué a pensar que es el teléfono, como personaje, quien resuelve la trama. En Confesión estaba el interés por la palabra, la intimidad, y el cuerpo. Hay una ficción de ausencia corporal. Trabajé Confesión con esta base: la intimidad y el cuerpo de la chica, y la intimidad de la palabra en la escena de la confesión, como si el cuerpo no estuviera ahí. Con el teléfono pasa algo semejante.
¿Qué es lo que más extrañas del teléfono fijo?
Las mejores conversaciones, y diría, las conversaciones que verdaderamente fundaron y consolidaron la amistad con algunas amigas (digo amigas porque se trata de mujeres) fueron las del teléfono. No hay la misma fluidez y la misma confianza cuando nos encontramos. Porque uno no habla igual cuando la otra persona te está no sólo escuchando sino también mirando. Cuando te está escuchando en el teléfono, la escucha y la voz son próximas. Lo podemos pensar con el ejemplo del confesionario en las iglesias, donde también está la escucha sin la mirada. Sucede algo similar en relación a la sesión de psicoanálisis. Hay un modo de hablarse y de escucharse, al otro y a uno mismo, cuando hay palabra, voz, y que no hay rostro ni mirada, que es muy específico: uno no habla igual.
Del teléfono extraño esa forma de la conversación, que no es igual que juntarse a tomar un café. Hablábamos de una manera particular cuando hablábamos en esas condiciones, con el teléfono fijo en el cuarto: esas conversaciones sí las extraño. Podrían decirme que nada me impide hacerlo, pero es como actuar un pasado. Hemos perdido esa dinámica.
