
En diálogo con Revista Pasajes, la autora reflexiona sobre las tensiones entre la ficción y la no ficción en sus libros Mal de época, Bajo influencia y Falsa calma, entre otros, pero también sobre la escritura en general, y afirma: “Me desespera ver que en el siglo XXI se escriben cosas idénticas a las del siglo XIX, que funcionaron muy bien, pero que a mí hoy me producen una especie de aburrimiento demoledor”.
Por Magalí Sequera y Daniela Sías
María Sonia Cristoff nació en Trelew, pero de joven se trasladó a Buenos Aires. Sus libros son a veces difíciles de clasificar. Esa oscilación entre géneros tiene mucho que ver con la riqueza de sus textos. Veinte años después de dejar su pueblo natal, Cristoff regresó a la Patagonia para recorrerla y conversar. El fruto de ese viaje fue Falsa Calma, sobre el que la autora reflexiona : “Lo pensé como un ensayo. En gran parte, para mí lo es. Me interesa mucho esa cosa ecléctica del ensayo, que también me interesa en la novela. Pero quizás la forma no ficcional favorita para mí es el ensayo, más allá de la crónica y tantas otras. También en Falsa calma hay algo de perfil, se puede leer también como una sucesión de diez perfiles. Pero me parece que tengo una afición al ensayo muy instaurada. Incluso no importa qué esté escribiendo. Hay algo de la pregunta del ensayo que para mí es un motor a la hora de escribir, creo que por eso me interesa tanto el género”.
“Roland Barthes decía que el ensayo es una novela sin nombres propios, y me pareció lindísimo. Una muy buena aproximación de los dos géneros. En Falsa calma hay muchas preguntas; finalmente el ensayo es una sucesión de preguntas, más que nada, y me gusta pensarlo así, como un género indagatorio, como dar vueltas sobre determinados temas. Eso es otra cosa que me gusta mucho del ensayo: rodear un tema, sin ir al centro, sino haciendo preguntas e hipótesis en esos rodeos. Finalmente, es una serie de recorridos míos. También me gusta de la crónica que tenga la cuestión de la primera persona indagando, como cuerpo que recorre esos lugares”, agrega Cristoff.
Otra definición que recordás es de Jacques Rancière sobre la no-ficción, donde menciona qué es indagar, ¿cómo se aplica esta idea en Falsa Calma?
Esa definición de Rancière para mí es crucial para pensar la no-ficción, un género difícil. Después de tanto leer encontré algo ahí, en eso que él dice. Él parte de la etimología del verbo fingere, que es el verbo que corresponde al sustantivo ficción en latín, y observa que la primera acepción de ese verbo no es este «mentir» sino «forjar». Entonces dice que lo que pasa con la ficción, no es tanto que miente sino más bien que forja una representación de lo real; es claramente lo que hace la ficción, construir representaciones de personajes, contextos históricos, etcétera. En cambio, en la no-ficción ese real no es una representación como en la ficción, sino un dato a indagar. Me gusta mucho esa definición porque, al hablar de diferencias entre ficción y no ficción, corre de lugar la oposición clásica entre verdad/mentira y la convierte en cambio en una diferencia entre la representación y la indagación: la ficción representa mientras el ensayo indaga. En Falsa calma veo mucho esa pasión por indagar. Incluso para mí las formas de inspiración son de corte ensayístico: siempre, al principio de cada uno de mis libros, se me ocurre un tema abstracto y a partir de ahí indago.
“En Falsa Calma pensé en el tema del aislamiento, más que en la Patagonia. No quiero decir que eso no esté, pero para mí el tema inspirador fue esa idea de aislamiento. Daba la casualidad de que, si bien no me gusta ser esencialista con los lugares, nací en un lugar donde esa cualidad está muy presente. Hay algunas escenografías que son perfectas para hablar de ciertos temas, es así. Voy indagando, como si fuera un perro cuando le das un hueso que empieza a roer un poquito por acá, un poquito por allá. Es un poco eso para mí la tarea del ensayista: partir de un gran tema, en este caso el aislamiento, y a partir de ahí empezar a pensar, lo cual por cierto significa narrar”, detalla Cristoff.
Según la autora: “En este libro el aislamiento puede tener que ver con pueblos que se fueron quedando vacíos porque el trabajo dejó de ser lo que era y luego, después, empiezo a leer cosas que tengan que ver con ese problema y así se va armando un entramado donde las respuestas –que son múltiples– son siempre fragmentarias. Hay algo del orden del rodeo e incluso del regodeo, que obviamente hay mucho placer para mí en narrar esas historias, en hacer esas indagaciones. Por eso también no es una narrativa de avance, en el sentido de progreso. Ese también es un rasgo que me parece interesante del ensayo o de cierto tipo de novela: que se rebela contra esa idea del progreso, contra esos caminos que indican que hay que ir de la introducción al nudo y por último al desenlace. Al revés, esto es en redondo, no hay flecha hacia adelante. Ya vimos el progreso dónde nos lleva. También hay mucho para decir de política de la escritura en esa opción”.
El epígrafe de Mal de época es una frase de Sarraute, de quien te interesa también su idea, como dijiste, en torno a la anti-novela. ¿Se podría decir que Falsa calma, así como Mal de época, son también anti-novelas?
Mal de época la construí con eso muy en mente. Hay veces en que escribo un libro y de pronto, en cualquier momento del proceso, se me ocurre un epígrafe. Pero en este caso, esa idea de la anti-novela, por lo cual quiero decir la anti-novela tradicional, de cuño decimonónico, fue un motor iniciático. Tenía interés en ir más a fondo con ese tema, si bien hay mucho de eso en mis novelas previas, Inclúyanme afuera y Bajo influencia, tenía ganas de llevarlo bastante más al extremo. Hay una pregunta metatextual siempre en lo que escribo, algo que tiene que ver con cómo abordamos en el siglo XXI la literatura, la narración. A mí me desespera un poco a veces ver que en el siglo XXI se escriben cosas idénticas a las del siglo XIX, que funcionaron muy bien en el siglo XIX, pero que a mí hoy me producen una especie de aburrimiento demoledor. Para mí, la literatura tiene que ser un discurso vivo, y sobre todo, interpelador.
Me parece que el siglo XX fue muy generoso hablando de literatura, hizo todos los experimentos posibles. Como lectora me han fascinado siempre, pero tampoco tenía ganas de retomar experimentos ya hechos, desde un inicio de mi escritura estuve buscando el clic que me dijera por dónde iba mi propia experimentación, porque para mí sin experimentación no tiene sentido escribir, no me convoca. Entonces está bueno mirar hacia atrás y ver qué de ahí nos convoca para darle alguna otra vuelta de tuerca. En esa búsqueda, para mí el trabajo con la no ficción, con lo documental, siempre fue crucial. Y así lo uso en Mal de época: es con esa función que aparece toda la investigación alrededor de Albert Dadas, este francés del siglo XIX que dio origen a ese desorden mental llamado dromomanía, que consiste en salir a caminar y no poder parar. En Mal de época ese trabajo con el archivo Dadas, con mis merodeos alrededor de su historia, sus lugares, fue crucial para pensar esa anti-novela. Como también lo fue la estrategia de narrar todo el momento ficcional de la novela desde una voz que está excesivamente adentro y próxima a la mente de alguien excesivamente perturbado. Ahí, con todos esos elementos, ya no hay ninguna certeza posible: no dejar tranquilo a nadie, intranquilizar. La literatura tiene que ir por ahí, si no me aburre, me parece prescindible, parte de la doxa que aborrezco.
Tanto en Falsa calma como en Bajo influencia hay personajes que lindan con la locura, entendida como percepción alterada de la realidad, ¿hay cierta fascinación por parte tuya con personajes un poco locos? ¿Por qué?
Creo que lo que me interesa de la locura es esa posibilidad de ingresar a una lógica distinta. No sabemos claramente qué es la locura, es otro terreno desestabilizado, desestabilizante y con posibilidades de contraponerse a la doxa. Lo que me interesa de la escritura es la mirada crítica sobre las cosas. Parte de esa mirada consiste en crear universos alternativos sin por eso tener que ir a la ciencia ficción, género que no me convoca, y entonces aparece la locura. Creo que la locura es una especie de otro país, como esos países, en el sentido de universos, que inventa la ciencia ficción. Los personajes en Bajo influencia están trabajando en el borde de la llamada normalidad, y haciendo preguntas sobre qué es esa monstruosidad llamada normalidad y cuáles podrían ser las formas de escapar. El personaje de Cecilio encarna una respuesta ociosa y jocosa a riesgo de todo, es alguien que logra sustraerse a las reglas del sistema. En el caso de Tonia me parece que es lo contrario, es una respuesta sufriente, pero una respuesta al fin. Su adicción al trabajo es también una forma de estar presa de ese sistema. Como toda adicción, también te hace caminar por un borde. Trabajé muchísimo la ambigüedad de lo que nosotros creemos que es un estado alterado. Yo le huyo a la palabra locura porque parece que supiéramos qué es la locura y qué es la cordura, prefiero hablar de estados alterados.
El perfil, como recurso, te permite no sólo hablar de los personajes, sino también evocar el territorio.
Creo que sí. Hay algo que a mí me resulta muy atractivo del perfil, de las personas: me gusta mucho narrar cosas relacionadas con las personas, es algo que me convoca. Estuve cinco años escribiendo Falsa calma, viajé y conocí mucho. Me parece que hablar de las personas es hablar del territorio, o por lo menos, la forma que yo encuentro. Supongo que hay percepciones más interesadas en otros aspectos de la existencia. Pero a mí la cuestión de la creación de personaje me interesa muchísimo. La primera editora de Falsa calma, Paula Pérez Alonso, me preguntó si al libro no le hacía falta más paisaje. En el capítulo uno hay varios personajes que se reúnen después de muchos años y yo hago hincapié en que casi todos los hombres tenían puestas camisas leñadoras, de fieltro y gruesas, casi un saco. Que en esas fiestas multitudinarias alguien esté sentado a la mesa con una de esas camisas, eso ya es el paisaje. Me interesa que el paisaje aparezca así, muy de refilón.
También la construcción de personajes es el centro de muchas carreteras. Te permite hablar, por ejemplo, de políticas del lugar, como los afectan de tal y tal manera. Contás entonces algo de su vida y a partir de eso podés entrar en esos otros temas. En otro momento de Falsa calma, quería contar un poco la lucha de poderes que se dio en los años 90 en la Patagonia cuando se privatizó la industria del petróleo. Se rompió toda la cadena de extracción y de refinamiento, que hasta entonces había estado bajo el poder estatal, y aparecieron muchas empresas privadas extranjeras que se empezaron a hacer cargo de esos sectores de la producción ahora fragmentada. Eso hizo que el líder del sindicato de trabajadores del Estado perdiera mucho poder. Al contrario de lo que hubiese hecho una crónica periodística, que tendría que haber provisto mucha información acerca de estas nuevas condiciones de producción, para narrar eso simplemente narré una escena en la cual este sindicalista se lo pasa dando vueltas a la plaza seguido de su perrito caniche.
En Falsa calma el espacio es el de la estepa patagónica, los pueblos donde parece no pasar nada, en Mal de época y Bajo influencia es la urbe: Buenos Aires y Burdeos. ¿Qué es lo que te interesa de estos dos espacios tan distintos, qué te atrae en ellos?
Supongo que debe de ser lo mismo por lo cual escribo novelas en las cuales hay una historia de ficción en la que de pronto irrumpen los pasajes de no ficción. Me muevo mucho por esos extremos, me siento cómoda, me hacen falta. En mis novelas hay casi siempre alguien que sale de la gran ciudad. Y si eso no ocurre, al no salir de la ciudad, lo que sucede es que siempre hay personajes que están muy agobiados por ese tema. Busco el agobio en el que se han convertido las ciudades mal pensadas en la vida contemporánea. En Desubicados, por ejemplo, ese tema es crucial. Este par ciudad-campo o ciudad-naturaleza se ve ahí en la identificación que siente la narradora que está agobiada por su vida en la ciudad y todos esos animales encerrados, a quienes ve como una especie de imágenes de ella misma encerrada en la ciudad.
Hablando de animales, en Falsa Calma hay una anécdota sobre unos perros agresivos, que te indican que “ya llegó el momento de irse”. ¿Cómo cambia el trabajo del cronista a partir de ese momento?
La anécdota podría haber sido perfectamente inventada, según mis parámetros de trabajo con la no ficción, pero realmente sucedió así, tal cual, y me pareció una linda metáfora. Esos perros que se pusieron agresivos de pronto fueron casi como musas divinas que me venían a decir: «Cortala con el trabajo de campo, tenés suficientes testimonios, fuera de acá ya». Con ese relato acerca de los perros del barrio que solían ser mis amigos en ese pueblo fantasma hasta que un día, de pronto, se volvieron expulsivos, quise hacer un guiño a uno de los problema de la no ficción : hablar de cuándo es hora de dar por terminada la etapa de investigación.
También hay un tema recurrente en tus libros que es la caminata, y afirmás caminar compulsivamente. ¿Cuál es la relación entre el oficio de escribir y caminar?
Necesito caminar para vivir, desde ahí se relaciona con mi escritura. Pero no es que se me ocurren grandes ideas caminando, se me pueden ocurrir también cocinando, o bañándome, haciendo otras cosas. Me interesa más la caminata como una forma de oposición al sistema, que es lo que dice Rebecca Solnit, su historia cultural del caminar. Hoy en día, dice ahí Solnit, la idea de estar sin hacer nada es casi pecaminosa, nadie lo tolera en esta cultura orientada hacia la producción permanente. Frente a eso, caminar es lo más parecido a no hacer nada, es barato y no te obliga a consumir. Veo en la caminata algo de contracultura, más que de romanticismo lo veo más como un acto de insurrección. De hecho así fue cómo abordé a Albert Dadas, el personaje de la sección documental de Mal de época: me atrajo pensar al personaje como alguien que no soportaba las reglas del sistema, que esa cosa suya de salir caminando y no volver durante días, a veces durante meses, era en el fondo un gesto de rebelión, una manera suya de oponerse a las restricciones de la vida pueblerina y burguesa que lo cercaba.
En cuanto a la traducción al francés de estos libros, ¿cómo fue tu relación con la traductora?
Tenemos un diálogo muy fluido. Anne [N.de R.: Plantagenet] es muy seria y, por ende, me mandó miles de preguntas durante el proceso de traducción, fue un intercambio riquísimo, me gustan mucho esos tipos de conversaciones. Reconozco que por momentos Mal de época es un libro bien difícil de traducir, pero ella tiene esa curiosidad por la lengua típicas de una buena traductora y de una escritora, que es lo que es. Acabo de leer un libro suyo, Tres días en Orán se llama, que salió el año pasado en castellano, es buenísimo.

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