
Ilustración : Daniela Sías
Un recorrido histórico-literario por los subsuelos parisinos
Por Daniela Sías
Mi curiosidad por los subsuelos parisinos empezó hace muchos años, cuando todavía no había visitado la ciudad. Leía Los Miserables; en una de esas noches de lectura, Jean Valjean, después de la derrota en la barricada, escapa de la gendarmería a través de túneles subterráneos. No son cualquier túnel: son las cloacas. Lleva el cuerpo de Marius inconsciente. Por alguna de esas razones misteriosas de la literatura, esta escena se quedó conmigo. Así nació esta pregunta por la otra ciudad, la que está bajo tierra: el lado B.
La uniformidad y elegancia de las avenidas y boulevards haussmanianos, edificios monolíticos del siglo XVII, callecitas y casas medievales, que se inclinan por su historia, pueblan el imaginario de la ciudad de París; es un imaginario acotado, que excluye a sus barrios más recientes con sus torres de hormigón y vidrio. Pero lo más ajeno a la fantasía de la Ciudad Luz es su mitad subterránea. Los pasadizos y túneles son las raíces que le dan estabilidad y la alimentan; son indispensables para que el organismo viva. Esta otra versión de la ciudad también es contada, imaginada, reinventada en las páginas de los libros.
Piedra y hueso
Lo mejor sería, para hablar sobre este mundo subterráneo, empezar por el principio. El subsuelo de París es tan antiguo como la ciudad: son hermanos mellizos. Para construir la ciudad aérea, fue necesario crear una ciudad oculta. Las excavaciones de piedra caliza y yeso, que hasta fines del siglo XII habían sido a cielo abierto, aportaron los materiales para la arquitectura mientras tejían una red de galerías y pozos ocultos. París, la visible, se asienta sobre un gruyère donde abunda más el vacío que la materia.
Esto no fue gratuito: los refuerzos provisorios hechos a medida que se excavaba no fueron suficientes. Los desmoronamientos de calles y edificios se hicieron cada vez más frecuentes a finales del siglo XVIII. Para intentar solucionar el problema, se creó en el año 1777 la “Inspection générale des carrières sous Paris et plaines adjacentes”, oficina pública a cargo de cartografiar las viejas canteras y encontrar la manera de evitar que la ciudad volviera al lugar de donde había salido.

Desmoronamiento en el boulevard de Bercy, 1910 (Ville de Paris/BHVP/Roger-Viollet) (1)
El pasado minero deja su huella hasta hoy. El parque Buttes-Chaumont en el 19ème arrondissement, por ejemplo, se ubica en una de esas viejas canteras. La topografía de este parque, sus colinas y el lago, nacieron de las irregularidades del terreno propias de la antigua explotación.
La Inspection des carrières se ocupó de consolidar el subsuelo con muros de refuerzo, que siguen el trazado de las calles que se encuentran en la superficie. Al mismo tiempo en que las autoridades lidiaban con este problema, surgió otra preocupación en torno a la salud pública: la presencia de cementerios dentro de la ciudad. El incienso dentro de las iglesias intentaba tapar los malos olores, las pestes se asociaban a esta contaminación del aire. Se decidió entonces eliminar los cementerios urbanos. A partir de ese momento, los entierros serían afuera de la ciudad, en los cementerios Norte (Montmartre), Sur (Montparnasse) y Este (Père Lachaise), por entonces zonas alejada: esos barrios no formarian parte de Paris hasta 1860.
Pero, ¿cómo evacuar a los muertos? ¿Dónde llevar los huesos de millones de personas, acumulados durante siglos? En el año 1785, el teniente general de la policía de París ordenó al inspector de las canteras subterráneas, Charles-Axel Guillaumot, que preparase el lugar para recibir a los nuevos ocupantes. Ese mismo año comenzó el traslado de los huesos del cementerio de los Santos Inocentes, ubicado en el lugar que hoy conocemos como Châtelet-Les Halles (la fontaine des Innocents, que formaba parte de la antigua iglesia, nos señala este pasado). Siguieron el cierre y evacuacion de otros 17 cementerios parisinos hasta el año 1814. Estas mudanzas se hacían de noche, para evitar sustos, en carretas acompañadas por sacerdotes. En un primer momento, estos huesos se acumulaban de cualquier manera; fue a partir de la apertura al público en 1809 de este cementerio bajo tierra (las familias querían visitar a sus muertos) que se decidió darles un orden. Así se fue configurando el osario que conocemos hoy, con sus pasillos delimitados por hileras de fémures y cráneos, sus placas indicando la procedencia de los restos. El término catacumbas, que se usa para nombrar a este espacio devenido atracción turística, continúa siendo discutido. Para algunos, designa sólo al osario; para otros, se refiere también a la red de pasadizos dejados por las viejas canteras y los trabajos de refuerzo.

El osario y las catacumbas de Paris (2)
Gilles Thomas cuenta estas historias en su libro Les catacombes – Histoire du Paris souterrain (Le passage, Paris, 2015). Además del trabajo historiográfico, Thomas rastrea a los autores que a través de los años escribieron sobre este mundo subterráneo (Balzac, Rabelais, Sand, Dumas, Simenon, Pennac, entre muchos otros). Primero fueron las canteras y los sorpresivos colapsos (una pareja enamorada muere al desmoronarse el edificio en el que se encuentran en Les Mohicans de Paris, de Alexandre Dumas, citado por Thomas). Luego la imaginación se trasladó al mundo tétrico de las calaveras. La literatura se nutrió y nutrió las historias sobre sociedades secretas, rituales sectarios, criminales en fuga que rodearon a estos pasadizos, sobre todo durante el siglo XIX.
La fascinación continúa hoy. Están los visitantes oficiales, ticket en mano, que acceden a las catacumbas por la plaza Denfert Rochereau para sacarse fotos con calaveras dispuestas en forma de rombo o corazón y experimentar una leve claustrofobia. Están también los otros: los que entran de noche para no ser vistos, a través de alguna de las entradas sauvages (salvajes) que conocen solo los iniciados. Un mundo nuevo necesita nuevas palabras. Los habitués de las catacumbas son los cataphiles. Ellos no se limitan al circuito oficial; recorren la extensa red cerrada al público. El resto, los que vivimos en la superficie y no conocemos las entradas secretas ni poseemos mapas de la red, los que nunca pasamos una noche bajo tierra ni comimos crêpes alumbrados por linternas sentados en viejos bunkers abandonados, nosotros somos los surfaciens. Es triste enterarse de que se pertenece a esta categoría : ser surfacien no tiene mucho encanto. Pero la mayoría no se enteran, siguen siéndolo sin saber.
Victor Hugo y los desagües
En los capítulos en los que Victor Hugo narra el escape de Jean Valjean de la barricada, la historia de la ciudad y la admiración que genera en el autor también están presentes. La necesidad de extender y generalizar la red cloacal es un tema de actualidad en el momento en que la obra es publicada, en 1864. No se trata simplemente de infraestructura: es la materialización de una nueva visión de la ciudad y de nuevos conocimientos científicos sobre la salud. Los desagües de las “aguas sucias” son una expresión urbana de la Modernidad. Las canalizaciones y el transporte bajo tierra buscaban transformar a la ciudad en un lugar más accesible y menos mortífero. Victor Hugo lo sabía.
No era la primera vez que la historia urbana aparecía en sus páginas : Notre-Dame de Paris es un homenaje a la ciudad gótica, que por aquel entonces, no gozaba de demasiado prestigio. En el final de esta novela, cuando Quasimodo desciende a morir junto al cadáver de Esmeralda en la fosa común, rodeados de huesos de desconocidos, puede intuirse también la influencia de las historias sobre las catacumbas, aunque el espacio de la acción no sea el mismo. Esta última escena fue (sabiamente quizás, pero ¿a qué costo?) omitida en la versión animada para chicos.
Me pregunté muchas veces por qué el relato de las cloacas es uno de los momentos que más me marcaron de Los Misérables. Lo que sucede ahí (Jean Valjean rescatando a Marius) es fundamental para el desarrollo de la historia; además, un hombre caminando con las piernas (y a veces incluso todo el cuerpo) hundidas en agua podrida, entre ratas y excrementos, es una imagen difícil de olvidar.
Pero la explicación no es tan simple. Jean Valjean, fuerte pero ya viejo, carga con dificultad el cuerpo de ese hombre a quien apenas conoce. No es él quien lo ama, sino su hija. Avanza en la oscuridad, entre la inmundicia, hasta una de las salidas que desembocan en el Sena, para salvar al futuro esposo de Cosette. La paradoja de descender a la podredumbre, a lo nauseabundo, por amor es donde reside la fuerza de la imagen. Es un gesto romántico inimaginable ; destruye cualquier acusación posible de cursilería
Existe hoy un Musée des égouts, que permite a los curiosos conocer un tramo en desuso de esta red. Quizás algún día, como las catacumbas, sea un éxito turístico y haya que comprar la entrada con anticipación. Por el momento es modesto, casi un secreto.

Los pasillos de la casa
Si París es una de las ciudades más turísticas del mundo, el métro debe ser, de todos sus monumentos, el más visitado. Porque es un monumento, aunque su carácter de atracción turística a veces esté oculto. Algunos, como Zazie, el personaje de Queneau, lo saben y quieren visitarlo tan solo por visitarlo, con sus cerámicos blancos y sus carteles azules. Es una red de estaciones homogéneas y distinguidas, como los edificios de Hausmann que crecen arriba. Incluso aquellos visitantes que crean que el métro es solo un medio de transporte, seguramente tengan una o dos anécdotas de su viaje asociadas a él. El día que se perdieron en sus pasillos, el día que vieron a un hombre vestido con un tapado rosa flúor o semi-desnudo o con una rata de mascota, el día que compartieron el vagón con los hinchas del PSG yendo al Parc des Princes. Las bocas art-nouveau, diseñadas por Hector Guimard, son manifestaciones de la vida subterránea; invitaciones lujosas a perdernos en las profundidades y, también, un símbolo más de la ciudad (como la torre Eiffel o la pirámide del Louvre).
Me gusta pensar que la existencia del métro hace imposible perderse en París. La red es densa y en cualquier sentido que se camine se encuentra alguna estación después de 5 minutos de paseo (seguramente hay excepciones a esta regla). Una vez que se llega a una boca de métro estamos a salvo: si el lugar donde vamos está cerca, el mapa en la entrada nos indica el camino. Si estamos lejos, podemos descender: abajo, iluminado por luz artificial, existe un mundo ordenado, con reglas claras, donde cada camino tiene su número y su color. Basta con recordar cuál era la estación más cercana al lugar donde se quiere ir para poder llegar, buscando en el mapa de líneas multicolores los cruces. Aunque muchas veces haya retrasos, aunque alguna estación está cerrada temporalmente, los caminos bajo tierra son previsibles.
Como señala el traductor y poeta argentino Jorge Fondebrider en Una traducción de París (Pre-textos, Valencia, 2023), los parisinos no indican donde viven o trabajan refiriéndose a la intersección de calles, como sucede en muchas otras ciudades, sino gracias a la estación más cercana. “Vivo en Oberkampf”, o para mayor exactitud: “Vivo entre Oberkampf y Goncourt”, y el interlocutor puede ubicar con bastante facilidad el lugar. Esto no sería posible, o al menos, no sería tan preciso, si la red de estaciones no fuera tan densa.
Las estaciones son también puntos biográficos: quedan asociadas a momentos, más o menos únicos. Puede ser una estación que se recorrió varias veces al día, durante años, para ir a un trabajo; puede ser una estación que se visitó sólo una vez, pero donde sucedió algo trascendental. Jane Sautière, autora francesa contemporánea, esboza una autobiografía gracias a las estaciones que marcaron cada época en su ensayo Stations, entre les lignes (Verticales, Paris, 2015). También describe las sensaciones del viaje bajo tierra y los usos y costumbres para transitar la red. Es necesario aprender a seguir la corriente, fundirse en la masa que avanza hacia la salida, adaptar la velocidad del paso. Querer ir en otra dirección es estar en desacuerdo, es necesario luchar para imponerse y lograr cruzar sin ser atropellado.
Como sus primos los cataphiles, existen aficionados que recorren durante la noche las vías del métro: entre estaciones abandonadas, zonas de maniobras y áreas de estacionamiento, la parte inaccesible de la red sería equivalente a la parte transitada. Para construir la red de métro, fueron necesarios nuevos trabajos de consolidación de las catacumbas; los subsuelos se entrecruzan.
Zazie no cumple su deseo de bajar las escaleras y subir a un vagón, porque su visita a París coincide con una huelga de trabajadores. Pero sí visita el métro, aunque no lo recuerde, porque se había desmayado y la llevaban en brazos. Para escapar de la policía, su tío y amigos acceden a los túneles a través del sótano de un restaurante. Como Valjean, Zazie se salva también a través de la otra ciudad.
(1) Fuente: https://www.paris.fr/pages/les-carrieres-de-paris-visite-avec-des-experts-18949
(2) Fuente: https://www.francetvinfo.fr/pictures/dzlnQbuoBc_D_Ix_V9E2WYyVBx0/908×510/2019/04/12/010_gtt13a04_417.jpg

Debe estar conectado para enviar un comentario.