Digresivo pero progresivo: el arte de la novela según Tristram Shandy

Foto : Daniel Salinas Contador

Para escribir bien es preciso “mantener ese justo equilibrio entre sabiduría y locura sin el que un libro no podría aguantar ni el peso de un solo año”, dice el protagonista de esta alegre, voluble y chiflada obra maestra.

Por Daniel Salinas Contador

Estamos mal acostumbrados a los relatos lineales y a los libros fáciles. No hay tiempo que perder, dicen las grandes editoriales—pero se equivocan. El Tristram Shandy lo demuestra: el tiempo está de parte de los lectores. “No creo haber aprendido más sobre el arte de la novela que durante su traducción”, dijo el prolífico Javier Marías, quien tradujo el Tristram Shandy antes de escribir la mayoría de sus libros. Tuve la suerte de que un buen amigo –el escritor chileno Cristián Geisse – me propusiera leerlo juntos. Compré el libro en Cariño, la librería de Belleville. Un ejemplar impreso en Huarte, Navarra, en octubre de 2022, de tapa blanda y colorida portada naranja.

Desviarse cincuenta veces

Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (Alfaguara, 2022) trata de un hombre del siglo dieciocho que se propone escribir la historia de su vida y no lo consigue. Pese a que da a la imprenta un libro muy extenso, compuesto de nueve volúmenes y unas setecientas páginas, su relato no abarca más que los primeros cinco años de su vida. Y ni siquiera eso: apenas unos pocos episodios de esos primeros años. ¿C­ómo es posible escribir tanto y avanzar tan poco?

Una primera razón es que Tristram Shandy, el narrador y protagonista, lleva el uso de la digresión hasta el extremo: “Un hombre con un mínimo de espíritu”, afirma, “se encontrará en la obligación durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta”.

Una segunda razón es la realmente increíble cantidad de juegos, malabarismos y experimentos narrativos de los que se compone el libro, y que desafían una y otra vez las expectativas del lector. El de Tristram Shandy es, en todo caso, un experimentalismo amable, que rompe con todo al mismo tiempo que considera cada cosa con cuidado, lucidez y un infalible sentido del humor y de la ambigüedad. Todo lo contrario de las novelas repetidas y predecibles que dominan hoy en día las listas de los libros más vendidos.

“Si de vez en cuando parece que me entretengo en tonterías”, le dice Shandy a su lector, “debe usted tener un poco de paciencia”. Al comienzo de un libro, autor y lector son perfectos desconocidos el uno para el otro. Pero “a medida que prosiga usted en mi compañía”, agrega, “el ligero trato que ahora se está iniciando entre nosotros se convertirá en familiaridad; y ésta, a menos que uno de los dos falle, acabará en amistad”.

No he nacido aún

Para escribir la historia de su vida, Tristram Shandy usa un método de composición literaria que parece un chiste, pero que vale la pena tomarse en serio: “Empiezo por escribir la primera frase—y acto seguido me encomiendo a Dios para que me ayude con la segunda”. Los famosos programas universitarios de escritura creativa de Estados Unidos evidentemente no recomiendan este método. Pero no me extrañaría descubrir que en la práctica sus egresados, y los escritores actuales en general, tengan o no un Dios al que encomendarse, sigan escribiendo como lo recomendaba Shandy: sin un plan preconcebido y arreglándoselas sobre la marcha como mejor puedan. Echando mano, por ejemplo, a toda clase de supersticiones y rituales infantiles, como éste que Shandy usa y recomienda: afeitarse y vestirse de la cabeza a los pies con tanta elegancia como le sea posible cada vez que se queda en blanco. Sobre esta segunda técnica de escritura comenta: “Si esto no da resultado es que el rey de los infiernos ha tenido algo que ver”. Y agrega: “Cómo es que Homero era capaz de escribir con una barba tan larga es algo que ignoro; — pero como va en contra de mi teoría, me da absolutamente igual”.

En cualquier caso, Shandy afirma que la vida de un escritor “no consiste tanto en componer como en batallar”, y que su éxito literario depende “no tanto (ni la mitad) del grado de su ingenio — como del de su resistencia”.

Todo esto tiene una expresión clara ya en el comienzo del libro. En el capítulo 14, comenta que lleva un mes y medio escribiendo “a la mayor velocidad posible –y no he nacido aún”. No he nacido aún: lo que quiere decir con esto es, literalmente, que todavía no llega a relatar el día de su nacimiento, pese a que ya ha escrito catorce capítulos, por la sencilla razón de que le ha tomado todo ese tiempo y espacio escribir sobre lo que ocurrió justo antes: el acto sexual que dio lugar a su concepción.

La manera en que Tristram describe la escena no tiene nada de pornográfica, pero sí muestra a sus padres in fraganti. En la mitad del coito, la madre de Shandy, presumiblemente insatisfecha, pierde la concentración y le dice a su marido: “Perdona, querido, ¿no te has olvidado de darle cuerda al reloj?”. Walter Shandy, el padre de Tristram, reacciona a la inoportuna pregunta con agresividad y alharaca: “¿Hubo alguna vez, desde la creación del mundo, mujer que interrumpiera a un hombre con una pregunta tan idiota?”. Como cabe esperar, el acto sexual entre los padres de Tristram termina de mala gana y desprovisto de vigor.

Y es esto último lo que gatilla en la mente de Shandy una cadena de asociaciones a través de la cual busca explicarse por qué su vida se convirtió, de ahí en adelante, en una infame seguidilla de catástrofes. “Las desventuras de mi Tristram comenzaron nueve meses antes de que viniera al mundo”, dirá su padre. De hecho, Tristram Shandy se considera a sí mismo el personaje más desafortunado de la historia de la literatura: “En todas las etapas de mi vida y a cada vuelta o esquina en que podía haberse portado bien conmigo (…la Fortuna…) me ha obsequiado con una andanada de lances tan infaustos y desgracias tan dignas de conmiseración como las que héroe ninguno, por pequeño que fuera, ha sufrido jamás”.

El relato de esas desgracias es el arco narrativo de la novela, pero llegar a cada una de ellas le toma todo el libro. El día de su nacimiento, durante el parto, un doctor incompetente le desfigura la nariz por usar unas inútiles palancas de fierro que, lo asegura, son la última modernidad científica; por el resto de su vida, la larga nariz de Tristram Shandy mirará hacia un costado y no hacia delante.

Poco después, en el día del bautizo, un malentendido entre una sirvienta y un párroco hace que lo bauticen con el nombre Tristram, pese a que el deseo de su padre era llamarlo Trismegistro. Peor aún, Walter Shandy creía ciegamente en el poder de los nombres sobre la vida de las personas, y odiaba el nombre “Tristram” más que cualquier otro.

Con todo, el colmo del infortunio viene más tarde: a los cinco años Tristram es circuncidado accidentalmente cuando una ventana de guillotina cae encima de su pequeño miembro viril. A la niñera se le había olvidado dejar la bacinica bajo la cama y Tristram se ve obligado a descargar su orina desde adentro de la casa hacia el patio—con tan mala suerte, que un ayudante de la casa le ha sacado los tornillos a la ventana para usarlos en construir un plano de guerra de juguete.

Shandy, el adulto que rememora y escribe, le echa la culpa de todo a su padre y a su madre: “Ojalá hubieran sido más conscientes de lo que se traían entre manos cuando me engendraron”. Les reprocha el no haberse concentrado más al fecundarlo porque, según las supersticiones predominantes de la época, concebir sin vigor sexual a un niño causaba la dispersión de los así llamados “espíritus animales”, que eran, supuestamente, partículas de las que dependían la voluntad y la energía del cuerpo humano y que, además tenían la función de acompañar en su viaje al “homúnculo”, un hombrecito en miniatura que era como se concebía entonces al espermatozoide.

Por lo pronto, ¿cómo ha llegado Tristram a saber todo esto? No a través de su padre ni su madre, sino de su tío Toby, nos cuenta; así aprovecha de introducir a este personaje clave que, con el correr de las páginas, será el protagonista de mil y una anécdotas.

No cabe duda de que los productores de Netflix y otras plataformas similares, obsesionados como están con la velocidad y el suspenso, despedirían al buen Tristram de su trabajo por interrumpir el hilo de su narración con tantas divagaciones y paréntesis.

Digresivo pero progresivo

Más adelante, Shandy descubre que su vida transcurre más rápido que su escritura: “Yendo ya casi por la mitad del cuarto volumen, —y no habiendo pasado, sin embargo, del primer día de mi vida, resulta bien patente que ahora tengo trescientos sesenta y cuatro días más de vida que contar que cuando empecé a escribir mi obra; de tal modo que, en lugar de ir avanzando en mi tarea a medida que la iba haciendo, como un escritor normal y corriente —lo que he hecho, por el contrario, ha sido retroceder”.

Por si el estilo digresivo de su escritura no ha quedado claro, lo ilustra así:

“Estas son las cuatro líneas que he trazado, respectivamente, a lo largo de mis primero, segundo, tercero y cuarto volúmenes”, dice en el capítulo 40 del sexto volumen.

Milan Kundera escribió que Tristram Shandy es una “novela sin historia”. Ítalo Calvino dijo algo más: que el Tristram Shandy no permite que el lector olvide que está leyendo un libro, y que esto libera al lector de la obligación de creer en todo lo que lee. El narrador omnisciente es, en realidad, un mentiroso: hace pasar su prejuiciosa subjetividad por omnisciencia. Tristram Shandy en cambio, dice Calvino, invita al lector a tomar un rol activo en la creación.

Dice Tristram: “La mayor y más sincera muestra de respeto que se le pueda dar al entendimiento del lector consiste en repartir amigablemente con él esta tarea y dejarle imaginar algo a su vez”. Dicho y hecho: cuando se topa con una mujer hermosa, se abstiene de describirla y deja una página completamente en blanco, para que sea el lector quien la imagine a su propio gusto.

Pero no es cierto que no tenga historia, como dice Kundera. Porque entre medio de sus experimentos y digresiones, Shandy se las arregla para poner en circulación no solo una gran cantidad de historias, sino un mundo narrativo propio, tan extravagante como verosímil, en el que existen personajes, se producen diálogos, ocurren anécdotas, se guardan secretos, y en el que se cuenta todo hasta las nimiedades. Es decir, todos los elementos de una buena novela. El Tristram Shandy es, en su propias palabras, “digresivo pero progresivo”. Se va por las ramas pero no se pierde. Sus digresiones a menudo continúan y desarrollan historias inconclusas previas, que entran y salen de la novela como si tal cosa. No es necesario abolir el arte de contar un cuento, al contrario: una buena historia es algo que vale la pena relatar. Es preciso que haya una historia –la vida, por ejemplo, de un hombre y sus opiniones– y que sea contada como se pueda, aunque la realidad siempre vaya un día antes, y aunque se la interrumpa una y otra vez de mil formas distintas. Entre broma y broma, la literatura se asoma.

Alma desconcertada

Muchas veces a lo largo de su libro, Tristram Shandy invoca a Cervantes, a Rabelais y a Sócrates para transgredir los moldes y reglas literarias de su tiempo —y del nuestro, que ha convertido en fetiche la fórmula hollywoodense del conflicto central. “No pienso ajustarme ni a sus reglas ni a las de cualquier otro hombre que jamás haya existido”, dice Shandy a propósito de la Arte poética de Horacio: “La arrugaría, la haría trizas, y la arrojaría al fuego cuando hubiera terminado con ella”.

No puede evitarlo: “Me complazco en meterme en dificultades con el único fin de hacer nuevos experimentos para salir de ellas. ¡Un alma desconcertada es lo que eres!”, se dice a sí mismo. Y en otro lugar, agrega: “¿No te bastan, Tristram, los ineludibles apuros por los que, como autor y como hombre, te ves cercado por doquier? ¿Es que has de enredarte aún más?”

Otra barrabasada shandy: en la página 264 descubrimos que el número de la página siguiente es 275; faltan diez páginas entre medio. Parece un error de numeración, pero Tristram Shandy nos explica que no hay ningún error, deliberadamente ha destruido uno de los capítulos de la novela porque era demasiado bueno: “Me pareció tan superior en tono y estilo a cualquiera de las demás cosas que he narrado en este libro––que no podría haber quedado incluido en él sin al mismo tiempo haber desvalorizado el resto de las escenas de la obra”. El resultado, según él, es que el libro “es mucho más perfecto y completo al faltarle este capítulo que si lo tuviera”.

Otro ejemplo de todo esto: en un capítulo del segundo volumen, todos los protagonistas del libro se quedan dormidos. Shandy entonces le comunica al lector que aprovechará la oportunidad para tomarse un descanso de la narración. Y ocupa el tiempo en escribir un prólogo para su libro—un prólogo larguísimo, que poco o nada tiene que ver con el libro, en el que ajusta cuentas con sus críticos, y que permanece enterrado por ahí en la mitad del ladrillo, donde cuesta encontrarlo, en vez de ubicarlo en el principio del libro, como corresponde.

Tristram dixit: “Deseo que esto pueda servir al mundo de lección para que de ahora en adelante deje que la gente cuente sus historias a su manera”.

El pueblo más feliz

Celebrar el humor en la literatura se ha vuelto un chiste repetido –pero el humor del Tristram Shandy es, como dicen los gringos, the real deal. Para Shandy no hay nada peor que las palabras altisonantes y opacas, o que las pelucas, máscaras y ceremonias que el poder usa para esconder su ignorancia, su estupidez y su arbitrariedad. La oralidad, la cultura popular y el sentido del humor son los antídotos. “Ríase usted conmigo”, dice Tristram, “o bien hágalo usted de mí, o, en suma, haga lo que prefiera –pero no pierda usted nunca el humor”.

“Si me dejaran, como a Sancho Panza, elegir mi reino, sería un reino en el que la característica de los súbditos fuera reírse abiertamente. (Si Dios…) otorgara a mis súbditos la gracia de ser tan sabios como alegres, entonces yo sería el monarca más dichoso, y ellos el pueblo más feliz, —que habría sobre la faz de la tierra”. Esta es la revolucionaria sabiduría que predica y practica el Tristram Shandy.

La variante Shandy

Lamentablemente, la librería Cariño, donde compré mi ejemplar del Tristram Shandy, cerró sus puertas en agosto del año pasado por problemas económicos. Fue una triste pérdida para los habitantes de París. Especialmente para los hispanohablantes que íbamos ahí a buscar libros en nuestra lengua—quiero decir, todas las variantes de la lengua española, incluyendo la variante Shandy, que en América Latina ha engendrado, entre otros maestros, al luminoso Mario Levrero, para nombrar sólo a uno de los últimos.

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