
Foto : Marina Silberman
Un cuento inédito de Marina Silberman
El Secretario de Prensa asoma la cabeza por la puerta del despacho. Es un hombre joven, alto, con un jopo a la moda en el pelo engominado, y una barba rala, como de galán de cine. Su semblante, por lo general altivo y ganador, hoy parece desencajado. Siente que los nervios lo traicionan, que le entorpecen el hablar.
Tose.
Silencio.
Se atreve:
-¿Señor Presidente?
Tras el elegante escritorio de madera labrada, el Presidente trabaja en decretos y resoluciones. Levanta la vista, deja a un lado los papeles y hace un gesto con la mano.
-Pasá.
Apoya los codos sobre el escritorio, entrelaza las manos y espera a que el otro hable. El Secretario inspira profundo y anuncia:
-Señor Presidente, me lo acaban de confirmar: tienen las pruebas. Mañana publican la primicia.
Al principio de la campaña, cuando nadie daba ni dos pesos por él, el Presidente ideó un plan que se lo terminó por llevar en andas hacia un triunfo inesperado. Pero eso fue hace mucho tiempo y ahora no entiende qué quiere el Secretario, de qué pruebas le habla.
-Qué decís –dice el Presidente.
-De lo suyo, Señor. Usted sabe… De lo suyo – titubea el Secretario.
-No entiendo. Hablá más claro -se impacienta el otro.
El gran mérito del Presidente fue comprender antes que nadie que las dolencias del país ya no tenían remedio y que, a falta de pan, era posible saciar el hambre del pueblo con una buena dosis de circo. Así fue que ese candidato ignoto, corto de carisma y parco de palabras, terminó por convertirse en el domador de fieras más hábil de la política nacional, y ahora no son muchos quienes se atreven a hacerle frente.
-El título, Señor Presidente. El título de Oxford.
El Presidente al fin comprende. Resopla. Se quita los anteojos y, con un gesto de hastío, los deja sobre la mesa.
-Otra vez con eso.
En su voz no hay encono ni temor, tan solo el hartazgo de quien no puede terminar de quitarse a una mosca de encima.
-Señor Presidente –insiste el Secretario, inclinándose y apoyando los puños sobre el escritorio– Tenemos que actuar. Hay que prohibir la publicación. Hay que sacar un comunicado…
Entre programas de radio y estudios de televisión, el Presidente pasó toda la campaña contando hazañas de una juventud improbable, de largas noches de parranda en Europa, de incontables melopeas, de conquistas femeninas y de riñas callejeras entre matones de barrio. Tantos meses inventando anécdotas entre aplausos y risotadas, que terminó por olvidar la verdadera esencia de su pasado. Pero el pasado ha vuelto y trae las valijas llenas de verdades. Años de esfuerzo, de asistencia perfecta a todos sus cursos, de días enteros en los claustros de la Facultad y de noches en blanco en la biblioteca. Quinientas veintiocho páginas de una tesis de Doctorado summa cum laude que, para colmo, no ha plagiado. Un Presidente con altos estudios en una universidad de élite, con títulos conseguidos a base de esfuerzo y no de estafa… Errores imperdonables que le pueden costar muy caro.
-Señor Presidente –insiste el joven Secretario– tenemos que reaccionar. Hay que negar el título, decir que no existe… Comprar el silencio si es necesario.
El Presidente sacude la cabeza. No va a transar.
Reflexiona.
-Deciles que me inventé un título falso cuando volví de Inglaterra.
El Secretario duda un instante pero enseguida comprende. Es una jugada magistral, un movimiento de ajedrecista consagrado. Usurpación de título: otra proeza más para alimentar el mito de su gran figura. ¡Un gobernante como nosotros!, exclamarán en la calle, ¡un compadre de los nuestros!, celebrarán. Y sus detractores, los muy zorros, se arrastrarán hasta sus cuevas con la copia del diploma entre las patas.
-Anda. Qué esperás -dice el Presidente. Se calza otra vez los anteojos y vuelve a sus papeles.
El Secretario agacha la cabeza en respetuoso saludo y se retira. Sonríe al cerrar la puerta del despacho. El circo está en las mejores manos y el espectáculo no se levanta.

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