Xavier

Artist : Albert Marquet (France, b.1875, d.1947) Title : Date : late 1920s Medium Description: oil on canvas Dimensions : Credit Line : Purchased 1939 Image Credit Line : Accession Number : 6927

Foto : Le Pont Neuf sous la neige, Albert Marquet (1)

Un cuento inédito

Por Marco Huarancca

Xavier no ha tomado el Vélib para volver a casa. Ha decidido disfrutar del poco ruido en las calles y regresar a pie. Son apenas las ocho de la noche y la única silueta es la suya. Nadie habla alrededor y eso le agrada, aunque se pregunta si alguien aparecerá al cruzar la próxima esquina. Lo más probable es que sea un policía, se dice, y este le pedirá colocarse correctamente la mascarilla, esa es la única razón por la que pueden detenerlo. Xavier está caminando en lo legal que dicta la noche, dentro de las horas permitidas en dirección a su hogar y con una atestación que avala su itinerario: el camino entre la oficina y el puente cercano a donde vive.

Toma atajos evitando las avenidas principales, de vez en cuando escucha una sirena a lo lejos, pero el resto sigue en silencio. Cuando alza la mirada ve los techos y las sombras que las cortinas no llegan a cubrir, y también percibe la ceniza cayendo desde un balcón, proviene de un cenicero que el viento acaba de llevarse. Esa calma impuesta nunca la hubiera imaginado desde que se mudó a Paris, hasta los mendigos parecen haber desaparecido, quizás se ocultan en los metros, piensa él, la gente está por algún lado, se dice, en algún lugar donde se pueda pasar tranquilamente la noche, aunque para él esa calma se termina muchas veces antes de ir a dormir.

Pronto Xavier deberá cruzar el Sena. Caminar sobre un puente le recuerda una pesadilla recurrente donde el único sonido es el golpear del río contra el asfalto: se detiene en medio de la arcada principal, la parte más delgada y alta del puente, y acuesta sus brazos encima de la barandilla.

–¿Estará fría el agua? –se pregunta mientras unas ganas de lanzarse lo invaden, siente estrés, pero por razones que sólo se explican en los sueños, Xavier decide subirse a la barandilla, tiene ganas nadar. Nadie se acerca, nadie cruza el puente, sólo se escucha el ruido de unas sirenas a lo lejos, como durante toda su caminata nocturna.

–Si me caigo, ¿qué tan profundo es el Sena? ¿Podré nadar en él? ¿Hacia qué dirección? –sólo podrá responderse si se lanza, pero algún eco de sí mismo le pide bajar inmediatamente; no obstante, el miedo se le va olvidando, la adrenalina aumenta apagando su visión, que se concentra en el movimiento del Sena, siguiendo con sus ojos el mareaje de alguna embarcación inexistente. Inclina la cabeza hasta poner su cuello en horizontal, las corrientes son tan oscuras que apenas los reflejos de los faros se difuminan en el agua gélida y Xavier, buscando una imagen en el caudal, se lanza sin provocar algún otro sonido que se imponga al golpear del Sena. Es entonces cuando siente las sábanas húmedas, filtrando su traspiración fría, hasta despertar en el lecho donde también duerme su mujer.

Xavier tampoco creyó que, una vez caída la noche, se pueda soñar antes de ir a la cama – Y los controles, ¿dónde están? ¿Quién me va a impedir andar por ahí? –se pregunta, y aprovecha para quitarse completamente la mascarilla al no divisar otros transeúntes. El calor guardado entre su boca y su nariz se va disipando en bocanadas de humedad cálida, sus mejillas sienten una sola franja fría pues la separación creada por la pinza nasal ya no existe. Se va acercando al Puente Sully, quizás uno de los más enigmáticos y parecidos al de sus pesadillas. Respira hondamente, no se lanzará desde el puente, a pesar de que todo tiene el mismo aspecto de aquella pesadilla. Infla sus pulmones en una sola respiración, el edificio donde vive está cerca y ahí lo esperan Laure y Tristán, su esposa y su hijo pequeño.

Durante el almuerzo ya se le notaba abatido, sus colegas le preguntaron qué le pasaba y dio las mismas noticias: siguen las peleas en casa, las mismas discusiones, todo se acentuó después de la pérdida de su hijo mayor.

El último verano fue de vacaciones con su mujer e hijos al sur de Francia. Desde Antibes alquilaron un yate hacia las islas Lérins, y así evitaron la mascarilla durante el trayecto. Bajaron en la Isla Santa Margarita para dar una caminata alrededor de ella y bañarse en el Mar Mediterráneo. Encontraron un espacio rocoso entre los acantilados, la intensidad del sol secaba las piedras hasta dejarlas en una tonalidad gris clara, casi blanca, que contrastaba con la marea azuleja del agua.

–Al parecer estamos solos, ¿hacemos una pausa? – Laure comenzaba a tender las toallas y poner bloqueador a los niños. Xavier fue unos metros más lejos buscando una orilla donde sus hijos pudieran jugar, y a su regreso se los llevó sujetados a cada uno de una mano, mientras Laure se puso a tomar rayos de sol. Hacía mucho que él no había visto sonreír de esa manera a sus dos hijos mientras chapoteaban cerca de él, en una especie de piscina natural donde el agua no tenía la misma agresividad que el romper de las olas contra el acantilado. De repente, Xavier preguntó a su hijo mayor a dónde iba, él dijo que a buscar dónde mear. Xavier no pensó en ningún riesgo y lo dejó partir, mientras tanto se quedó jugando con el más pequeño, haciéndolo deslizar entre las rocas, mostrándole las otras islas y los botes que pasaban a lo lejos. Xavier pensaba al mismo tiempo en los meses del encierro en casa, dando explicaciones a sus hijos, que algo malo e invisible andaba afuera y debían tener paciencia para que se vaya. Ahora todo se anunciaba diferente. Sintió incomodidad cuando el tiempo le pareció más lento, no tenía cómo calcular cuánto había pasado desde que su hijo mayor se había ido. Lo llamó por su nombre en varias oportunidades sin que nadie respondiera, volvió a ver si estaba con Laure, pero ella dormía, la despertó pidiéndole que observe al pequeño sin darle más explicaciones. Ella se quedó vacilante, sin darse cuenta de lo que ocurría y por qué su esposo estaba tan asustado. Xavier rodeaba la zona sin poder encontrar a su hijo y cuando la vista no le fue suficiente empezó a gritar su nombre, Laure entendió y comenzó también a llamarlo con el otro hijo en brazos.

Regresaron a Antibes para reportar la desaparición del niño, y cuando lo encontraron días después, Xavier reconoció un cuerpecillo casi intacto, blanco como la sal y con los ojos cerrados. Según lo que creyó entender del personal de la morgue, todo indicaba que su hijo se había tropezado camino al acantilado y no pudo escapar de las olas. Xavier se preguntaba por qué no escuchó ningún llamado de auxilio, o, por qué no lo había acompañado. Un niño de ocho años advierte el peligro, se decía, no encontraba la razón o forma cómo su hijo se había ahogado en silencio. ¿Y si lo hubiese visto? El momento de su caída desde el acantilado, viendo sus intentos por salvarse y sin poder hacer mucho. Xavier nunca se ha lanzado desde un peñasco ni del trampolín de la piscina, el caer en el agua siempre le ha causado pánico y, cuando una vez lo intentó, no pudo salir sin ayuda de alguien. Imaginar la caída de su niño y la suya siempre han sido dos espejismos que lo acechan de noche, cuando se acuesta, cuando discute con Laure, o al no prestar atención a lo que alguien dice.

Xavier llega al Boulevard Henri IV y se aleja de la Colonne de Juillet. No hay ningún policía alrededor, de hecho, no hay nadie. Sigue guardando la mascarilla en el bolsillo y va en dirección del puente. Algún que otro carro transita en el Quai des Célestins sin realmente distraerlo, al cruzar la pista, y al igual que en su sueño, no hay ningún otro ruido, sólo escucha la voz del río, su vaivén e imagina pequeños remolinos en sus aguas grises. Hace mucho que Xavier no podía aislarse de otra gente, para su suerte o no, en cada lugar donde debía permanecer siempre hubo alguien, en casa o la oficina, alguien siempre lo observaba. Comienza a encontrar un gusto por el entorno de su pesadilla. Al llegar a la cúspide del primer tramo del Sully, se detiene a ver la distancia que lo separa del Sena, se siente tan alto como el acantilado que quiere olvidar. Como en su sueño, Xavier sigue buscando un reflejo, se saca los guantes y pone las manos en la barandilla, aproxima su cabeza más cerca, hace un contrapeso con sus pies para no resbalar y se siente más seguro. La vista se le va nublando, como si algunas aureolas aparecieran para decorar su panorama. Ese plano gris en movimiento parece cegarlo completamente, cierra los párpados, piensa en su hijo y aprieta aún más fuerte la barandilla, lo imagina nadar en las aguas en las que Xavier nunca se atrevería, sin importarle la profundidad del río, sin dirección clara, como un pez que nada siguiendo las corrientes, y a veces contra su propia voluntad. Xavier de repente grita, pero no por el espejismo que acaba de ver. Un hombre uniformado lo tira de la espalda y le pide sus documentos. 

(1) Fuente: https://fr.m.wikipedia.org/wiki/Fichier:Albert_Marquet_-_Le_Pont-Neuf_sous_la_neige.jpg

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