
Foto : Pedro González
Reflexiones sobre vivienda colectiva y literatura
Por Daniela Sías
“Soit donc, au milieu de cet îlot, un immeuble ordinaire, sans plaques commémoratives ni hommes illustres, un immeuble comme tant d’autres, cellule discrète du tissu organique parisien”.
Ruth Zylberman, 209 rue Saint Maur Paris Xe – Autobiographie d’un immeuble
La vida en un edificio de departamentos es una experiencia tan común para los habitantes de las ciudades que podría parecer anodina. Forma parte de la vida cotidiana, y como tantas otras cosas de nuestra rutina, no nos detenemos a observar cuánto tiene de excepcional.
Lo es, sin embargo, porque habitando el mismo edificio compartimos con extraños parte de nuestra intimidad y de nuestra vida doméstica. Es una convivencia forzada con personas que no elegimos. Sabemos tanto de nuestros vecinos: a qué hora salen y a qué hora llegan, qué cocinan, si se despiertan tarde, sus gustos musicales, si lloran a menudo, las razones de sus peleas. Los vimos salir vestidos de fiesta radiantes el sábado a la noche y también despeinados y disimulando el pijama bajo el abrigo para comprar pan a la mañana. Incluso podemos tener informacion sobre la frecuencia de sus relaciones sexuales. Y ellos saben lo mismo sobre nosotros. Lo divertido es que, además, muchas veces hacemos de cuenta que esto no sucede. Fingimos, por ejemplo, que no escuchamos, minutos atrás, discutir de manera feroz a la pareja que ahora nos sonríe educadamente en el pasillo.
Estas condiciones, fuentes de encuentros y conflictos, generan chispas creativas y estallidos literarios. En los próximos párrafos se ilustran los lazos entre edificios de viviendas y escritura, a partir de tres textos: 209 rue Saint Maur, Paris Xe, de Ruth Zylberman, La vie – Mode d’emploi, de Georges Perec y Le père Goriot, de Honoré de Balzac.
Ruth Zylberman y las familias deportadas de la rue Saint Maur.
El escritor mexicano Octavio Paz dedicó una parte de su obra a la historia y el análisis de las artes plásticas y la arquitectura. Afirmaba que los edificios son testigos de la historia que no pueden ser sobornados: no pueden sino decir la verdad sobre su momento histórico. Catedrales, palacios, teatros, castillos nos hablan de quiénes tenían en sus épocas poder y medios, y cuáles eran sus ideas. Estos edificios pertenecen a la categoría de hito o mojón, que Kevin Lynch conceptualiza en su libro La imagen de la ciudad: tienen un carácter de monumento y se distinguen fácilmente de su contexto, transformándose así en puntos de referencia. En términos de figura y fondo, estos hitos son las figuras que se recortan sobre un fondo urbano más o menos uniforme, compuesto mayormente por edificios de viviendas, anónimos y banales.
El edificio ubicado en el 209 de la rue Saint Maur forma parte, sin duda, del fondo urbano, pero no por eso tiene menos cosas por decir. Desde la vereda, es difícil adivinar que haya sido elegido para realizar un documental (disponible de manera gratuita en el sitio web de Arte, también puede encontrarse la versión completa en YouTube) y que, más tarde, la directora haya escrito un libro contando el proceso de creación de la película (editado este año en español por Errata naturae).
Ruth Zylberman intenta reconstruir las historias de nueve chicos y sus familias, que vivían en el edificio durante la Segunda Guerra Mundial y que fueron deportados durante la ocupación alemana. Si éste es el centro narrativo del documental, el libro permite a la autora alejarse de ese núcleo y enfocarse en otros momentos históricos. Busca las pistas de la historia del edificio y de las personas que lo habitaron desde su construcción a mediados del siglo XIX hasta el año de la filmación, 2018. La seguimos en su búsqueda a través de archivos de la municipalidad y museos, durante sus entrevistas con antiguos habitantes, enviando e-mails y cartas a otros continentes, con la esperanza de encontrar un nuevo indicio, y tenemos la impresión de asistir a una investigación policial. El trabajo parece colosal y nos preguntamos cuándo se dará por vencida. Las historias de los habitantes, del edificio y de la ciudad se develan como parte de un mismo tejido. Para describir este trabajo de detective, Zylberman también usa como analogías los rompecabezas y las matriochkas; cada información, cada familia identificada y ubicada en el edificio es una pieza que trae sorpresas y nuevas pistas.
El 209 rue Saint Maur fue testigo, como dice Paz, de eventos políticos y cambios sociales: en sus pasillos convivieron un resistente de la Comuna y un grand blessé de la Gran Guerra, militantes políticos y sindicales, los deportados y las familias que sobrevivieron escondidas en el edificio gracias a la solidaridad de sus vecinos, un joven francés integrante de la Légion des volontaires français (LVF), una asociación creada por partidos políticos colaboracionistas. Según el censo de 1936 (el último antes de la guerra y uno de los puntos de partida de la investigación de Zylberman), un tercio de la población del edificio era en ese momento extranjera, la mayoría del este europeo.
Los cambios sociales y la evolución del barrio dejaron huellas físicas en el inmueble, testimonios materiales. Fue durante la mayor parte de su existencia un edificio de alquiler para obreros: las familias alquilaban una habitación, a lo mejor dos, la mayoría no tenía agua corriente ni chimenea, el toilette común estaba en el pasillo y no había baños (se usaban los baños municipales). Alrededor del patio, en planta baja, había talleres donde trabajaban, entre otros, algunos inquilinos. Durante la segunda mitad del siglo XX, el edificio vio llegar a inmigrantes de nuevos países, como España y Portugal y más tarde el norte de África. A pesar de que conservaba todavía su carácter popular, comenzaron algunas modificaciones para crear viviendas autónomas y funcionales. Se construyeron baños privados y se unieron habitaciones.
El nuevo siglo trajo las transformaciones más importantes, con la llegada al barrio de vecinos con niveles de ingresos más altos. Las fachadas se mejoraron, desaparecieron la mayoría de los toilettes comunes, los talleres del patio se transformaron en lofts, los vehículos de los artesanos fueron reemplazados por bicicletas y árboles. Algunos de los nuevos departamentos incorporaron incluso al espacio privado parte de lo que antes eran pasillos comunes.
La autora logra reunir las piezas y recomponer la constelación de relaciones entre los habitantes del 209. Durante algunos momentos de la lectura, tenemos la impresión de leer una novela, olvidamos que todo eso sí sucedió, confirmando ese dicho de que la realidad supera a la ficción. En una de las escenas del documental, vemos sobre una mesa un libro. La cámara lo enfoca: es la novela de Perec, anticipando su presencia entre las páginas de Zylberman.
Georges Perec y los rompecabezas de la rue Simon-Crubellier
En la novela La vie, Mode d’emploi, de Georges Perec (La vida instrucciones de uso, Anagrama, 2023) la figura del rompecabezas aparece no sólo como recurso narrativo, sino también como parte de la trama. Bartlebooth y Winckler, Morellet, Valène, todos ellos viven en el edificio de la rue Simon-Crubellier y todos ellos participan, de un modo u otro, en la proeza imaginada, dirigida y financiada por Bartlebooth: la creación de 500 rompecabezas a partir de acuarelas y su posterior disolución.

Corte del edificio de la rue Simon-Crubellier indicando la ubicacion de cada habitante, incluído en La vie – Mode d’emploi,
Perec, como haría más tarde Zylberman, ubica a cada una de las familias e individuos como las piezas de ese enigma mayor que es el edificio. Cada capítulo corresponde a una de las habitaciones en fachada, incluyendo las escaleras, bauleras y sala de máquinas. Presenta estas escenas como si describiera fotografías: los protagonistas aparecen en un gesto congelado (leyendo, cocinando, mirando por la ventana, conversando), que cobrara sentido más tarde. La descripción no se agota en la presentación de los personajes: Perec describe los objetos que los rodean con una precisión que, además de ser posiblemente aterradora para cualquier traductor, funciona como una máquina de creación infinita de digresiones. A partir de un simple cuadro, por ejemplo, el relato puede derivar en el momento de la compra, la historia de la escena representada, la vida del pintor, etc. Este interés por las cosas también es compartido por Zylberman, quien ofrecía a sus entrevistados muebles en miniatura y otros objetos comunes en la época, como radios y máquinas de coser, para que pudieran reproducir el orden dentro de sus habitaciones. En los dos casos, las cosas permiten contar las historias de sus propietarios.
Los cambios de época también se manifiestan físicamente en el edificio imaginado por Perec, con la llegada del ascensor y la transformación física y social de las chambres de bonnes (habitaciones de los últimos pisos destinadas al servicio doméstico de los departamentos de abajo). La férrea división social representada por la puerta vidriada del último piso, que conecta la escalera principal (y el ascensor) con la escalera de servicio, empieza poco a poco a suavizarse. Las antiguas habitaciones de servicio son ocupadas por otros inquilinos, algunos prestigiosos como el pintor Hutting, que compra varias y las unifica para crear su departamento-atelier. Bartlebooth es de los primeros vecinos de abajo en atravesar con regularidad y sin complejos la puerta vidriada para visitar a un vecino de arriba, el pintor Valène, su profesor de acuarela.
Honoré de Balzac y la pensión burguesa de la rue Neuve-Sainte Geneviève
Los historiadores de la ciudad hablan de segregación urbana vertical para referirse a esta repartición de ricos y pobres en los distintos pisos de los edificios de viviendas, tan fuerte durante tanto tiempo. Este tema, al igual que las cuestiones de la ambición y la riqueza, que son parte fundamental de la obra de Balzac, aparece también en la novela Le père Goriot (existen distintas traducciones en español), representado por los habitantes de la Maison Vauquer.

Los cinco niveles del mundo parisino, ilustracion de 1845 (1)
La propietaria de la pensión, Madame Vauquer, intenta elegir inquilinos que correspondan al perfil burgués que pretende para su establecimiento, pero el estado de la decoración del comedor y de la sala de estar parece indicar otra cosa. Los habitantes de la pensión comparten estos espacios y las comidas, y así las intrigas empiezan a vincularlos. Goriot da su nombre al libro y, sin embargo, no es el protagonista: el personaje principal es Eugène de Rastignac, un estudiante que, mientras sueña con ser rico y famoso, vive en la pensión.
Balzac escribió este texto durante el año 1834; el orden social tenía entonces un correlato edilicio más exigente que el descrito por Perec (con sus chambres de bonnes y la escalera de servicio), reflejo de la voluntad de la época de diferenciar con claridad las clases sociales. En los edificios de vivienda colectiva, los mejores departamentos estaban en el primer piso. A medida que se subía, el tamaño se reducía y las ornamentaciones se simplificaban, hasta llegar a las habitaciones de servicio. Este orden fue retomado por los edificios de tipo haussmaniano a partir de la década de 1850, con su planta baja y entrepiso destinados a los comercios y el étage noble, el preciado primer piso, señalado en fachada por el primer balcón corrido. La llegada del ascensor trastocó este orden social privado: los pisos más altos se volvieron accesibles sin esfuerzo físico y su valor se transformó. Los departamentos más altos se volvieron en algunos casos más valiosos: los ruidos de la calle llegan apaciguados, son más luminosos, las vistas que ofrecen son mejores.
Goriot era un hombre rico cuando llegó a la Maison Vauquer y, de acuerdo a su posición, alquiló uno de los departamentos ubicados en el primer piso, con varias habitaciones y una decoración elegante. Por razones que no conocemos en un principio, Goriot pierde poco a poco su fortuna; a medida que desciende socialmente, asciende en el edificio, hasta llegar a ocupar una habitación fría y húmeda del tercer piso. La arquitectura acompaña los cambios de concepción sobre la sociedad, la diferenciación de las clases sociales y la igualdad: las nuevas reglas de urbanismo y construcción impiden la construcción de edificios de más de tres pisos sin ascensor. Si Balzac escribiera hoy Le père Goriot, necesitaría encontrar otra manera de ilustrar su caída; el piso en el que vivimos ya no es hoy un indicador social inequívoco.
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¿Cuántas veces nos convertimos en narradores, en familia, entre amigos o colegas, gracias a las historias vistas o escuchadas en nuestros edificios? La vivienda colectiva es un motor literario funcionando a toda velocidad. El escritor desangelado sólo necesita prestar atención a sus vecinos.
(1) Fuente: https://perso.univ-lyon2.fr/~pvernus/01_02Texte_html_m3f2765e4.png

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