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Un cuento inédito
Por Borja Rivero
En el ascensor juega con las llaves, todavía no se ha acostumbrado a ellas. Su padre solía decir que un hombre alcanzaba el éxito cuando sólo tenía una llave de la que preocuparse, la de su casa. El viejo lo consiguió, pero eran otros tiempos y otro país. Al menos él tiene la satisfacción de contar sólo con dos, la del portal (por si el gardien duerme) y la de la puerta de su nuevo apartamento.
Cuando la llave gira en la cerradura con un ruidito agradable, no puede evitar sonreír. Entra. Las cajas se acumulan en el recibidor, apiladas a capricho de quienes las descargaron por la mañana. Su asistente había supervisado aquella primera parte de la mudanza, él no debería estar allí todavía, tiene una habitación reservada en un hotel, pero el concierto había sido un éxito, y también la cena de después, todos le felicitaron, le dieron la bienvenida a la ciudad, y en el taxi de camino al hotel no pudo evitar cambiar la dirección en el último momento. Deseaba estar allí.
A pesar de las cajas, el apartamento se encuentra impoluto: el parqué encerado, las paredes recién pintadas de gris perla y azul medianoche, los ventanales completamente transparentes, tan grandes que ocupan dos alturas. Las vistas le muestran los tejados y azoteas de París.
Está satisfecho con la compra, es un sueño hecho propiedad inmobiliaria y ni siquiera ha firmado una hipoteca. Descorcha la botella de champagne que alguien le regaló de parte de la orquesta. Llena una taza (no tiene idea de dónde puede estar la cristalería) y se sienta en los escalones que llevan al salón, todavía vestido con esmoquin. Saca el móvil y busca su propio nombre, pero todavía no hay nada sobre el concierto, únicamente algunas noticias anunciando su nombramiento como nuevo director musical de la Ópera. Relee una de ellas, donde se elogia su trayectoria. Esperan grandes cosas de él, pero no siente ninguna presión porque considera París la culminación de su carrera, ya ha demostrado todo lo que tenía que demostrar, y ha sido el mejor, por eso ha llegado hasta allí, por eso puede permitirse “el mejor apartamento de la ciudad”, como señaló repetidamente la mujer de la inmobiliaria. Brinda hacia las luces parpadeantes al otro lado del cristal.
Busca una lista de música en su móvil. Lo deja en el suelo y se levanta para continuar la visita. Suena Blue velvet.
En unos días llegará Sarah. Se pregunta dónde podría encontrar un vestido de terciopelo azul para ella. Estaría espléndida con algo así, piensa, ese profundo color destacaría su piel pálida, su pelo cobrizo, sus ojos de ágata marina, absorbería todas las miradas de una pista de baile en algún sitio elegante. Sarah, su Sarah.
Se termina la copa y sirve algo más de Champagne. Recorre el resto de las habitaciones vacías, disfrutando de la amplitud y los acabados en materiales de alta calidad.
Sarah se quedará una semana, irán al teatro, verán exposiciones, comerán en sitios caros, y luego cogerá un tren y volverá con su marido y sus hijos. Se conocieron demasiado tarde, eso dice ella después de hacer el amor, pero él prefiere su trato. ¿Lo prefiere? Son muchos años con la cabeza escondida en el trabajo. La vida ha ido deshojándose y él apenas se ha desviado de su destino para tomar aire. Está bien así, disfruta de su soledad como si fuera un lujo, como si toda esa gente a su alrededor le acompañara demasiado. Sí, claro que prefiere su arreglo con Sarah, con todas las Sarahs de su vida. Los pasos han sido los correctos para llegar al mejor piso de París, a ser reconocido por las mejores discográficas y orquestas. Tiene cincuenta años recién cumplidos y lo ha conseguido.
Brinda de nuevo con la taza ante su reflejo en el espejo del baño. Mármol blanco y grifería de bronce. La bañera parece una obra de arte. Se mete en ella. No tiene sueño, quiere gritar, quiere reír, quiere bailar. Es feliz. Quiere ser feliz.
Últimos compases, la canción termina. Se ve a sí mismo como un manchurrón oscuro dentro del útero marmóreo.
Silencio.
La siguiente canción debería reproducirse automáticamente, pero por alguna razón no es así. Eso le permite comprobar que la casa está perfectamente aislada, no llega a él ni el más mínimo murmullo exterior. Se siente satisfecho. No, en realidad le incomoda la carencia de ruido, pero no está dispuesto a admitirlo ni ante sí mismo.
Después de Sarah invitará a Teresa, después a Laura. Conocerá nuevas mujeres en París, empresarias, políticas, grandes filántropas en las galas benéficas, quizá alguna solista con la que pueda establecer una rara y maravillosa fascinación mutua.
La bañera resulta inesperadamente cómoda, la piedra se adapta a la forma de su cuerpo, lo envuelve. La euforia empieza a enfriarse. ¿Qué ocurrirá luego? Después de París ya no puede adivinar el futuro, ¿quizá Nueva York? Tiene por delante el que será su periodo dorado, debe disfrutarlo. Pero cuando Sarah se vaya, cuando las habitaciones estén decoradas con el exquisito gusto de algún profesional que habrá elegido su asistente, cuando Teresa se vaya, cuando Laura se vaya, cuando nadie lo busque si no es para discutir su participación en tal o cual evento institucional, entonces ¿qué ocurrirá con él? Se sentará en un cómodo sofá en el perfecto silencio de su perfecto apartamento, contemplando la perfecta silueta urbana en una perfecta agonía hueca, mientras suena Blue velvet y se esfuerza por seguir creyendo sus propias respuestas de entrevista radiofónica. Lo ha conseguido. La soledad es un lujo. No importa que nadie haya llevado un vestido de terciopelo azul para él, tiene los aplausos, las vistas de París, la grifería de bronce, y esa bañera que parece un huevo duro en equilibrio.

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