Kératite

Photo de João Melo sur Unsplash

Una crónica sobre migración y medicina

Por Marina Silberman

Hace pocas semanas volví a leer Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez. Me lo habían regalado hace muchos años, cuando recién comenzaba mi propio peregrinaje de expatriada, y quizás por eso mismo me maravillé entonces con esas historias de latinoamericanos errantes por Europa. Si bien esta segunda lectura no llegó a colmar las expectativas desmesuradas de mis recuerdos, hay un relato entre los doce, uno en particular, que debí resignificar a través de mi experiencia inmigratoria, pues el cuento me conmovió como no me había conmovido antes. Me refiero a “El rastro de tu sangre en la nieve”, el último de la compilación.

El relato narra la historia de dos jóvenes de la altísima sociedad de Cartagena, Nena Daconte y Billy Sánchez, quienes viajan a Europa de luna de miel. En Madrid, Nena se pincha el dedo con la espina de una rosa. Sin prestarle atención a ese incidente menor, emprenden en automóvil el camino hacia Francia. Pero el pinchazo, que en un principio hizo aparecer una gotita de sangre en el anular de Nena, va empeorando durante el viaje hasta convertirse en una hemorragia que los lleva a buscar en París un hospital de urgencia. Nena queda internada y Billy, solo y perdido en una ciudad extraña de la que no conoce siquiera el idioma, sufre una metamorfosis tan veloz como lapidaria: de niño mimado de la más alta aristocracia de Colombia pasa a ser en Francia un simple y vulgar inmigrante. Es incapaz de comunicarse con los médicos, no entiende las reglas administrativas ni los horarios de visita, y hasta pedir manteca para el desayuno en el bar frente al hospital le resulta un desafío infranqueable.

La primera vez que leí este cuento, me cautivó la habilidad de García Márquez para entrelazar la historia de Nena Daconte y Billy Sánchez en Europa con los flashbacks al nacimiento de su amor apasionado en Cartagena. Pero ahora sentí que, mucho más que la historia de sus personajes, el relato tocaba el lado más vulnerable de mi propia experiencia inmigratoria en Estados Unidos y en Europa. Pues nunca me sentí más extranjera, más desvalida y sola, que cuando he tenido que atravesar urgencias médicas en un país que no es el mío.

Algunas semanas atrás, mi hija Camila se despertó con un ojo muy enrojecido y con bastante dolor. Hacía días que venía con problemas en ese ojo, pero no parecía algo serio. La posibilidad de acudir a un hospital no nos pareció una buena opción porque en Francia no estamos cubiertos por la securité sociale y porque en nuestro país la atención médica privada es siempre preferible a la pública: en Argentina los hospitales suelen carecer de los insumos más básicos y las esperas pueden durar horas. Así que la llevamos a una clínica que tenía una guardia oftalmológica y buenas reseñas en Google.

En la clínica nos atendió una doctora bastante desagradable que se dedicó a ignorar tanto las quejas de Camila como mis preguntas. En cuestión de segundos, habiendo apenas visto el ojo afectado, concluyó que todo se trataba de una conjuntivitis sin mayor trascendencia y nos despachó de vuelta a casa con una receta para gotitas antibióticas.

A la mañana siguiente, Camila lloraba de dolor. Pedimos una video consulta con nuestra médica de cabecera que enseguida se dio cuenta de que semejante cuadro no podía ser tan solo una conjuntivitis. Según ella, se trataba de una kératite, término que yo no conocía en castellano, mucho menos en francés, pero que en definitiva se trata de una inflamación o una herida en la córnea. Si la médica de la clínica no lo había notado, era simplemente porque no se le había dado la gana de mirar.

— Aquí les doy el contacto de un oftalmólogo de confianza — dijo —. Lo tienen que ver hoy mismo. Si él no los puede atender tienen que ir urgente al Quinze-vingts.

Al principio pensé que se trataba de un número de urgencias al que llamar, pero luego comprendí que es el nombre del más reconocido de los hospitales especializados en oftalmología en la ciudad. En Buenos Aires, si tengo un problema en los ojos y alguien me dice que tengo que ir al Santa Lucía, enseguida sé de qué me hablan. Acá no tenía idea.

Llamé al oftalmólogo que recomendó nuestra médica, y en mi francés incierto le expliqué a la secretaria que necesitábamos que nos atendiera con urgencia. No éramos sus pacientes y no era sencillo ubicarnos en su agenda. Después de tres llamadas suplicantes, logramos una cita ese mismo mediodía. Mientras el oftalmólogo revisaba a Camila, el silencio en su consulta se cortaba con tijera. Ahá… decía el oftalmólogo mientras observaba con sus aparatos los ojos inflamados de mi hija que ya ni lloraba porque estaba atontada por el dolor. Ahá… Entonces el médico se dio vuelta hacia nosotros y nos mostró en la pantalla de su computadora una foto en la que se veía una tremenda úlcera que cubría la mitad del iris derecho de Camila.

Nos dijo que las famosas gotitas del día anterior, tan útiles que son para la conjuntivitis, están contraindicadas para la queratitis. En lugar de sanar la infección, las gotitas exacerbaron la herida.

Una úlcera avanza rápido y, si llega a perforar la córnea, puede provocar ceguera. Corríamos contrarreloj. Camila ya no veía nada, pero no podía saberse si eso era producto de una inflamación pasajera o de un daño permanente. El oftalmólogo nos mandó de urgencia a un hospital. Mencionó tres, entre los cuales el Quinze-vingts, pero elegimos el Cochin porque era el más cercano y podíamos llegar más rápido.

Mi familia no es aristócrata ni acomodada como la de Billy Sánchez o la de Nena Daconte, pero entre mis parientes cercanos cuento con varios médicos. De chica, siempre me pareció natural que mis dolencias fuesen atendidas por algún tío o por alguna prima o por algún colega cercano de dicho tío o dicha prima. Nunca en mi país me hice atender por gente que no era conocida de primera mano. Mientras atravesábamos las calles de París guiados por el GPS en busca del hospital Cochin, volví a tomar conciencia de que, al dejar atrás las limitaciones de mi vida en Argentina, también renuncié a sus privilegios.

El hospital Cochin no solamente no carecía de insumos sino que contaba con todo tipo de tecnología, y el hecho de que no estuviésemos cubiertos por la securité sociale no fue un problema para recibirnos. En la sala de urgencia nos atendieron enseguida y nos dieron un nuevo tratamiento que empezaba por tirar a la basura las gotitas que nos había dado la doctora de la clínica.

Algunas semanas después del incidente, cuando estábamos ya más tranquilos, nos encontramos a comer con unos amigos franceses. Cuando les contamos lo que pasó, nos miraron sorprendidos:

—¿Por qué fueron a una clínica privada en un principio? —preguntaron. Y agregaron una lección que se nos quedó grabada a fuego:  —En casos de urgencia siempre hay que ir a un hospital público.

Luego de algunos días de angustia e incertidumbre, la córnea de Camila sanó. No sabemos exactamente qué causó la lesión inicial y sigue en observación, pero todo debería terminar de resolverse y quedar en un susto. La próxima urgencia médica que nos sorprenda en Francia nos encontrará más sabios y un poquito menos extranjeros.

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