En el espejo

Foto : Magalí Sequera

En los años 80, se rumorea que Mengele estaría escondido en algún lugar del Paraguay. Tras una reunión con Jacques, Guillermo, exiliado político de la dictadura de Stroessner en París, acepta una misión con la intención de encontrar algunas pruebas. Magalí Sequera comparte con Revista Pasajes el siguiente fragmento de una novela inédita.

Por Magalí Sequera

Jacques y Úrsula recibieron una información que analizaron, les parecía de lo más certera. El viaje de Guillermo serviría entonces para comprobarla e incluso sacar más detalles sobre la presencia de Mengele en el Paraguay. Jacques explica entonces a Guillermo que el encuentro se hará en Foz, ahí se juntará con dos informantes que le tienen que mostrar fotografías recientes. El lugar preciso del encuentro lo definirán ellos con una llamada en código, pero eso sí, será en territorio brasilero. La ciudad es muy turística y la presencia de estas personas podrá pasar más desapercibida que del lado paraguayo, donde los hoteles son menos y la dictadura todavía sigue vigente.

Guillermo le comenta a Jacques que piensa quedarse dos días antes en casa de un primo suyo que vive en Puerto Stroessner, quiere saber si le parece atinado, sin por supuesto entrar en los detalles de la razón de su presencia ahí. Jacques acepta, insistiendo en que no se revele la razón de su visita. Ahora Jacques mira detenidamente a Guillermo a los ojos y pregunta “¿Seguro que no quiere ningún cambio de cara?” Guillermo confirma que no hace falta, que sólo se dejará crecer el bigote, nada más. Jacques asiente con un movimiento de cabeza.

***

Guillermo se mira bien al espejo antes de empezar a pasar la navaja del lado izquierdo de la mejilla.

Hace dos días que se dice que se tiene que afeitar. Hunde la hoja en el agua para sacar la espuma y se diluye un hilito de sangre en el lavabo. Vuelve a pasar la navaja cerca de la oreja. Ya casi desapareció la barba que tenía crecida. No le gusta tanto el bigote, pero es necesario.

Guillermo piensa de nuevo en la llamada de Jacques diez días atrás para finalizar los últimos detalles del viaje. Se le hace raro pensar en ir a Paraguay sin ver a la familia, sin ver a los amigos, en la mayor discreción. No podrá ni siquiera llamar a su madre, tres días de parada en Asunción y directo para Foz do Iguaçú. Zaz, una tajada en el mapa. Suerte y azar que pudo volver al país hace un año, porque ahí sí que no hubiera aguantado la misión, hubiera sido una tortura estar en Asunción, caminar por el centro y no poder ver a su madre, a los hermanos. Diez años es mucho. Diez años y la muerte de un padre de por medio.

Guillermo se vuelve a mirar en el espejo y se observa un rato largo con el bigote bien formado, bien tupido. Ya lo llevó un tiempo, durante unos meses cuando los milicos lo andaban buscando siempre. Entonces también siempre iba cambiando: bigote, barba, rostro lampiño, pelo largo o corto, un poco hippy, muy formal, y así. Se acostumbró a esas identidades varias, hasta le encontraba el juego. Él se daba cuenta en seguida cuando un pyragüé andaba por ahí, ya fuera en la calle o en el micro. Era raro, pero podía intuir al instante mismo cuando una presencia fantasmal le andaba detrás de los talones. No sabe cómo, a eso le llama su sexto sentido, aunque siempre fue muy racional. Así que en esos años en que se escondía, se salvó. Ahora era otro cuento, porque no sólo se trataba de escapar de la policía paraguaya, sino que también de ser más astuto que los integrantes de la red. Tenía que ser fino, eficiente y rápido para salvarse de dos peligros a la vez.

No se siente absolutamente protegido, no tanto por el riesgo de la misión, no es eso. Algo cambió desde el inicio del exilio y es que ahora no está solo. Pero Jacques le aseguró la vida y entonces se aferra a esa promesa dicha con tanto aplomo.

Guillermo vuelve a hundir la hoja en el agua, se la pasa por el mentón que no quedó perfecto. La enjuaga y se vuelven a formar unos hilitos rojos, acciona el ganchito para vaciar el lavabo, sigue un ruido. Declinó la propuesta de Jacques de hacer algún cambio facial, pero en cambio le pidió papeles falsos, para al menos tener esa tranquilidad, con la aduana y con los informantes. Nicolas Blandin, casi de película de tan común.

Suena en sus oídos ese tema de Chico Buarque cuyo título no recuerda. Se mira de nuevo en el espejo y piensa que todo va a salir bien, que sólo puede salir bien.

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