
Ilustración : Daniela Sías
Una crónica sobre migración y yerba mate
Por Daniela Sías
I
Abro la alacena, el sonido de la pava eléctrica indica que el agua está por llegar a su punto. El mate recién vaciado espera junto a la pileta. Sobre el estante frente a mí, descubro a través del plástico transparente del contenedor que el ritual va a quedar interrumpido: no hay más yerba. Apenas un fondo polvoriento que no alcanza ni siquiera para llenar una cuchara. Empiezo a inquietarme.
Si estuviera en Argentina, esto podría resolverse más o menos rápido. Podría salir de casa, caminar algunas cuadras hasta el primer kiosco, almacén, supermercado o estación de servicio, según el horario y día de la semana. Si no tuviera tiempo o ganas, podría incluso tocar el timbre de alguno de mis vecinos, y seguramente alguna mano solidaria me alcanzaría una taza con yerba suficiente para salir del aprieto. Pero no estoy en Argentina, estoy en Francia, en una ciudad de la banlieue parisina; mis vecinos tienen una idea vaga o nula de la yerba mate, y no hay kiosco, almacén, supermercado o estación de servicio cerca donde se venda. Estamos solas, mis ganas de un mate y yo, frente a la ausencia.
El tango lo expresa tan bien: «Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol». Qué tristeza quedarse sin yerba, cuánta amargura.
II
No voy a darme por vencida tan fácilmente: reviso en la alacena y en la despensa improvisada en el placard de la entrada. Pero tengo que aceptar los hechos, cometí un error. Acá el mate no se improvisa, hay que organizarse. Comprar yerba es una operación logística compleja, dependiendo del lugar de la ciudad donde se viva. En mi caso, el punto de abastecimiento más cercano es un mercado de productos latinoamericanos que queda a 30 minutos de casa, métro mediante, fuera de mis circuitos habituales. Existe también la opción de la compra online, pero no sólo sale más caro, sino que la entrega nunca es inmediata y entonces no sirve para las situaciones críticas. La cuestión de las marcas y tipos ya es secundaria. Tanta exigencia en un contexto tan poco amable es puro capricho.
Sé que no estoy sola. La información, valiosa y codiciada, se comparte.
– ¿Vos dónde comprás? – nos preguntamos entre emigrados argentinos, como si habláramos de sustancias prohibidas, al poco de conocernos y sin necesidad de mayor confianza.
También en el mundo online: dónde conseguir yerba debe ser la pregunta más repetida en los grupos de redes sociales de argentinos dando vueltas por Francia (y puedo imaginar que en otros países también). Algunos compatriotas especialmente solidarios postean por iniciativa propia cuando encuentran un nuevo lugar o buenos precios.
– Por favor – imploraba por información un hombre solitario desde una ciudad en los Alpes – es una cuestión de salud mental.
Espero que haya conseguido.
III
Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, dice el refrán popular. Es cierto, una vez más. Yo no sabía lo feliz que era con tanta yerba mate a mi alrededor hasta que aterricé en este país lejano. Y aunque era consciente de sufrir de cierta dependencia, no sabía hasta qué punto podía ser incapacitante. Descubrí que trabajar sin mate es muy difícil. Siento una imposibilidad casi física de hacerlo; no logro estar sentada frente a una pantalla sin mate. Hice bromas muchas veces sobre «mi adicción», pero ahora que acceder a la sustancia se volvió una tarea complicada empiezo a sospechar que no es chiste.
Una mañana me quedé sin yerba en la oficina y la idea del día de trabajo por delante se oscureció. No había chances de conseguir en esos parajes. Recordé con nostalgia a tantos compañeros de trabajo en Buenos Aires, que convidaban de sus provisiones. Al día siguiente, les convidaba yo. Intenté explicarle mi problema a una colega francesa. Asintió comprensiva y me recordó con amabilidad que había una máquina de café en el pasillo.
IV
Frente a la escasez, establecer una estrategia se vuelve imprescindible. Organizarse. La más sencilla, la más obvia, es la previsión. Ya no compro de a uno, sino de a dos paquetes, es decir, dos kilos. Cuando el primero se termina, sé que es tiempo de desplazarme para hacer una nueva compra. Por supuesto, el tiempo entre la señal y la acción es variable. Si las circunstancias son favorables, el lapso entre una y la otra es corto. Entonces puede suceder que en la casa haya, en algunos momentos más bien excepcionales, no dos sino casi tres (2 y 3/4, digamos) paquetes de yerba. Si las circunstancias no son favorables (esto es más habitual) el lapso entre la señal y la acción puede prolongarse hasta límites peligrosos.
En esos momentos de desolación, de pie una vez más frente al estante vacío, entra en juego la segunda parte de la estrategia: la reserva de emergencia. Hay al menos dos recipientes (una yerbera de viaje, un frasco reutilizado) que esperan como tesoros escondidos, entre fideos y especias. Olvidar que existen es la mejor manera de encontrarlos cuando más los necesito.
V
Esta situación cambió hace no mucho, cuando encontré un nuevo punto de venta a menos de diez minutos a pie de casa. El negocio de la salvación está, no sólo cerca sino además, a la salida del métro, así que se adapta perfectamente a la rutina. Fue por casualidad: entré al mercado oriental de siempre, con su toldo amarillo y sus estanterías llenas de productos con nombres que tardo en pronunciar, para comprar café turco. Detrás de la caja registradora, junto a las latas de café, un envoltorio azul y rojo me llamó la atención. Tuve que mirar otra vez para estar segura: no había dudas, era yerba mate. Junto a ese había otros envoltorios similares, de otros colores y marcas. La tarjeta quedó suspendida en el aire y el pago interrumpido, mientras yo intentaba entender.
– ¿Tiene yerba mate? – le pregunté por fin al dueño, aunque los paquetes multicolores sobre la repisa respondieran por sí solos.
– Sí, sí – el hombre conservaba la sonrisa, sin impacientarse por mi tardanza.
– Pero, ¿por qué? No es un producto oriental.
– Ah, pero acá se compra mucho. Los sirios y los libaneses compran.
– ¿Los sirios y los libaneses compran yerba mate?
– Sí, les gusta mucho.
Volví a casa con el café y un paquete de yerba, no iba a dejar pasar la oportunidad. Apenas prestaba atención a los autos y a la gente alrededor, repitiendo la información que acababa de recibir. ¿En Siria y Líbano se toma mate? ¿Por qué, desde cuándo? ¿Y por qué nunca había escuchado de esto antes?
Cuando llegué a casa empecé a investigar: los primeros resultados de internet le dieron la razón al hombre del mercado. Al parecer, no es ninguna novedad, incluso encontré un artículo del New York Times sobre el tema. La costumbre del mate gustó entre los migrantes de estos países de medio oriente llegados a Latinoamérica, a lo mejor por un cierto parecido con el ritual de compartir el té. Estas personas cuando volvieron a sus países, de visita o de manera definitiva, llevaron el mate y lo compartieron con amigos y familia. Así Siria y Líbano se convirtieron en los dos países principales de importación de yerba mate.
La bebida nacional florece en tierras lejanas. ¿A qué otros países habremos exportado la tradición?
VI
Todavía me agito, a veces, cuando veo que apenas quedan migajas en el frasco. Me olvido de la existencia de este nuevo lugar; es difícil borrar la marca de tanto tiempo de restricciones. Unos segundos después, recuerdo y entonces me siento mejor. ¿Pero cuánto durará? Dentro de poco me toca mudarme, voy a perder este privilegio. Tendré que volver a la férrea previsión, a multiplicar las reservas de emergencias. Que siempre haya suficiente, en algún rincón, para el último mate.

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