Una reseña de las malas      

Foto : Montaje a partir de la portada de la novela (1)

Reseña de la novela «Las malas» , de Camila Sosa Villada

Por Marina Silberman

Creo que íbamos por la segunda o la tercera copa de vino cuando mencioné que había leído un libro llamado Las malas (Tusquets Editores, 2020), de cuya autora en ese momento no recordaba el nombre. “Camila algo…” dije mientras buscaba mentalmente el apellido, hasta que alguien al otro lado de la mesa ofreció: “Sosa Villada”. “¡Esa!” exclamé, no sin sorpresa, pues hasta entonces desconocía la popularidad de la que gozan tanto el libro como la escritora. Interpreté la respuesta como un espaldarazo para ir más lejos: “¡Me gustó un montón!”, agregué entusiasmada, comentario que a la vista de lo que vino luego resultó de una torpeza imperdonable.

La charla, que hasta ese momento había fluido con ligereza, se detuvo en seco. Miradas furtivas se entrecruzaron de un lado a otro de la mesa, algunos labios esbozaron sonrisitas cómplices. El grupo no compartía mi apreciación, eso quedaba claro. Pero en ese silencio percibí algo más, algún entendimiento tácito entre los demás que a mí se me escapaba por completo. Alguien hizo referencia a un tercero, un conocido en común que en materia literaria merece mi respeto, y quien según dijeron había detestado el libro. El grupo parecía alinearse con su apreciación, sin decirlo explícitamente acaso para no herir mis sentimientos.

No tengo aspiraciones de lectora excelsa ni mucho menos de crítica literaria y por lo general me tienen sin cuidado las diferencias de opinión. Pero este caso parecía ir más allá de la subjetividad de un criterio. Un fino velo de juicio flotaba en el aire, como si el libro funcionase como un radar de lectores mediocres y mi comentario hubiese hecho saltar todas las alarmas.

Días más tarde volví a tomar prestada la novela de la biblioteca. La releí, esta vez buscando esas flaquezas irremisibles y a todas luces evidentes que yo no había sabido identificar en un primer momento. Más que con atención, diría que la leí con bronca, con ánimo de revancha, como si en esta segunda instancia pudiera redimirme de alguna manera. Busqué y busqué y, para mi sorpresa, disfruté del texto tanto como la primera vez.

Igual a como me había sucedido meses antes, volví a conmoverme con la novela. Escrita en primera persona, la historia está contada desde el punto de vista de Camila, alter ego de la autora. A través de sus experiencias descubrimos la violencia de su infancia en un pueblo de provincia, la evolución hacia su propio travestismo, las vivencias de un grupo de trabajadoras sexuales en el Parque Sarmiento, sin que nos quede claro en dónde termina la autobiografía y en dónde comienza la ficción.

Considero la literatura como una forma de expandir los límites de nuestra experiencia, una manera de recorrer caminos que de otro modo no alcanzaríamos a vislumbrar. Para mí, Las malas fue justamente eso: la oportunidad de ver a mi país desde otro ángulo, una manera de observar el mundo desde la mirada de otro. El lenguaje cuidado, cálido y poético, le sirve de contrapunto al duro trasfondo de la trama, como si la autora nos quisiera hacer asegurar que no va a soltarnos la mano mientras nos adentra en las zonas más oscuras.

Más allá de que por supuesto un libro puede o no gustar, me siguió intrigando la rotundez del dictamen grupal. Pues si bien Las malas seguramente no va a quedar en los anales de la literatura universal, tampoco me parece un texto reprochable. Una búsqueda rápida por Google y Youtube demostró hasta qué punto el libro había llevado a su autora a un cierto nivel de estrellato, sus entrevistadores derrochaban sobre ella todo tipo de adulaciones y rutilancias. El libro, por otra parte, fue merecedor de reconocidos premios, de reediciones, de intentos de llevarlo a la pantalla.

Y es ahí en donde puedo entender un cierto recelo o escepticismo. Pues si bien se trata de una lectura más que agradable, pienso que tan desmesuradas atenciones le quedan grandes. Una cosa es haber quedado gratamente impresionada con una novela sacada de la biblioteca un poco al tuntún, y otra muy distinta es depositarla en un altar sagrado.

Me quedo entonces con mi primera impresión, aquella que, por estar virgen de opiniones ajenas, es la más honesta que yo pueda ofrecer. Eso sí: recalco, por si a alguien pudiera entrarle la duda, que cualquier similitud con los aduladores y fanáticos de Google y Youtube es pura coincidencia.

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