Mi trabajo en el Louvre

Foto de Jacques Julien

Una crónica sobre trabajo, arte y turismo

Por Flor Millanarváez

Pues, se imaginarán que la vida de los miembros de Pasajes consiste en lujo y glamour. Si piensan que discutimos cada número emborrachándonos con champagne en el café Flore, están muy lejos de la realidad. Acepto que somos medio alcohólicos y nos gusta hablar de literatura. Tenemos que pagar nuestras borracheras, la renta, el transporte, libros (que dicho sea de paso, son de lo poco barato en Francia). Hay que corretear la chuleta (o lo que sea que persigan los vegetarianos), chambear, laburar, currar, bref, trabajar. En mi caso, lo hago como guía conferencista en museos y monumentos, que, dicho en cristiano, es guía de turistas. Para guiar los tours a pie por las calles parisinas cualquiera que tenga buen inglés y conocimiento del barrio en cuestión puede hacerlo. Pero como a los franceses les mama pedir certificados para todo, pues para dar tours en museos y monumentos se necesita estar certificado por el ministerio de cultura y turismo. La certificación se prueba con la credencial de guía conferencista. Y yo la tengo. Es una barita mágica que permite dar visitas guiadas en museos y monumentos, así como entrar gratis a ellos.

Guío en varios monumentos nacionales como el palacio de Versailles y la torre Eiffel, pero el lugar donde más me gusta trabajar es en el museo de Louvre. A veces no puedo creer como este lugar tan icónico para la cultura mundial sea mi oficina. Doy tours en uno de los museos más populares del mundo. Digo popular en ambos sentidos de la palabra. Es famoso, pero también me refiero a que es populachero, para el populo pues, las masas y vaya que ahí hay visitantes en masas. Es de los museos más famosos del mundo y de los lugares obligados que visitar en París para los que aman la cultura. Y también para los que no. Vemos las hordas de visitantes que pagan el boleto completo (22€ los adultos) para tomarse selfies con la Victoria de Samotracia. Hay gente que lista en su cita de lugares a conocer Galeries Lafayette en la misma prioridad que el museo del Louvre.

Pero no se asuste, querido lector. No todo es turismo de instagrameros. La mayoría de mis turistas es gente que quiere acercarse a la cultura, o reconciliarse con ella. Tengo clientes que visitaron el Louvre hace cincuenta años, antes de que se descubriera la fortaleza medieval con la que empiezo la visita. Hay familias con adolescentes con cara de culo, pero también varias con niños curiosos que en verdad quieren aprender. Me hace el día cuando los chavitos son fanáticos de la mitología clásica y reconocen a los dioses romanos antes de que empiece a explicar las esculturas. Otras veces tengo clientes griegos que me comparten datos curiosos y que me explican como pronunciar Milos.

Mi trabajo consiste en ser un pasaje entre las obras de arte y los visitantes para brindarles una experiencia más agradable (y que no pierdan tiempo buscando las piezas en el mapa). El museo del Louvre nunca se acaba, siempre se puede aprender algo nuevo. No sólo hablo de los turistas, también hablo de mí. Para transmitir cultura, primero hay que adquirirla. No he dejado de aprender desde que preparé el primer tour. Además, si un día no puedo guiar una pintura porque está infestada de turistas, les muestro otra, o de plano cambio de sala. Son más de 35000 piezas, no me voy a quedar sin material.

Las únicas piezas que son indispensables en mi tour, son mis favoritas: El naufragio de la medusa, donde, si por mí fuera, me pasaría una hora hablando de la historia de la pintura y de la censura que sufrió Géricault; y El beso de Eros y Psique, de Antonio Canova. Cuando las vean, también van a ser de sus favoritas.

Así como hay gente que es neófita en los museos, también tengo clientes muy cultos: historiadores del arte, arquitectos, historiadores. Eso obliga al guía subir el nivel del tour y casi siempre están contentos con la visita. También tengo gente creída y arrogante que cree que lo sabe todo. Si usted ya lo sabe todo, no tome un tour. Usted no lo necesita. Uno puede ser culto, sin ser mamón. Yo todavía no lo logro, pero estoy en proceso. Otro guía me dijo que el peor defecto de los turistas es la ignorancia. No estoy de acuerdo. El peor es la arrogancia. Digo, también pueden venir juntos. Ser guía no consiste en soltar datos históricos por dos horas. Mi trabajo es despertar la curiosidad del cliente. La ignorancia se puede quitar. La arrogancia está más difícil de erradicar.

Bueno, querido lector. Ya tengo que cerrar este intento de crónica porque me voy a brindar con los otros miembros de Pasajes, pero no sin antes compartir una anécdota: Una tarde, al finalizar un tour en la Grande galerie, veo una señora que me merodeaba. Me grita: “Hey, tú hablas español, eres guía”. Con esa entonación que bascula entre pregunta y afirmación. Cuando afirmo con la cabeza me dice, claramente en tono imperativo: “Dime dónde está la anaconda.” No entendí si buscaba una pintura o una escultura con una serpiente como de Hércules o Apolo. Me cuenta que le dijeron que “lanaconda” estaba en este museo.

Reflexiono unos segundos para descifrar que me preguntaba. Tengo un segundo de lucidez:

– ¿Se refiere acaso a la Gioconda?
– Sí, eso. ¿Dónde está?

Los otros guías se atacaron de la risa cuando les conté. Uno me reclamó no haberla grabado
para subirla a Tiktok. Pero no, no soy tan mala como para humillar a alguien mediáticamente.

Además no tengo Tiktok.

Tengo Word.

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