El último

Foto : Magalí Sequera

Un relato de Magalí Sequera

Por supuesto que pensó en el relato de Ramón Ribeyro. Lo leyó hace años, muchos años y le quedó más bien la sensación de un ambiente. No recuerda los relatos con precisión, ni siquiera ese tan famoso. Es más, quiso volver a leerlo, como para buscar ahí alguna recomendación, algo que le fuera a ayudar, un aliento. Pero hasta ahora no lo hizo, considerando que cada uno tiene su propia experiencia del tema. Porque al final, ¿de qué tanto sirve leer al respecto?

Pero el pensamiento aflora constantemente, todos los días y en un mismo día, tantas veces que ya se vuelve obsesivo. Cada día es un: “Hoy, sí. Hoy es un buen momento”, e incluso: “Mañana sí, mañana no hay duda, lo hago”. Y al día siguiente, frente al sintagma “lo hago”, admite la necesidad, otra vez, una vez más, de tener que usar la negación y el pretérito. Una vez más no lo hizo, una vez más no pudo, se dejó llevar por el runrún cotidiano, algo la distrajo a la mañana y después no tuvo el valor ni la paciencia para tomar la decisión. Una vez más quedó para mañana o en unos días o tal fecha.

Así, puede pasar mucho tiempo. Todavía no pasó tanto, pero resulta que cumple años en breve y entonces este tipo de decisiones se vuelven más apremiantes. Siente que el “hoy sí” no puede quedar relegado siempre al ayer, a esos ayeres que pasaron ineluctablemente al plural.

Aunque le parece mentira, alguna vez pudo hacerlo, lo logró. Hacía tiempo que lo venía pensando, tenía todo lo necesario para hacerlo, para tomar la decisión, pero no lo hacía y así pasaron varios meses. De vez en cuando abría el cajón y ahí estaba lo que se suponía la podía ayudar. Y cada vez cerraba el cajón sin haber tocado o sacado nada, todo seguía en su mismo lugar, nada se había movido. Y ella se llevaba un sentimiento de culpa evidente, aunque esto no cambiara la situación. ¿Qué hacer con esa culpa? Nada, con la culpa no se hace gran cosa sino rumiarla. Entonces era eso, rumiaba la culpa y seguía sin hacer nada, lo cual empeoraba todo: el sentir culpa y el no hacer nada.

Sin embargo, un día fue cuestión de una llamada y se lanzó. Lo hizo y hasta ella se sorprendió de haber sido capaz de hacerlo, así no más, con solo haber escuchado “ahora”. El primer mes hubo momentos difíciles, sobre todo a la noche. A las tres de la mañana, cuando todavía no lograba dormirse, se sentía capaz de salir y dar tres vueltas a toda la ciudad. Nunca lo hizo, no, le parecía que no era razonable, ¿con quién se podía cruzar a esa hora?, seguramente con nadie muy recomendable. Entonces se aguantó, pasó muchas noches esperando que llegara el momento de sentirse más relajada y sentir, al fin, cómo el cansancio se iba apoderando de su cuerpo hasta quedarse dormida, profundamente. En el día también tuvo esos momentos de ansias, pero los podía hacer pasar moviéndose, haciendo todo lo que no le había dado tiempo hacer durante el año: limpiar tal cosa inaccesible, ponerse a coser, lo que fuera, con tal de tener las manos ocupadas y la mente un poco también. Y así pasaron varios meses de haberlo logrado, de sentirse muy orgullosa por ello, hasta de no poder creerlo. Se sintió como leve, una liviandad inesperada y agradable. Pensó en todo lo que podía hacer sin eso, en cómo había podido hacer hasta ahora con eso, de qué manera eso la caracterizaba como si fuera intrínseco. Le pareció que de alguna manera se trataba de una nueva era y esto le gustaba mucho.

Pero un día, por un sí, por un no, por no sabe muy bien qué razón –si es que hubiese una, o una sola– cayó. Primero fue uno, luego fueron dos, tres y rápidamente lo de siempre. Volvió a caer y enseguida pensó entonces en ese relato de Ramón Ribeyro que tanto le había gustado cuando lo leyó, aunque no lo recordara ahora, aunque solo fueran pinceladas de lo que ahí ocurría. Y enseguida pensó: realmente lo tengo que volver a leer.

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