
Por Rodrigo Yllaric
1/
El latín nos legó una bella ambigüedad tras el verbo “errar”.
Aunque su uso ya no sea el más frecuente, el español y el francés, al menos, la comparten. Erramos cuando andamos de un lugar al otro, con el espíritu libre de algunos vagabundos y la temporalidad revolucionaria de quien no acude a ningún mandado; erramos entre callejones, en las librerías, al caminar sin prisa al lado del mar. También erramos, si bien de forma distinta, cuando fallamos algo. En este caso, errar puede ser equivocar las medidas de un mueble o perder la parada del autobús.
Las dos caras de este verbo anfibio se encuentran en el pasaje metafórico del cuerpo a las ideas (nunca al revés). Errar el blanco es, pues, como marchar sin rumbo; fallar un argumento, como andar por una ruta que no lleva a ninguna parte. Los verbos “vagar” y “divagar” dan cuenta de la misma analogía.
Quizás la diferencia consista en que un caso es voluntario y el otro no. Que uno yerra con gusto por la playa, mientras que errar las ideas políticas, al ser más costoso, no es deseable. Pero, aunque haya algo de la marcha vacilante detrás del errar metafórico, los aciertos también suelen estar precedidos por ese vagabundeo. De allí que errar sea necesario.
2/
Cesar Acuña es un político y empresario millonario peruano. Analfabeto funcional y plagiario compulsivo[1], pero también dueño del consorcio educativo más importante del Perú, su incapacidad para articular una oración completa llevó a muchos a interrogarse por la autenticidad de la tesis doctoral que presentó a la Universidad Complutense de Madrid. Ante la amenaza de anulación de su título por las evidencias del plagio[2], Acuña contrató al abogado de Lionel Messi, interpuso un recurso ante la Comunidad de Madrid y logró conservar con leguleyadas el grado obtenido criminalmente[3]. En el camino, difamó, demandó y acosó legalmente al periodista que lo investigaba.
Mario Vargas Llosa habría podido hacerlo figurar en una de sus novelas. Un empresario y político plagiario que dirige la universidad con más alumnos del Perú es un digno villano vargasllosiano. Uno de esos adefesios que suele parir el núcleo irónico del mundo y que gozamos culposamente al verlos representados en las buenas novelas.
En lugar de eso, tras el compromiso de pago de una contribución anual, el escritor y su hijo aceptaron recibir al monstruo que persigue periodistas como miembro de su Fundación Internacional para la Libertad. Hay una foto conmemorando el hecho[4].

Vargas Llosa, al menos, no sonríe.
3/
Margaret Thatcher, Jair Bolsonaro, Juan Manuel Kast, Keiko Fujimori… una pléyade pero de villanos que gozaron, todos, del respaldo de Vargas Llosa.
Las intervenciones políticas del escritor nos llegaban a muchos como un soplo de viento helado colándose por una rendija de la puerta que clausuró la Guerra Fría. ¿Cómo hacía para creer que, bien comenzado el siglo 21, la amenaza global era la breve “marea rosa” y no la internacional reaccionaria que, con Trump, Milei, Orban, Bukele, Meloni, Putin y Netanyahu cierra cada vez más el círculo y aprieta, ahogando, las libertades individuales que tan queridas le eran al escritor?
En uno de sus últimos cuentos, Los vientos, el protagonista es un viejo con alzheimer y literalmente pedorro que cuestiona un mundo distópico en el que las librerías, los cines y las facultades de filosofía han dejado de existir; las galerías y los museos están al borde de la desaparición y las novelas son todas escritas por la inteligencia artificial on demand. El mundo que allí describe, quizás porque lo hizo mirando hacia el futuro desde finales de 2020, es una sociedad donde un autoritarismo light ha remplazado la libertad por el entretenimiento:
«El ‘franquismo’ actual es de otra índole: sin caudillos ni partidos extremistas, sin fusilamientos ni torturas, todo muy científico, apoyado en la física y las matemáticas, y, sobre todo, en el dominio absoluto de las pantallas y las imágenes sobre la razón y las ideas.»[5]
Es curioso, por decir lo menos, puesto que lo que avanza contra museos y librerías son las políticas de austeridad de la derecha. Y quienes han puesto en jaque a librerías, cines y editoriales son las transnacionales tecnológicas (Amazon, Netflix, Apple…) que, de la mano de la internacional reaccionaria a la que Vargas Llosa apoyaba, gozan hoy de excelente salud.
4/
En su columna conmemorativa, Javier Cercas ha lanzado una granada. Dice que el escritor colombiano Héctor Abad se animó a preguntarle a Vargas Llosa si no creía que se había acercado demasiado a la derecha debido a su conflicto de antaño con Cuba. La clave está en el demasiado, es claro, pero también en la causa lejana, setentera. “Puede ser”, dice que le respondió el nobel[6].
“Errare humanum est”, nos decía mi abuelo de educación básica incompleta, y añadía siempre, aguantándose una carcajada: “dijo el pato bajándose de la gallina”.
5/
La ventaja es que el analista político no le llega a los tobillos al escritor. Sus ideas son fáciles de refutar, como lo demuestran ahora los artículos repetitivos sobre las patinadas del ensayista (la confianza en los millonarios y la desconfianza en el voto popular, la terca celebración de la tauromaquia, el temor ante el feminismo o la desaprobación del uso del velo en lugares públicos, por citar algunas). Una vez muerto, esos argumentos se empolvarán, pasarán al álbum de las banalidades.
No será así con su obra literaria.
Permítaseme dividir groseramente al público de Vargas Llosa en dos: aquellos que disfrutan sus novelas, pero no soportan su política, y aquellos que gozaban con sus intervenciones políticas, pero no podrían leer una de sus novelas sin sentir comezón. Estos últimos son los mismos reaccionarios que, cuando el escritor postulaba a la presidencia del Perú, divulgaron Elogio de la madrastra como si de denunciarla por pervertida se tratara[7]. ¿Se imaginan, entonces, a Fujimori viéndose reflejada en Rafael Trujillo? ¿A Bukele en Cayo Mierda? (O, ya que estamos, ¿a César Acuña leyendo un párrafo de corrido?).
Prefiero estar en el primer grupo. A nosotros nos quedan las novelas para siempre, a ellos solo el recuerdo de un centenar de opiniones coyunturales que, dichas por cualquier otra boca, se ahogarán en el océano de las irrelevancias.
6/
En Le dedico mi silencio, Vargas Llosa dice a través de Toño Azpilcueta que el concepto peruano de “huachafería” es “una de las contribuciones del Perú a la experiencia universal”. Arrancan allí, no sin ironía, unas páginas ricas en ejemplos de todos los dominios (que nos recuerdan, de paso, a la clasificación de la mariconería entre poetas de Los detectives salvajes[8]). Vargas Llosa añade:
«La huachafería puede ser genial, pero rara vez resulta inteligente; es intuitiva, verbosa, formalista, melódica, imaginativa y, por encima de todo, sensiblera.»[9]
Si hay algo que nos ha garantizado la muerte de Vargas Llosa es una andanada de columnas, artículos, titulares, programas de radio y televisión, declaraciones políticas, posts y tuits huachafos.
El periódico más antiguo del Perú, por ejemplo, anunció así su muerte en portada: “Mario Vargas Llosa, peruano universal y eterno”.

Dudo que la huachafería haya sido intencional, pero acabó siendo parte del homenaje, sin querer queriendo, como decía el Chavo. No obstante, lo de “universal” probablemente le habría gustado, y mucho, por todo lo que abogó a favor de la universalidad (entendida como el racionalismo ilustrado europeo), ya sea política como económica y literaria.
Ironía sabrosa que deja traslucir verdades, el diario francés Libération escogió otro titular (también huachafo, por cierto): “Mario Vargas Llosa. Dernier El Dorado”.

“El Dorado”.
Premio nobel de literatura, miembro de la Academia Francesa, ganador de cuanto honor literario existe en Europa, defensor acérrimo de occidente y su “universalidad”. Poco importa. El chiste que escogieron en aquel periódico liberal-progresista para celebrar la vida del escritor hace referencia a su origen marginal con un tópico colonial. El subtítulo precisa, claro, que el hombre fue más que un estereotipo, un “monumento de las letras sudamericanas”. Pero ¿qué diablos son las letras sudamericanas y en qué momento nuestra literatura trazó en Panamá una frontera que nuestra lengua no establece?
7/
Con su muerte aparecerán las viudas: los portavoces de ultratumba, los amigos del armario, los periodistas de redes sociales con sus anecdotarios insoportables.
— ¡Yo lo conocí! ¡Le di la mano al salir del cine!
—¡Y yo estuve al lado cuando visitó por última vez el portón tapiado de La Catedral!
—Eso no es nada. A mí una vez me escuchó recitar un poema.
—¿Y qué? Yo hace un tiempo le escribí un mail para agradecerle por seguir publicando. ¡Y me respondió! Por eso puedo decir que, ahora, él diría…
Me temo que, de todos, los peores serán sus herederos. El séquito de nietos que aparecerá en la vida pública hispanohablante dentro de algunos años. Esos que llevarán su apellido y no sabremos si es el talento, el capital simbólico o el económico el que los habrá puesto en aquellos lugares (universidades, museos, periódicos, editoriales, ministerios) que ya sabemos de qué pie cojean.
8/
Dos animales, uno mítico y el otro real.
Para Vargas Llosa la literatura era como una solitaria. Un parásito que se instala al interior de la persona que escribe, una actividad prioritaria hasta el punto de hacerse excluyente, “una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos”[10].
Y la persona que escribe, nos dice, es como un catoblepas, el animal fantástico que devora su propio cuerpo, puesto que la “raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa. Lo vivido es la fuente que irriga las ficciones”[11].
De aquí se sigue una aporía: si la escritura es aquella vocación absoluta, la tenia para la que se vive, ¿qué importan entonces las actividades paralelas del escritor? Y, sin embargo, la vida de quien escribe es el alimento de toda ficción: ¿cómo podrían no importar las actividades que le ocupan? ¿Qué hacer, pues, de la vida exagerada de Mario Vargas?
9/
Hoy que el mundo parece hundirnos hasta las rodillas en la mierda, vemos que las y los artistas que se posicionan y utilizan el escenario del que gozan para acusar a los culpables no son mayoría. Uno de los aspectos de la vida pública de Vargas Llosa que cabría celebrarle, en cambio, es ese. El hecho de exponerse constantemente, el deseo de influir, generalmente con argumentos, en el debate público. Supongo que sintió la necesidad de errar. De reclamar cuando creía que hacía falta, de exponer abiertamente sus razones, de insistir tercamente en lo que para él eran convicciones.
Ello no implica, debería estar claro, compartir sus opiniones. Ni siquiera supone perdonarle algunos actos. A la gran mayoría de peruanos, por ejemplo, nos será imposible pasar por alto que aceptara en 2023 la condecoración de la presidenta fantoche y criminal, Dina Boluarte, después del asesinato de casi 50 manifestantes.
Ahora que Vargas Llosa está muerto, sin embargo, ya no hará falta salir a criticarle toda opinión desfasada, cada mal paso, como dice el vals peruano. De vez en cuando aparecerá, es seguro, algún idiota que comenzará un argumento político diciendo “según Vargas Llosa…”. Funcionará como lo que es: una alerta, un repelente, una red flag. Sabremos que lo que sigue estará, a diferencia de la literatura del escritor arequipeño, destinado al olvido.

[1] Ver: Acosta, Christopher. Plata como cancha. Secretos, impunidad y fortuna de César Acuña. Lima: Aguilar, 2021.
[2] https://elcomercio.pe/politica/elecciones/cesar-acuna-tesis-doctoral-presento-llena-plagios-391626-noticia/
[3] https://andina.pe/agencia/noticia-no-anularan-tesis-doctoral-cesar-acuna-universidad-madrid-672131.aspx
[4] https://gestion.pe/peru/politica/cesar-acuna-fue-incorporado-a-la-fundacion-internacional-para-la-libertad-que-preside-mario-vargas-llosa-noticia/
[5] https://letraslibres.com/ficcion/los-vientos/
[6] https://elpais.com/cultura/2025-04-14/vargas-llosa-un-cruce-entre-gustave-flaubert-y-victor-hugo.html
[7] Ver: El pez en el agua, Barcelona: Seix Barral, 1993.
[8] Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes, Barcelona: Anagrama, 2000.
[9] Le dedico mi silencio, Barcelona: Alfaguara, 2023, p. 208.
[10] Cartas a un joven novelista, Barcelona: Debolsillo, 2015 [1997], p. 19
[11] Ibid., p. 23.

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