Pedro Lemebel: 10 años de ciudad sin ti

Por Rodrigo Yllaric

Este año se cumplió una década desde el fallecimiento del escritor y performer chileno Pedro Lemebel. Con el fin de recordar y difundir su obra, aún poco conocida más allá de las fronteras del país austral, las universidades Sorbonne (Paris-IV) y Sorbonne-Nouvelle (Paris-III), junto al fanzine Sabrosón, han lanzado una convocatoria de crónicas urbanas, abierta hasta el 15 de julio. En este ensayo, uno de sus organizadores cuenta quién fue Lemebel y cómo una memoria “resentida” configuró su escritura auténtica.


Llegué a la escritura sin quererlo, iba para otro lado, quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso. Pero la lengua se me enrosco de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos.

Pedro Lemebel, “A modo de sinopsis”[1]

Bienaventurados aquellos que se conservan vírgenes de lemebelismo. Dichosos los cuerpos que no han sentido todavía el temblor churrigueresco con el que sacuden las crónicas de Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015).

A esa “jungla de ruidos” que cita el epígrafe, Lemebel la llamó también “cancionero memorial”. En efecto, Lemebel escribió principalmente desde la memoria, en el contexto –a su parecer, amnésico– de la transición chilena hacia la democracia. Y asumió su escritura como una batalla. Su estilo boscoso, nutrido de oralidad, y sus recuerdos incisivos configuraron una práctica literaria única, fortalecida por un terco compromiso vital. A caballo entre la radio y el periódico, Lemebel dio a luz a numerosas crónicas que llevaron a Roberto Bolaño a nombrarlo, en la tierra de Neruda, Parra y Zurita, “el mejor poeta de [su] generación, aunque no escriba poesía”[2].

Fotografía: El Mostrador

Un interés primario marcó su literatura: la confrontación con la historia oficial chilena. Tanto a través de la recuperación de sus personajes marginados (sexual, económica, política y culturalmente), como por el desenmascaramiento de los protagonistas que escondieron en el armario el viejo uniforme militar. Por eso, en 2014, un año antes de su muerte, las calles lucían pintas reclamándolo para el premio nacional de literatura (que se lo ganó Antonio Skármeta), y por eso también más de una voz del establishment político-cultural lo acusó de “resentido”, un ensayo de injuria al que Lemebel respondió, como a tantos otros, apropiándoselo. “¿Rabia social, odio envejecido?”, le preguntan en 1997 Fernando Blanco y Juan Gelpi para la revista Nómada (Puerto Rico). “Ponle resentimiento, no me asustan los recuerdos”, respondió Lemebel. Y en 2011, a Guido Carelli de la revista Ñ (Argentina), le decía:

por supuesto que soy resentido (…). Yo no tengo nada que ver con esos escritores frente al mar en una casa en Malibú vestido de lino blanco (…), escribo con el pálpito urbano (…) con esos desajustes y esos reacomodos del alma prófuga urbana frente a los mecanismos intolerantes del neoliberalismo y del poder (…). Porque me creo la guerrillera suicida, ¿no?

Para Lemebel, el resentimiento es, además de memoria, resistencia. Así lo decía para la misma revista un año más tarde: “Ser tan roja, tan marica, tan pegada, tan resentida que fundo un territorio arcaico donde no puedan alcanzarme con su beneficencia ortopédica de igualdad social. ¡Puaj!”.

Habría que ser tonto como un ministro de Sebastián Piñera para no notarlo (ver la crónica “El ministro Piñerarte”[3]), pues Lemebel ya hacía de la diferencia y del insulto su “territorio arcaico” en la época del poema que lo abrió a un público más amplio en Chile en 1986, “Manifiesto (Hablo por mi diferencia)”:


(…)
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
(…)
[4]

            La obra de Lemebel se sitúa entre los años de transición y “postdictadura” –como él llamaba a las décadas de la nueva democracia, sin ocultar su desencanto–. Su colectivo de performance, LasYeguas del Apocalipsis, estuvo activo de 1987 a 1993, y sus crónicas aparecieron en periódicos o fueron leídas por él mismo en la radio entre 1990 y 2010. Situémonos: el famoso referéndum del “No” a Pinochet se celebró en 1988, y entre 1990 y 2010 se vivieron 20 años de gobierno de la Concertación (coalición de centroizquierda). Cuando el gobierno de Piñera se instalaba (el primero de derecha desde la vuelta a la democracia), Lemebel llevaba dos décadas criticando la renuncia de la democracia a hacerle justicia al proyecto que encabezó Salvador Allende y que Augusto Pinochet interrumpiera por la fuerza en 1973:

El radiante amanecer democrático que llegó cargado de promesas para el Chile joven, y que luego, al correr los años neoliberales, el “tanto tienes, tanto vales” de su oratoria, fue nublando el sol pendejo de la recién encielada libertad. (…) [Los] nuevos tiempos encallaron en los amarres constitucionales del blindado ayer. La justicia fue un largo show televisivo (…).[5]

No olvidemos que Lemebel escribe desde el mismo país que inventó, para suplir sus carencias en salud y justicia, la Teletón (“esa odiosa teleserie de minusválidos gateando para que la Coca-Cola les tire unas sillas de ruedas”[6]), el país que dejó a Pinochet como comandante en jefe del ejército hasta 1998 (como senador “vitalicio” hasta 2002). Por ello, en lugar de democracia, Lemebel hablará de “demosgracia”. Desilusión, desencanto, farsa: Lemebel alza un canto que agua la fiesta (o levanta el velo) de la resucitada democracia chilena y del contemporáneo neoliberalismo, del que Chile fue el laboratorio global.

¿Por qué la crónica? Lemebel comenzó haciendo, además de performance, cuentos. Pero fue en la crónica donde encontró su voz y temática, algo que se ve incluso en su incursión breve en la novela, con Tengo miedo torero (2001). Cuando en la misma entrevista de 1997 le preguntaron el porqué, no se ahorró las críticas a sus pares:

Tal vez fue la crónica el gesto escritural que adopté porque no tenía la hipocresía ficcional de la literatura que se estaba haciendo en ese momento. Esa inventiva narrativa operaba en algunos casos como borrón y cuenta nueva. Especialmente en los escritores del neoliberalismo. Ese mercado, esa foto familiar de la cursilería novelada. El Chile novelado por el whiskey y la Coca del status triunfalista. Un país descabezado, sin memoria, expuesto para la contemplación del rating económico.       

No se le malinterprete. Sus objeciones no caen en la banalidad de creer que todo trabajo ficcional es fútil. Lemebel percibía que un tipo de ficción funcionaba como escapatoria de la memoria y folletín complaciente con el régimen. Como si una autocensura, en la forma de olvido (in)voluntario, operara en la narrativa chilena de los años noventa. Y desandando ese camino se encontró con la crónica, uno de los registros más orales de la escritura, quizás buscando “que la cicatriz de la letra impresa en la memoria pueda abrirse en una boca escrita para revertir la mordaza impuesta”[7]. Al silencio, Lemebel opone una escritura que se le impuso desde la violencia urbana (“Pude haber escrito como la gente […] [p]ero la urbe me hizo mal, la calle me maltrató”[8]), una violencia evidentemente determinada por la historia reciente y la reacción presente de Chile.

El “resentimiento” del que Lemebel se apropió tenía que ver con una práctica de la memoria, con una resistencia ante la amnesia y ante la renuncia a favor de la impunidad. Su rol coincide en parte, curiosamente, con lo que cree percibir entre los jóvenes que forman las barras bravas, “un excedente humano que altera la risa cínica del Chile triunfador”[9]: Lemebel fue capaz de entrever y reclamar por “la memoria estropeada del país”[10], de una forma que hereda estéticas tan diversas como las figuras hemorrágicas del bolero, el chispazo de la joda travesti o la melancolía de las peluquerías de barrio.

Por eso, con justicia y sin temor a la cursilería, tras su muerte se llenaron la nube y los diarios de reseñas que recuperaban el título de una de sus crónicas más tiernas, “La ciudad sin ti”[11], donde se encuentran memoria, utopía social y disidencia sexual (“Y no hablo de meterlo y sacarlo / Y sacarlo y meterlo solamente / Hablo de ternura compañero”[12]). Donde se muestra un Lemebel, quizás desarmado, de una rabia más activa que declarativa, que se esmeraba en “bordar de pájaros / las banderas de la patria libre”[13]. El título de aquella crónica hace referencia a una canción, “Ciudad solitaria”, cover de un tema de la italiana Mina (Città vuota) que en español se hizo célebre en la voz de Luis Aguilé:

            Como Lemebel al pensar en su revolucionario amigo juvenil, nosotros cantamos hoy por él esa “música tonta, (…) la más vulgar canción, de esas que escuchan las tías solas”[14]. Y proyectado el mismo sentimiento, a Lemebel le decimos “la canto sin voz, sólo para ti, y camino trizando los charcos del parque”[15].


            Nota: Por disputas de derecho, hoy no hay casi reediciones de sus textos y las impresiones antiguas están casi todas agotadas. La mayoría puede encontrarse, sin embargo, en Anna’s Archive (annas-archive.org). No se preocupen, contamos con su venia. Como decía Lemebel: “si pueden compren el libro, si no, lo roban”[16].


[1] Pedro Lemebel, Serenata cafiola, Santiago: Seix Barral, 2008, p. 7.

[2] Roberto Bolaño, “El pasillo sin salida aparente”, Ajoblanco (116), 1999.

[3] Publicada en Pedro Lemebel, Háblame de amores, Santiago: Seix Barral, 2012, pp. 118-119.

[4] Publicado en Pedro Lemebel, Loco afán. Crónicas de sidario, Santiago de Chile: LOM, 1996, pp. 88.

[5] Loco Afán. Crónicas de sidario, op.cit., p. 171.

[6] Pedro Lemebel, De perlas y cicatrices, Santiago: LOM, 1998, p. 50.

[7] Pedro Lemebel, Adiós mariquita linda, Santiago: Seix Barral, 2014 [2004], p. 58.

[8] Serenata cafiola, op.cit., p. 7.

[9] Pedro Lemebel, Zanjón de la Aguada, Santiago: Seix Barral, 2003, p. 39.

[10] Ibid.

[11] Serenata cafiola, op.cit., pp. 22-23.

[12] Loco afán. Crónicas de sidario, op.cit., p. 86.

[13] Ibid., p. 85.

[14] Serenata cafiola, op. cit.,p. 22.

[15] Ibid., p. 23.

[16] “Pedro Lemebel encendió la primera polémica en la Feria del Libro de Guadalajara”, La Tercera, 30/XI/2012. Disponible en: https://www.latercera.com/diario-impreso/pedro-lemebel-encendio-la-primera-polemica-en-la-feria-del-libro-de-guadalajara/

Fotografía: Álvaro Hoppe. Pedro Lemebel, años 80.

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