
Un cuento de Borja Rivero
Desde aquí no se escucha el sonido del mar, pero hay azul, un azul intenso que hiede a hierro, un azul de Prusia que me deja un regusto seco en las encías. A veces, si despierto y estoy inquieto, si tengo miedo y tus brazos no bastan, a veces introduzco la punta de mis dedos en ese polvillo suave que va acumulándose a nuestro alrededor y luego me los llevo a la boca. Creo que mis labios son ya casi púrpuras, pero no quedan espejos para comprobarlo, los rompimos cuando el aire se esponjó con el color de esas bombas bien cebadas.
–Es demasiado tarde.
–Pero estamos juntos.
–Sí, estamos juntos.
Ahora todo es azul, todo se apaga bajo la lluvia de polvo, un polvo más fino que el talco, más fino que esos pigmentos tamizados que los antiguos usaron para pintar las paredes de sus casas y los frescos de sus templos. Tú también quisiste pintar para mí algo de otro color, pero los tonos se corroen en esta atmósfera sin huida.
Sellamos las rendijas de las ventanas y de las puertas, pero no ha servido de nada. Las bombas crearon nubes de arena sobre nosotros, y ese polvo venenoso parece capaz de infiltrarse en cualquier lugar, como si los muros y techos fueran porosos y se colara lentamente entre las partículas que los componen.
Así que limpiamos la cama otra vez, nos lavamos, nos acostamos, nos abrazamos fuerte, muy fuerte, porque en el final siempre se debe abrazar como si fueran a pasar 40 años seguidos.
–En la cultura hindú pintaban a sus dioses de azul. ¿Lo sabías?
–¿Crees que somos dioses ahora?
–Quizás dentro de muchos años, cuando alguien juegue a la arqueología y desentierre este edificio con tantos apartamentos llenos de gente solitaria, cuando nos encuentren a nosotros, azules y abrazados, quizás piensen que todo fue un extraño ritual funerario, que el pigmento nos acercaba a la eternidad.
Y nos dormimos. Despertamos con pesadillas amarillo cromo, con ruidos de tambores en la piel. Nos buscamos más, nos abrazamos más. No podíamos ver, pero mis manos te necesitaron, te reconocieron, encontraron consuelo en los rasgos de tu cara. Cuando ya no pudimos aguantar otro rato despiertos, pellizcamos un poco de azul para provocarnos la inconsciencia, para traer la calma.
–¿Sabes qué?
–¿Qué?
–Creo que puedo oír el mar.
–¿Sí?
–Sí. Es como si llegara a los pies del edificio. Viene y va. Viene y va.
–Creo que también lo escucho.


Debe estar conectado para enviar un comentario.