
Foto : Marco Huarancca
Una reseña de Poeta en Roma, el libro que reúne los diez poemarios de Jorge Eduardo Eielson.
Por Marco Huarancca
Quizá pecaré de cholita aguantada, como se les llamaba a las fans de Servando y Florentino, aquellos salseros que llenaban estadios y sobre todo la gran escena de la Feria del Hogar de Lima. Recuerdo así los primeros amores, embobada por chicos mucho más grandes que yo, como aquel profesor de Literatura que me hizo leer a Eielson. En un inicio fue por obligación, pero llegué a apreciarlo al punto de necesitar leerlo algunas noches, buscar sus versos durante las vacaciones y terminar imaginando su voz hilándose en las cortinas de mi cuarto, creyendo que el poeta no se encontraba tan lejos. Así dejé a los salseros y a los profesores por un poeta que, encima de escribir versos trepidantes, también pintaba. Cuando terminé la escuela, supe que sus restos se hallaban en una isla italiana.
Para mi suerte, o no, leí que Eielson había pasado sus últimos días con otro hombre, pero hablar de la homosexualidad del poeta es adentrarse en un terreno de recuerdos de clóset, entredichos velados y otros miedos, quizá torpes pero justificados, de otra época.
Décadas más tarde, yo exiliada en Francia, casada y de vacaciones en el país que acogió a Eielson, me era imposible no anticipar aquel viaje sin Poeta en Roma (publicado por Visor y editado por Martha L. Canfield). Al planificar esas vacaciones, sentí el deber de acercarme a mi poeta-amor-platónico de adolescencia. No llegaría a su tumba, para ello debía de cruzar el mar, y sólo me contenté con llevar a pasear el libro dentro de mi bolsa estampada de gatitos, entre galerías y calles empolvadas.
El libro reúne los diez poemarios que Eielson escribió en la capital italiana. Es poesía, sí, pero también es su propio testimonio, se lee al artista plástico, se leen cantos de ave nocturna, todo bajo un gesto místico. Hablo desde mi perspectiva enamorada, del recuerdo que tengo de sus poemas oscilando entre un busto romano y un hombre que toma el autobús con la cabeza llena de versos y el bolsillo hueco.
En el primer poemario, Habitación en Roma (1952), no hay nostalgia por los orígenes o la patria, sino resignación: Roma nunca será un hogar, pero servirá de máscara. El yo-poético camina por las ruinas de la ciudad y con ojos de un forastero que ya no espera nada. Hay belleza, sí, pero sepultada bajo la modernidad y la Coca-Cola bien helada. En el poema “Azul ultramar”, el yo-poético le reza al Mediterráneo como si fuera un dios sin memoria, pidiéndole que devuelva a Roma su esplendor. Pero él sabe que ese esplendor está enterrado. Lo que queda es un McDonald’s al pie del Coliseo y el eco de un pasado que ya no responde.
Sin embargo, Roma no es el verdadero objeto del poemario, sino el cuerpo del yo-poético. Su piel cálida roza un tembloroso exterior, sus vellos se acoplan a los guantes que él se quita, y el sombrero lo lleva puesto como si fuera un membrete de clase. En “Vía Veneto”, la voz se pregunta si de verdad tiene manos o sólo guantes, si tiene cabeza o sólo sombrero. Esa duda es una pregunta metafísica: ¿en qué momento el individuo se convierte en un cuerpo funcional, domesticado por la ciudad, por el dinero, por la rutina?
Algunas páginas más adelante, en Noche oscura del cuerpo (1955), poemario que hace referencia al poeta español San Juan de la Cruz, se abre la puerta a una serie de poemas-cuerpo: cuerpo secreto, cuerpo melancólico, cuerpo vestido. Se lee un cuerpo extendido como un mapa sin bordes, invitando a ser tocado y al erotismo.
Mutatis mutandis (1954) y Naturaleza muerta (1958) corresponden a la voz del Eielson escultor y pintor: sus versos toman cuerpo, otros se tiñen de color y son ejecutados como pinceladas en óleo. En el primer poema de Mutatis mutandis hay una máquina purísima que “no sirve para nada”, como cualquier arte digno y sin destino claro, ¿pero acaso hace falta tener uno? También hay versos en Naturaleza muerta que parecen haikus: “La tierra es redonda / y azul como una naranja”. El yo-poético invita a mirar el mundo bajo otra perspectiva, a intentar proyectarse en un mundo colorido pero estático, como se debe habitar un cuadro dentro de un museo, o un bonsái.
A un día para tomar el vuelo de regreso, fui a caminar y comprar recuerditos para las amistades. Cerca de la plaza Navona se me dio por mirar los techos de las casas color sepia. Vi en esa tierra cocida y elevada una resistencia al vaivén de los turistas y los pisotones del consumismo. Ahí, bajo nubes perdidas en el telar veraniego, quizá Eielson vio la extensión de su propio cuerpo, y escuchó los espasmos de la Roma que él añoró por décadas. Pero el tiempo en las piletas de Roma es denso, y sus visitantes son nudos que se arman y desatan según la temporada del año. Pienso, y con recelo, que aquella ciudad nunca llegó a ser su hogar.
Por otro lado, dejando de lado la poesía por unos instantes, Eielson trabajó y creó quipus, esas esculturas de hilos y nudos con las que el artista resignificó el arte precolombino. De hecho, parte de sus obras se encuentran descansando dentro del depósito del Museo Reina Sofía. Los quipus, que de repente han influido la construcción de sus versos, le han permitido bordar hilos del pasado incaico e intercalarlos con un presente industrial, como si el poeta fuera un chamán o viajero del tiempo, logrando eximir la desesperación de saberse exiliado en todos los sentidos posibles. La voz de Eielson, creo, se ha construido así y ha forjado un cruce de registros: el tono coloquial convive con la densidad simbólica, la frase cotidiana se entrelaza con la imagen surrealista, hay humor, pero también rabia.
Puede que mi admiración hacia Eielson sea por momentos fanática, sobre todo, cuando recurro a él al apreciar edificios haussamanianos dentro de la ciudad donde siempre seré un extranjero. Pero entre las edificaciones históricas, la inmigración y la polvareda que recorre océanos, existe una costura en común: la tierra. Quizá Poeta en Roma recita a este elemento, como una fractura de cuerpos moribundos y las ruinas de una ciudad que se cae a pedazos, así como la humanidad y sus juicios en esta época, todos destinados a ser polvo.

Debe estar conectado para enviar un comentario.