
Un cuento de Claudia Lezama Balcázar
> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el cuento que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
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Claudia Lezama Balcázar, es de Cali, Colombia. Ha trabajado en mercadeo, publicidad y telecomunicaciones.
Desde hace nueve años está radicada en Vancouver, Canadá. En octubre de 2020 obtuvo el segundo lugar en el concurso «Voces migrantes en Columbia Británica», patrocinado por el Consulado de Colombia en Vancouver y BMW.
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—Mi Teletranspersona no trabaja y en el taller dicen que es un problema humano.
Amanda entra en la oficina del vigésimo piso.
—Hola, debe dar su consentimiento digital y verbal para proseguir, luego apoyar la cabeza en el reposacabezas.
La neurokinesióloga de interacción de sistemas señala una silla verde menta con un apoyacabezas alto y curvo.
—¿Otra vez? Van tres veces…
Amanda pone su huella digital.
—Autorizo.
Se sienta. El cabezal ejecuta la tomografía en silencio y despliega el holograma del sistema neuronal de Amanda.
—Sí, el problema no es de la Teletranspersona. Este es el telencéfalo, —señala la doctora—, el hipocampo está reducido para su edad y la amígdala está más activa de lo normal. Se nota que ha estado muy alterada de ánimo en el último tiempo. Esta zona regula las emociones y los diferentes tipos de memoria, incluída la de procesos.
La médica amplía la imagen y se transforma en el diagrama de una carretera circundada por una luz azul. Hay múltiples intersecciones. Algunas son una maraña donde la luz se estanca o hace varios desvíos para avanzar.
—No entiendo —dice Amanda.
—La edad reduce la plasticidad neuronal, pero en su caso influyen otros factores. Veo que toma antidepresivos: la depresión afecta la neuroplasticidad. No puede tele-transportarse porque su memoria ha perdido flexibilidad. Haga de cuenta que es un globo que se revienta si le pone más aire.
Amanda se mueve incómoda en la silla y no sabe dónde colocar las manos ni la cartera. Se enfoca en los ventanales laterales de la oficina: el sol cae perpendicular sobre unas plantas tristes. Es la terraza de salida para los nuevos usuarios de Teletranspersona. Los jóvenes se gradúan en teletransporte y hacen su primer viaje autónomo desde ahí. Una paloma que escarba en la tierra seca se eleva con una hierba amarilla en el pico. Es la época en que más anidan; su hijo también nació en un verano. Ella acomodaba el cuarto del bebé y las palomas sus nidos. Quisiera volar como esa paloma, no necesitar la Teletranspersona.
—Llevo cinco horas tratando de arreglar el problema —interviene Amanda.
—Le repito, con el estado de su memoria, si se tele-transporta, puede perder de forma definitiva recuerdos básicos, necesarios e involuntarios. Por eso el sistema está bloqueado. Le confirmo que ya mandé a su comunicador una copia del Manual de Teletranspersona; puede estudiarlo y le asigno una cita para la próxima semana.
—No. Necesito transportarme. Dígame qué hacer.
Amanda se rasca los brazos, su pie izquierdo parece el aspa de un ventilador.
—Le voy a dar otro ejemplo: las personas con memoria fotográfica tienen que venir cada dos o tres años porque son incapaces de gestionar tanta información. Algunos hasta prefieren andar en unidades móviles unos días, mientras deciden qué quieren hacer con esas memorias antes de borrarlas.
—¿Cómo así, me va a borrar memoria? Yo no me quiero olvidar de nada.
—Como le informé: es necesario, pero usted selecciona. Mire: aquí podríamos borrar bastante.
La neurokinesióloga le indica un enredo de conexiones neuronales.
—Y qué es eso, ¿cómo sé?
La doctora profundiza en el diagrama y aparecen imágenes. Cliquea en una: se reproduce un video a triple velocidad. Para Amanda las voces distorsionadas suenan como una burla.
Una habitación verde pastel decorada con dibujos de jirafas sonrientes. (El video vibra con un zumbido que pica y aparece un botón naranja en el borde derecho de la pantalla). Luego Amanda se ve sentada en la cama, sostiene su bebé recién nacido en brazos, (el video vibra con un zumbido que pica, aparece un botón rojo en el borde derecho de la pantalla). Recorre con su índice la cara pequeña del bebé, todavía está inflamado. (Video vibra, aparece un botón naranja en el borde derecho). Le acaricia las cejas, (video vibra, aparece un botón naranja), el perfil de la nariz, (video vibra, botón naranja) y el borde de los labios (video vibra, botón naranja). Sube el cuello del pijama del bebé. Un pijama blanco decorado con tucanes y loros. (Video vibra, botón amarillo). Está abrazada por un hombre al que mira.
—Póngalo más despacio —interrumpe Amanda.
Los diálogos se perciben con normalidad:
—Se parece a ti —sonríe el hombre.
—A mi se me parece a tu papá. Es tan pequeñito. (Video vibra, botón amarillo).
El bebé sostiene el dedo meñique del hombre. (Video vibra, botón rojo)
—Te agarra con mucha fuerza, no quiere separarse de ti —le dice Amanda. (Video vibra, botón naranja).
Se escucha un ruido en el vidrio de la ventana de la habitación hospitalaria: da a un cielo azul que parece temblar por el calor. (Video vibra, botón rojo). La pareja mira hacia la ventana. Una paloma está armando un nido en el resquicio. (Video estático, ni vibra ni zumba, suena como la alarma de una ambulancia, un botón rojo cruzado lateralmente por una línea blanca llena la mitad derecha de la pantalla).
La doctora detiene el video.
—Las conexiones interneuronales están concentradas en dos o tres momentos de su vida; todo a su alrededor la lleva a esos momentos críticos. Su cerebro se ha modificado acogiendo estos recuerdos dolorosos y llevando ahí todos los estímulos cotidianos. Eso crea una sobrecarga y es lo que señalan los botones de interfaz. El color del botón evidencia cuántos desvíos hay, la profundidad que tienen y cómo se ralentiza la memoria. En verde el circuito fluye, amarillo fluye con menos rapidez y así sucesivamente hasta que se detiene en rojo con blanco. Es como si tuviera cien ventanas de su computador abiertas y todas ellas refrescaran siempre la información —explica la neuróloga.
—¿Eso que tiene que ver con la paloma tocando en el vidrio?
—Hoy le pasó cuando vio la paloma de la pista de salidas. Usted trajo el recuerdo de cuando nació su hijo y se quedó ahí un rato, sin escucharme y sin responder. Por eso no logró entender lo que le decía y desgastó la memoria de proceso. Nuestra ciudad tiene tantas palomas que mantiene su memoria agotada. Necesita borrar algunas de esas sinapsis profundas para poder usar la Teletranspersona.
La doctora devuelve el video hasta el momento del parto:
El hombre sostiene la mano de Amanda, ella lo aprieta con todas sus fuerzas. Él se suelta y ella con un grito lo agarra del antebrazo. Aunque lo ha rasguñado, él no le dice nada. Le trata de enterrar las uñas. Las había recortado para no lastimar al bebé.
Amanda sigue pensando que si hubiera caído en cuenta se las hubiera dejado largas hasta después del parto, para enterrárselas y que le saliera sangre.
—Aquí el botón es amarillo —dice la doctora—, esto no sobrecarga tanto su memoria de proceso, aunque también hay cosas que podemos borrar. Aunque entiendo que quiera recordar partes del parto.
—¿Sabe? Me llaman la atención las palomas, que vuelan. No solo es porque me recuerdan a mi hijo; es que yo quisiera volar, no tele-transportarme. Viajar y emigrar con las estaciones, cuando el clima se pone difícil. Eso de la paloma anidando se queda.
—Para recordar el día que su hijo nació no necesita conectarse también desde ahí. Nunca borraríamos el recuerdo de que su hijo nació.
—No. ¡Suprima otra cosa! Eso lo quiero recordar siempre.
—Guardamos gratis por tres meses las memorias y las puede revisitar en video. Si las quiere conservar hay diferentes modalidades de pago. También puede comprar completo el mapeo de sus memorias, estudiarlas, pre definir que quiere borrar y viene luego. Borrar memorias está incluído en el arrendamiento del Teletranspersona.
—No puedo esperar. Veamos qué más hay.
Amanda señala un nido de conexiones superpuestas y difíciles de diferenciar, todas llegando a una misma y profunda autopista atascada.
—Recuerde que después del procedimiento debe esperar cuarenta y ocho horas para tele-transportarse. La inflamación deja la memoria indefinida, se mezclan y trastocan los recuerdos. No podrá tomar decisiones importantes. Deberán recogerla, llevarla en una unidad móvil y acompañarla al menos las primeras doce horas.
—Ya hago una llamada.
Amanda sale a la terraza de despegue. Busca a Sussy, tal vez es la única que querrá ayudarla.
Se sienta en el borde del macetero que bordea la zona de salidas. Desde ahí hacen la primera teletransportación los nuevos usuarios. La altura ya no es necesaria para teletransportarse, pero en los primeros tiempos la usaban como elemento de impulso y quedó la tradición de elevarse para salir la primera vez.
Sussy no aparece disponible en el comunicador. Deja un mensaje grabado.
Piensa en qué borrar. ¿Qué le gustaría olvidar por completo? La respuesta es fácil. Vuelve a la oficina.
—Amanda, revisé su mapeo. Esta parte también es muy compleja y ralentiza mucho su memoria. Es su divorcio —evidencia la neuróloga.
—Eso estaba pensando. De mi ex borre todo. Desaparezca a ese maldito y todo lo que tenga que ver con él.
Amanda se sienta al borde de la silla.
—No lo recomiendo, ¿quién sería el padre de su hijo? Debe seleccionar. Serán un par de horas descartando recuerdos. Creo que con eso será suficiente.
—Empecemos.
—La revisión la realiza con uno de los ingenieros IA, la intervención yo podría hacerla al final de la tarde. ¿Consiguió quien la recoja?
Amanda debe bajar al piso doce y esperar turno. En el ascensor una voz trata de venderle almacenamiento de memorias. Sale aturdida de precios y encuentra una serie de cubículos autónomos que solo permiten a los interesados observar sus mapas neuronales. Los ingenieros IA y los usuarios señalan cosas inexistentes en el aire. Locos jugando con motas de polvo. Casi todos los que necesitan borrar memorias son cuarentones como ella. Hombres y mujeres por igual lloran, ríen o dan puños a la mesa. Amanda se consuela con el mal de muchos. La llaman del cubículo veinte.
—Buenas tardes Amanda, soy Swift, IA específica para ayudarle a encontrar las memorias que puede borrar. Por favor deme su nombre completo y licencia de Teletranspersona.
—No puedo creerlo, cada vez son más perfectos. Juré que era un ser humano, podría ser la novia de mi hijo.
—Gracias, Amanda. Por favor deme su nombre completo y licencia de Teletranspersona.
Proceden al primer recuerdo cronológico del exesposo de Amanda.
—No, ese es el día que lo conocí. Supongo que es bueno recordarlo, al fin de cuentas es el padre de mi hijo. ¿O conviene borrarla, qué sugiere?
—Según las leyes internacionales aún no califico para dar sugerencias. Mi labor es mostrarle todas las memorias que solicitó y qué sinapsis hacen. Usted debe decidir qué selecciona para borrar y cada vez que acepte eliminar algo debe confirmar con su huella y verbalmente. Podré hacer sugerencias en doscientas veintiún mil siete transacciones. Si se siente más cómoda con que yo tome la decisión, puede esperar mil cuatrocientas catorce horas catorce minutos.
—Entonces deje esa y sigamos.
La dinámica se repite: miran cinco segundos de video, Amanda da orden de eliminar, confirma y pasan al siguiente. Se topa con memorias que no recordaba, en dos ocasiones las deja correr antes de decidir borrarlas. Sussy por fin responde al mensaje: puede recogerla. Amanda descansa, era su única alternativa. Envía una notificación al trabajo. Le informan que los daños en la Teletranspersona no se catalogan como problemas de salud humana y le descontaran los tres días de sus vacaciones. Por eso es que le gustaría dejar todo tirado y volar, irse, como las aves que cuando el clima se pone agreste solo necesitan migrar. Como se fue su hijo sin pensar en dejarla sola.
Terminan y Amanda vuelve a la oficina de la neurokinesióloga.
—Siéntese. Primero va a sentir un olor a lejía dulzona. Va a respirar un sedante antiinflamatorio. ¿Entregó la información del contacto que la recogerá?
Amanda asiente. La silla verde está tibia y parece envolverla. Acogedora y silenciosa. Piensa en cómo será su vida cuando despierte. Hay una de memoria que está ansiosa por borrar:
El restaurante de playa, las paredes blancas y el piso de madera ajedrezado blanco y azul marino. La decoración vintage con redes, anclas y faros. El olor a ajo con mantequilla y los camarones frescos, reventones. La música pop oculta en las muchas voces de los comensales. Se va a reunir con sus ex condiscípulos de la universidad. Ahí estaba el padre de su hijo, sobornaba al niño para que se fuera a vivir con él. ¿Puede un niño de nueve años saber qué le conviene?
—Amanda, no sabía que ibas a estar acá —le dijo.
—Mami, papá se va a ir a vivir a Oslo y quiere que vaya con él. Vemos cómo es y todo lo que hay para hacer allá.
—No quería que te enteraras así. Aún faltan tres meses para irnos y…
—¿Irnos? No te lo puedes llevar así. Hijo, tú no te quieres ir.
—Él niño te visitará. Es una gran oportunidad. Voy a manejar la mejor ruta de comercio del Ártico. Es uno de los lugares más prometedores del mundo. No puedes robarle la oportunidad. No vuelvas esto una pelea legal.
No había sabido cómo responder. Sus amigos la llamaban de la mesa y ella se había ido, sin encontrar las palabras acordes a su enojo. Amigos: desgraciados. Se pusieron en contra de ella. Nunca más va a recordar la humillación a la que la habían sometido. Tú eres pobre, tú sola no serás capaz de sostenerlo, accede, te falta educación, pide que te de remesa para visitarlo, aprovecha, sácale una tajada. Pídele Teletranspersona internacional. Pero su hijo adolescente ya no quería ni oírla.
Amanda se despierta sin dolor y considera que eso de una neblina en la memoria es una exageración de la neuróloga.
—Hola, Amanda, soy Swift, IA versión asistente clínico. ¿Sabe dónde está?
—Oficinas de la neuróloga. ¿Dónde está la doctora?
—Vendrá para hacerle la orden de salida. ¿Sabe por qué está aquí?
—No podía movilizarme y tuvieron que limpiar mi memoria. ¿Usted por qué no es una persona? Me gusta más cuando las IA son personas, no pantallas.
El asistente hace una serie de preguntas y Amanda contesta sin dudar.
—Listo, ¿ya me puedo ir? ¿Llegó Sussy? —Amanda trata de levantarse.
—En algunos pacientes la inflamación cerebral aparece después de que se despiertan, y puede hasta que olviden orinar. Debe esperar. Su amiga ya vino.
—¿Qué?, ¿orinar? La doctora no me dijo —Amanda se queda sentada al borde de la silla, se sostiene con esfuerzo.
—Tal vez por la inflamación no lo recuerda.
La IA proyecta un video de Amanda con la doctora:
«Hay dos tipos de recuerdos: los voluntarios como ir al baño, y los involuntarios: como orinar. En su estado si usa la Teletranspersona podría dejar de parpadear, sentir los ojos resecos, pero no saber cómo cerrarlos. Por eso el sistema se bloqueó y evitó una recarga. Si se inflama el cerebro por teletransportación, se eliminan irrecuperablemente hasta un cincuenta por ciento de las memorias».
Amanda se observa en el video: está envejecida, ojerosa. El color de la ropa no le queda bien. Las arrugas de la comisura de los labios son profundas. Debería volver a maquillarse, usar el pintalabios rojo que siempre le ha quedado tan bien.
—No me acuerdo de eso, ¿me lo borraron?
—Es probable que su memoria recargada no lo dejara archivar. Pero no se preocupe, le ha ido muy bien. No se altere porque eso genera inflamación. Voy a realizarle otra serie de preguntas para ajustar la cantidad de desinflamante que requiere.
La IA despliega el holograma neuronal y comienza otro cuestionario.
—Amanda, Amanda, ¿me escucha?
—Sí.
—Le he aplicado relajantes musculares, rayos gamma y ultrasonido. Su sistema muestra que debe ir al baño, ¿siente la necesidad?
—Sí, tengo que volar.
Amanda ve a Sussy en la terraza.
—Debe ir al baño —se escucha la voz del asistente IA.
—Gracias por venir —grita Amanda y camina despacio hacia la terraza.
Sussy se le acerca:
—A ver qué diablos fue lo que te hicieron, quedaste más rara todavía. Me mandaron un informe. Tendré que leerlo.
—Ningún rara. Me arreglaron, ahora si puedo volar.
La doctora llega, pero es tarde, Amanda ha perdido la continencia.
—Ay, Amanda. Lo siento. No se preocupe, todo va a normalizarse. Está colapsada por la inflamación —la tranquiliza la neuróloga.
—Tengo todo claro. Además ya me hicieron los tests para corroborarlo.
Amanda camina hacia el borde de la terraza.
—Amanda, debe entrar. —La médica la agarra del brazo.
—El procedimiento es complejo, por una vez en tu vida haz caso —afirma Sussy.
Amanda trata de zafarse de la doctora sin éxito. Una bandada de golondrinas vuela en círculos y ella se queda estática, la cabeza en alto.
—Ahora sí podría volarme a visitar a mi hijito.
Amanda por poco sonríe.
— No, no aún, y tendría que hacer un upgrade a internacional.
La neuróloga la agarra con más fuerza y da orden a la IA de verificar el bloqueo del sistema Teletranspersona en Amanda y en la terraza de despegues.
— Sussy, yo sé que ni mi hijo me quiere. Eso lo recuerdo. — Amanda vuelve a detenerse y se gira —. Sabes que está enojado porque no lo dejé ver al papá hasta que cumplió trece y le dije que era él, el papá, el que no quería verlo. Antes de someterme a la eliminación de recuerdos lo memoricé. Tengo dos alternativas: volar a visitarlo y rogarle que me perdone; o mejor, olvidarme de una vez por todas de él y de todo.
Sin que Sussy o la doctora reaccionen a tiempo, Amanda corre al borde de la pista de despegue, es como un ave que emigra cuando el clima se vuelve adverso.

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