
Foto : Sean Robbins sur Unsplash
Un relato de Paulo Neo
> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
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Paulo Neo (1980, Santa Cruz, Argentina). Escritor y poeta. Ha colaborado en diversas revistas y medios de Argentina, Francia, Perú, Colombia, España, Venezuela, Chile, México, Guatemala, Cuba, España y Estados Unidos.
Es autor de los libros Microficciones Ilustradas (Buenos Aires, 2015), Amor sonámbulo y otros breves (Florida, EEUU, 2020) y Amor sonámbulo (Halley Ediciones, 2024).
Finalista de la Cuarta Edición del Premio «Caperucita feroz», Ápeiron Ediciones (2020, España). Finalista de los dos Concursos Internacionales homenaje a H. P. Lovecraft y a Dashiel Hamett, Ediciones Rubeo (2023, España). Obtuvo la beca para formadores del Fondo Nacional de las Artes en 2024.
Es editor y redactor en Ligeia Revista / Sitio Web Paulo Neo.
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Trabajar cansa1, anotaba Pavese. No escribir, también.
Ayer, sin ir más lejos, el perro vomitó en el sofá, que es donde suelo hacerlo (con la máquina sobre las rodillas, como hacía Lispector) y entre la limpieza y la atención del desdichado, se me fueron las dos horas de la mañana, las de mejor disposición de ánimo, claro está. También las de mejor luz solar, en fin.
Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por sí mismo.
Pasado el mediodía, tuve que cambiar algunos artefactos eléctricos montado a una pequeña escalera. La luz es siempre un problema en esta casa, no hay nada que hacerle. En eso estaba, hasta que hice un mal movimiento y terminé de espaldas, tumbado en el piso. Nada de sangre, ningún hueso roto, por suerte. Pero el artefacto no sobrevivió y mi columna vertebral se resintió bastante. Mandé al demonio el asunto y opté por salir a despejarme un poco. Después de todo, me dije: Estoy vivo y sorprendí a las estrellas en el alba.
Imposible hablar de estrellas a esa hora de la tarde. Si apenas serían las tres, poco más o menos. Y es que ocurre que a veces me pongo a citar a mis autores favoritos en momentos de mucha tensión. Como si lo absurdo del procedimiento lograra quitarle cierta carga funesta al entuerto. Suena ilógico, lo sé. Aunque es efectivo, o al menos, la mayor parte de las veces, lo cual es bastante, según lo veo.
Retomando, para no desvariar, me lancé a la calle. Caminé un par de horas, hasta darme cuenta de que estaba perdido. Ensimismado, repasando y sopesando lo que pensaba escribir, fui a parar a una zona de la ciudad desconocida para mí.
Caminar por caminar; las plazas y las calles
están solas
Lo que es un alivio, no lo iba a negar. Volví sobre mis pasos, cuyo sonido rebotaba en las paredes, mugrientas. Crucé un viejo puente sobre unas líneas de tren. La imagen que se me ofreció se asemejaba a esos planos simples de Jim Jarmusch. Retomé la senda. Perdí un buen par de horas, la tarde languidecía. Ahora sí, se asomaban las estrellas, el cielo difuminaba las sombras, las engullía, se diría. Un buen rato después, exhausto, volví a casa.
Ceno cualquier cosa junto a la clara ventana
Ya más tranquilo, volví a intentarlo, no valía la pena dejar que las nimiedades cotidianas intervengan en el proceso (si es que son verdaderas nimiedades y si es que existe un verdadero proceso, me dije). La escritura es primero. Miento. Dudo. Me increpo. Pienso en volver a salir. Pavese, siempre Pavese.
Trabajar no vale la pena. Y salir a la luna,
si nadie lo aguarda, tampoco vale la pena.
Ya ven que no miento. No he escrito nada y estoy cansado, muy cansado. El problema de no escribir es que al escribir, paradojalmente, lo que sale no es lo que uno pretendía escribir. O la fijación se monta en las líneas de un poeta y ya no lo suelta. No importa lo que haga. Por consiguiente, a pesar de uno mismo, los versos se cuelan en el texto. El sentido, por ende, se difumina. Uno pretende escribir una reseña de la última novela de Vila-Matas para una revista, por ejemplo, y termina escupiendo una parodia de la pereza, de la falta de estructura, una especie de homenaje velado. O lo que es mucho peor todavía: todo eso junto, en un pastiche multiforme y críptico. Que es lo mismo que decir: ilegible.
Por fortuna los versos de Pavese se equivocan poco. Y si uno sabe perderse en ellos, pueden ser guía y sendero. Fin y principio. Principio y fin.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.
Trabajar cansa, anotaba Pavese. No escribir, también.
- Las citas presentes en este relato son fragmentos de diversos poemas del libro Trabajar cansa, de Cesare Pavese (Universidad Nacional Autónoma de México, 2008). ↩︎

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