Ilustración : Daniela Sías
Pequeños, breves, brevísimos apuntes sobre anécdotas personales del oficio de traducir.
Por Magalí Sequera
« Sans la traduction, nous habiterions des paroisses confinant au silence »
Georges Steiner, Errata : récit d’une pensée (1978)
Un velero, un partido de bochas, una valona en un autorretrato de Rembrandt, distintos tipos de pescado: ¿qué tienen en común ? Nada, salvo el hecho de que todos implicaron para mí, en su momento, un trabajo de traducción complejo.
Traducir abre largos debates personales sobre juegos de palabras y reflexiones entorno a las dos lenguas entre las que uno hace vaivenes constantes. En otros momentos, también requiere un trabajo de investigación: buscar, hurgar, fisgonear en las dos lenguas, en múltiples áreas y épocas. Traducir: un oficio que como todo se hace con experiencia, pero sin olvidar que cada libro es un nuevo reto.
Acá van algunas, pequeñas y breves, anécdotas personales de lo que también es la traducción.
En el primer libro que traduje, hay una escena del personaje que quiere aprender a cortar pescado a la manera de los japoneses. Para varios de esos pescados, yo ni siquiera conocía el término en francés: al haber crecido en regiones estrictamente térreas sé muy poco y casi nada del mundo marítimo. Es más, en Paraguay –uno de esos dos países– para comer mariscos y pescados había que esperar los jueves que marcaban el día de entrega que llegaba de Chile. Las veces que comimos pescado de agua salada fueron bastante contadas.
No sé cuánto tiempo pasé primero determinando qué clase de pescado era, luego buscando su traducción en el Cono Sur, preguntando a los amigos y asegurándome de que el término que se usaba en tal país fuera el mismo en tal otro. En ese momento hubiera podido jugar a la “adivinanza de los pescados” y ganar. Hoy en día estos nombres se diluyeron en un vago recuerdo para mí, y a la hora de comprar pescado soy incapaz, tanto en francés como en castellano, de diferenciarlos.
Un partido de bochas fue otro reto. Imagínense un partido de bochas, o sea la típica escena de pétanque en el sur de Francia, con su famosa bebida de anís, el Pastis y pueden seguir toda una serie de imágenes para quienes conocen. Empecé buscando libros en las bibliotecas sobre ese deporte, también en la web. Me quedé mirando varios videos de gente jugando a la pétanque para lograr entender qué acción definía tal término, pude observar varios planos que dibujaban todo tipo de jugadas. Entre las distintas informaciones que encontré, leí que había en Uruguay una tradición del juego de bochas. Ahí tenía la solución. Contacté con alguien que iba seguido y dio la gran casualidad que conocía a un francés que residía en Montevideo y era amateur del juego. Gracias a él pude confirmar ciertas dudas, aclarar incógnitas lexicales del juego y liberarme de mimar algunas posiciones para lanzar una bocha invisible tratando de entender mejor las acciones.
Hace años traduje una novela que transcurre casi de la primera a la última página en un velero. Estuve en un barco contadas veces en mi vida; seguimos entonces con el mundo marítimo y mis desconocimientos. Durante el tiempo largo que le dediqué al texto, había colgado arriba del escritorio un plano detallado impreso de un velero. También me habían prestado un libro con otros planos explicativos de todo tipo de barcos: de los más antiguos a los más modernos, una especie de biblia de los veleros. Siempre que se mencionaba una parte específica, consultaba el libro que vino a ser un verdadero diccionario para mí y el plano detallado colgado ofició casi de amuleto.
Última anécdota en otro libro: la descripción de un autorretrato de Rembrandt y el tipo de cuello que lleva el pintor holandés, particular de la época. Empecé a ver varios videos de conferencistas especializados en Rembrandt, a hurgar en las páginas web del museo Thyssen, del Rijksmuseum de Ámsterdam, no solo buscando la palabra (que ya había encontrado), sino también deseando entrar en esa obra, observar los colores, las luces y sombras de los cuadros, intentar captar algo de lo que ahí había fascinado al autor. Recuerdo haberme dejado llevar por varias de esas conferencias estéticas, mirándola hasta el final, excediendo el comentario de los autorretratos, cautivada por el análisis de los expertos. Se me abrían nuevas puertas de la historia de la pintura que probablemente no hubiera atravesado de otro modo.
Así como leer, traducir es como un deambular por mundos desconocidos, zambullirse en esas aguas que por momentos parecen claras y otras bastante más oscuras. Se abren puertas que uno no hubiera franqueado antes porque simplemente las desconocía, o no las veía. Traducir es también fusionar de alguna manera con el texto, habitarlo y dejarse habitar por él, hasta conocerse los nombres de pescado de memoria, tener la sensación de que Rembrandt le está mirando a una y deslizarse de proa a popa.
