
Ilustración : Camila Randis (tinta sobre papel)
El autor recorre el parque General San Martín de Mendoza, Argentina, y descubre “hechos malditos” que desafían la ilusión de un orden perfecto.
Por Gastón Moyano
> En junio de 2024, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionada entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
Gastón Moyano (Mendoza, 1983). Es profesor de educación especial y pedagogo. Ha publicado los libros de poesía La bestia negra del proletariado (Borde Perdido Editorial) y La parte de la prima (Premio Vendimia, Ediciones Culturales). Su último libro publicado es Ampliación de la vivienda (2024, editorial SLIMBOOK). Instagram: @gaston.moyano.906
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El parque General San Martín de Mendoza propone a sus visitantes un “orden perfecto”, según el cual el único arte verdadero es el de las almas bellas. Arriba del parque, hacia el oeste, hay barrios marginales, los cerros y la cordillera. Al este, por contraste, el parque aparece como un oasis botánico en medio de la insolación de la provincia. Su arquitectura, monumentos y jardines, con su pretendida armonía entre el paisaje, la flora y el turismo reflejan un orden de inspiración europea que cualquier visitante puede seguir al recorrer el parque, pero que esconde un programa político y estético consciente de la cultura dominante. Yo, que vivo a la vuelta, disfruto de largos paseos observando pájaros.
Los elementos del orden perfecto: la iglesia y el Rosedal
Podemos imaginar los elementos de este orden encadenados en una línea que recorre el parque de oeste a este.
Primero está la Iglesia de Servi de la Virgen del Challao, cuya arquitectura imita al Novecento italiano. Allí podríamos escuchar música de Rossini y, en la elevación, dúos de clarines alemanes. Una de sus entradas exhibe reproducciones de El Descendimiento de la Cruz y Transfiguración y comunión de San Jerónimo. El patio frontal, impregnado con el perfume de azahares y jazmines, alberga una cisterna revestida de mármol, evocando el brillo del neoclasicismo. En el interior, las oficinas eclesiásticas recuerdan la decoración de los tocadores franceses, como el descrito por el Marqués de Sade en Filosofía del tocador. La nave está adornada con esculturas que muestran, por ejemplo, a Santa Teresa en el éxtasis del amor divino, a un ángel sonriente que apunta una flecha hacia su propio corazón, y una Vestal Romana, inspirada en el suplicio de las vestales enterradas vivas en Roma en el año 536. Las esculturas, réplicas de las originales en el Museo del Vaticano, dan continuidad a la narrativa del orden perfecto. La parte de atrás de la Iglesia está llena de naranjos en flor. Muchos cardenales pasean por ahí.
Cerca de la iglesia se encuentra el Rosedal, un espacio abierto que simula un cuadro vivo, un jardín del Renacimiento italiano inspirado en la antigua Roma y jardines franceses como el bois de Boulogne y Versalles. Su gran diversidad de flora incluye jazmines trompetas, salpiglosis con rayas, campanillas, espadañas, gladiolos, arándanos, tradescantias, líquenes, girasoles, ásteres, margaritas, petunias, helechos, lirios, trigidias, claveles, crisantemos, lisianthus y amapolas, cada una con su característico perfume. Al igual que la iglesia, el Rosedal alberga esculturas, todas hechas de mármoles de Carrara, entre ellas La Aurora, imitación de Antonio Mengs, la Leucotea Nodriza, réplica basada en la obra de Guercino, y figuras mitológicas o alegóricas como Tritón arrojando flores a una nereida o Lucifer sosteniendo una antorcha. Otras figuras de menor tamaño tienen las posturas cómicas de ciertas esculturas del puente Luis XVI de París.
En la iglesia y en el Rosedal, cada elemento representa el poder de la clase dominante, narra un fragmento de la visión estética que rige el Parque.
La Pureza descabezada
Durante la noche del 11 de agosto de 2015, desconocidos arrancaron la cabeza y las manos a La Pureza, una emblemática escultura del parque que muestra a una mujer desnuda recogiendo agua de un estanque con una ánfora. Esta escultura fue tallada en Italia y llegó a Mendoza, junto a una fuente y banco de mármol, a un alto costo para las arcas provinciales.
Quienes atacaron La Pureza realizaron un “hecho maldito”, es decir, una performance contra el orden establecido del parque. Hecho maldito es un término que John William Cook usó para nombrar al primer peronismo, cuyas políticas desestabilizaron el orden cultural del país burgués. Aplicado a “La Pureza”, el hecho maldito se convierte en un comentario sobre la obra de arte, una indagación ideológica sobre las realidades imperfectas que el Parque oculta o expulsa, que para el orden perfecto son irrealidades inenarrables e incomprensibles. La ausencia de la mano y la cabeza (las partes de la escultura rota que no están), asombra y expone el modelo cultural retrógrado del parque.
La cancha del Lobo
He observado varios “hechos malditos” mientras, de tanto en tanto, alzo mis prismáticos para contemplar hermosos pájaros carpinteros, horneros, gorriones, águilas y miles de cotorras.
Víktor Vladímirovich Jlébnikov, el poeta soviético, componía poemas en los que las obras de arte adquirían voz y se entablaban diálogos entre grandes monumentos de la humanidad: la Gran Muralla China hablaba de sus fortalezas con el Monumento Conmemorativo a los Soldados Soviéticos, mientras que la Pirámide de Keops y una usina soviética discutían sobre los grandes y casi anónimos constructores de la historia. Los versos de Jlébnikov me inspiraron fugazmente la idea de escribir mis propios poemas en su estilo, haciendo dialogar el arte elevado de las esculturas del parque San Martín con sus construcciones más mundanas, como la cancha de Gimnasia del Lobo, club de fútbol de la B, muy popular en la provincia, que está ubicada en la parte este del parque San Martín. Sin embargo, el diálogo entre las esculturas de mármol y la cancha de Gimnasia nunca sería posible, ni siquiera en la libertad absoluta de la poesía, pues lo que ocurre en la cancha del Lobo es en sí mismo un hecho maldito.
Para los ojos conservadores de mis vecinos y asiduos del parque—entre las mansiones aristocráticas, el Museo Carlos Alonso y la presencia constante de la policía—el orden perfecto se desmorona los días en que juega Gimnasia. Los tumberos y su estética de ropa deportiva, Nike y Adidas, la belleza de la barra brava y sus hinchas, las familias humildes, las viseras en lugar de gorras, las camisetas negro y blanco del club, los bombos y redoblantes, cornetas y banderas, algunas con el rostro Víctor Antonio Legrotaglie, el ídolo máximo de Gimnasia— todo esto irrumpe el espacio que se pretende armonioso y pulcro.
La procesión de las ratas pardas
Otro episodio de mi catálogo personal de hechos malditos ocurrió en el verano de 1999, después de un aluvión que causó la mayor procesión de ratas pardas jamás vista en el parque. Salían en manadas desde las cloacas y bocas de desagüe del Penal de la calle Boulogne Sur Mer. A medida que avanzaban, más y más ratas se sumaban a la procesión, formando una masa compacta, homogénea por miles. Como en La cruzada de los niños, de Marcel Schwob—donde un grupo de niños marcha hacia Tierra Santa durante las Cruzadas— el avance de esta procesión, que no estaba formada por niños, sino por ratas, parecía imparable. Atravesaron el parque y al llegar al canal Frías se tiraron en masa al agua. Cientos de ratas murieron ahogadas, tiñendo el canal con sus cadáveres. Las que no saltaron regresaron al parque, desapareciendo entre el follaje del bosque, volviéndose invisibles.
Los cuerpos en la fuente
Lo que se muestra bajo la luz del sol es menos interesante que lo que sucede detrás de un vidrio. En esa abertura oscura o luminosa habita la vida ausente.
En medio del diseño espacial narrativo concebido por los fundadores del Parque, los hechos que contradicen el “orden perfecto” alteran el relato oficial hasta disolverlo. ¿Quién figura y quién es figurado? Los hechos malditos vacían al gran estilo neoclásico de su precisión y equilibrio, despiertan una belleza dormida, liberan una autenticidad enterrada.
La Fuente de los Continentes, la principal fuente de agua del parque, tiene un diseño grandilocuente y reflectores acuáticos que emiten luces contra un agua que es, sin embargo, extremadamente sucia, tanto como el agua de las fuentes de Versalles. En verano, niños y adolescentes pobres usan el agua de esta fuente para refrescarse, con sus costillas expuestas se recuestan en las conchas marinas de mármol de Carrara para tomar sol, el peso de sus frágiles sombras deslizándose sobre superficie del agua.
Autenticidad enterrada
Mis paseos terminan con la caída de la tarde, cuando los pájaros se acomodan en sus nidos y ya no es posible observarlos.
En la avenida Thays del parque, al atardecer, turistas y locales se sientan en las mesitas de los cafés y heladerías artesanales para tomar el té. Pero, además de ser un espacio de descanso y conversación, la avenida es también una de las rutas que siguen los cartoneros hacia las plantas recicladoras del oeste.
La ruta de los cartoneros es otro hecho maldito, que disuelve la narración del orden perfecto. Como decía el Marqués de Vauvenargues, moralista francés del siglo XVIII: “En los jardines públicos hay grandes avenidas que frecuentan la ambición engañada, los corazones rotos, las personas que viven en la calle, los desclasados, los suspiros de los desocupados, los niños abandonados, los mendigos, las ancianas expulsadas de las pensiones”.
Observar no sólo pájaros puede llevarnos a descubrir la autenticidad enterrada en la narración del orden. No es casualidad que ese «orden perfecto» sea un ideal de inspiración europea y los hechos malditos, en gran parte, manifestaciones de la realidad social latinoamericana que rodea al parque. El hecho maldito, en su soberanía performática, persiste como un acto de resistencia en medio de la estética del diseño.

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