
Foto : Mariana Cabrera – Detalle de la instalación de la artista textil argentina Noelia Melián
> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el cuento que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
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Mariana Cabrera (1988, Buenos Aires). Es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Tres de Febrero. Fue finalista del Gran Premio Banco Provincia en 2025 y recibió una mención en 2026. Fue publicada por la Feria del Libro de la Ciudad de Nueva York en su Antología V (2025).
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Trazaba el camino con una rama en la tierra mojada. Avanzaba entre los arbustos y deseaba en secreto que una crecida súbita del río borrara la huella para no poder volver a casa, pero eso era imposible: sabía el camino de memoria. A la madre le había dicho que se encontraba con sus amigos, por eso no le hacía problema con que anduviera solo por allí. El padre, si estaba, no se molestaba en preguntar. Adelante y atrás, sólo barro y agua. Algunos arbustos, un sol exigente, más barro, más agua.
Le gustaba bajar al río porque sabía que nadie iría a buscarlo. Muy pocas veces se había cruzado con personas, algún pescador aletargado. Nunca con otros niños. El ruido del agua lo calmaba, y siempre había alguna piedrita que patear o una rama para usar de bastón. El río era generoso en ese sentido. También lo era con el fango que inevitablemente le cubría la botamanga. Ya se lo sacudiría antes de entrar a la casa.
El sol picaba en la piel, señal de que había que volver. Se agachó para tomar un último trago de agua. Juntó las palmas en forma de cuenco y las sumergió en el cauce quieto.
El cauce quieto.
Esa quietud era extraña para un río que corría bravo en ese codo que lo escondía del pueblo, de los otros niños, del colegio, de su padre. Miró con atención. Frente a su vista se desplegaron círculos concéntricos de agua de los que emergió una cabeza de búfalo. Era del mismo tono marrón que el río, enorme y peludo. Sus cuernos enroscados se erigieron tan cerca suyo que lo hicieron caer de espaldas. El animal se acercó a la orilla y lo miró con ojos acuáticos, cansados y brutales. Él se arrastró, intentando que los cuernos no lo alcanzaran, pero el búfalo, a pesar de su peso, era ágil. Cuando su hocico alcanzó la orilla, lo miró y bufó con un resoplido áspero, y empezó a comer pastos del borde de la tierra. El niño salió corriendo asustado. Había escuchado sobre los búfalos de agua, pero nunca antes había visto uno.
La tarde siguiente volvió al río para encontrarlo de nuevo. Se había propuesto mirarlo de frente. Y ahí estaba el búfalo, sumergido en las aguas, resguardado del calor debajo de un sauce llorón que acariciaba el lecho. Se sentó a una distancia prudente para poder observarlo. Su pelaje oscuro lo hacía ver soberbio y le daba un aire de emperador litoraleño. Intentó resoplar con su nariz como lo hacía el búfalo, pero solamente consiguió sacarse unos cuantos mocos.
Le hizo gracia el peinado que le había quedado a la bestia por estar sumergida, un techo a dos aguas que le inspiraba confianza. Se alisó su propio cabello en dos direcciones con los dedos y fue a mirarse al agua, cerca del búfalo. No se parecían: su piel era clara y su nariz pequeña. Si fuera tu hijo nadie podría ganarme en las peleas, le dijo. El búfalo resopló. El niño admiró de nuevo los orificios nasales gigantes por los que salía un vaho que le calentaba la mano. La acercó un poco más y lo acarició. La piel se sentía rugosa. El búfalo lo dejó hacer y después se retiró hacia el centro del río y volvió a sumergirse.
Al tercer día llegó al páramo con moretones en las muñecas y el labio partido. Se sentó frente al río esperando que el búfalo apareciera, pero las horas pasaron y el sol empezó a bajar. Las sombras de la noche merodeaban detrás de los árboles y una brisa fría ondeaba aquí y allá. Se tomó de las rodillas y lloró largo rato. Los dedos de sus pies estaban sumergidos en el agua fría y las chicharras de la noche ya habían empezado su canto. Entonces escuchó de nuevo la calma del río y las aguas que se abrían. Cuando levantó la vista, la cara del búfalo de agua estaba prácticamente a un palmo de la propia. Sus cuernos brillaban en la luz nocturna y lo envolvían en un abrazo espectral. Las luciérnagas chispeaban alrededor. El animal abrió la boca y un aliento fétido invadió el aire. Desplegó su lengua espesa y le lamió las heridas.
La última vez que fue al río era un día de lluvia. Le costó llegar porque las botas se hundían en el fango y hacían sopapa a cada paso. Su madre le había pedido que fuera a comprar pan y él aprovechó la ocasión. El río estaba tan crecido que apenas se distinguía la división donde terminaba la orilla y empezaba el agua. El búfalo estaba tomando un baño. Las gotas resbalaban gruesas por su pelo. Ante sus gestos de saludo, el animal se acercó entre bufidos con una calma mansa. Lo enganchó en la curva de uno de sus cuernos y lo subió por los aires. El niño voló y fue a parar al medio del río, escoltado por el animal. Para su sorpresa, no se hundió sino que permaneció sobre el agua: estaba sentado en el lomo del búfalo que se camuflaba con el lecho marrón. El frío del viento y la lluvia cayéndole encima contrastaba con sus piernas cálidas, sumergidas en el río. A un lado y otro era imposible distinguir dónde terminaba el agua y empezaba la tierra, todo unido en un verdor amarronado.
El búfalo avanzó lento, parsimonioso. El niño se tomó de los cuernos con las manos y del lomo con los pies y se fue quedando dormido, mecido por el ritmo acuático del búfalo, que avanzaba a través de la lluvia, hacia la claridad del horizonte.


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