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Un cuento de Pablo Olaechea
> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
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Pablo Olaechea (San Justo, Argentina). Desde 2017 tiene su base en Barcelona y alterna su estadía en la ciudad condal con viajes a Uruguay, Colombia, México y Cuba. Es barista de día y escritor de noche. Desde 2023 produce el ciclo “Historias & Canciones” donde reúne amigos del ambiente literario y musical de Barcelona.
El cuento Cuando por fin llegue el día forma parte del libro Funerales, que será publicado por la editorial Paripé Books en febrero de 2027.
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Pao llega a casa llorando después de que le robaran en el almacén por tercera vez en dos meses. Vos hacés tarea de geografía, pintás los países que hablan en castellano. La ves abrazar a mamá y se te cae el lápiz de la mano cuando la escuchás decir que quiere irse a vivir a España. Corrés y te abrazás a sus piernas, ella te apoya la mano en la cabeza. Después de un rato se siente más tranquila y habla con mamá, Romi y Agus pero vos no estás con ellas, hablan de noche en la habitación de al lado y no podés escuchar nada. Al otro día en la escuela se lo contás a Toto.
—¿A Europa? Como los jugadores de fútbol —dice sorprendido.
—Tenés razón, es buenísimo ¿no?
Y te conformás con eso, al menos por un tiempo.
Dos días más tarde caminás de la mano de Pao, le preguntás por qué se va y te explica que se le está haciendo difícil encontrar trabajo y que el Gallego, el amigo de papá que vive en España, le consiguió uno allá. Te alegrás por ella aunque también sabés que la vas a extrañar. Sentís su mano más transpirada que de costumbre y la soltás. Caminan saltando de baldosa en baldosa porque el que pisa la raya pierde, cuando pasan por la casa de electrodomésticos te parás a ver las teles nuevas. Ella mira para todos lados, una moto pasa por la vereda y te aprieta la mano fuerte, vos seguís hipnotizado con la tele, no escuchás a Pao que te pide que camines con una voz que le vibra distinto, como si estuviera a punto de llorar; te tira del brazo para que camines y así como tampoco te das cuenta de que a ella le tiemblan las piernas, pisás una raya pero no te la cobra. Seguís esquivando rayas pero ella las pisa todas, te das cuenta de que casi te arrastra y empezás a caminar un poco más rápido.
Cuando llegan a la agencia de viajes, ella se deja caer en una silla, vos te sentás en la de al lado. Aparece una señora rubia de pelo corto y se sienta frente a ustedes. Pao le dice que quiere el primer pasaje que tenga de ida a Madrid, la señora le explica que eso le puede salir muy caro, pero ella insiste con que tiene que irse rápido. La señora se pone los anteojos y empieza a darle al teclado. Cuando la señora deja de escribir, Pao está hipnotizada, tarda cuatro segundos en reaccionar después de que la señora le habla. Le dice que encontró uno para dentro de dos días y le preguntá cómo va a pagar. Vos no lo sabés, pero Pao está sudando frío, le tiemblan las manos y la voz. Aun así la señora le entiende cuando dice que va a pagar en efectivo. Pao se levanta y saca un sobre de adentro del pantalón, la señora la mira por encima de los anteojos con cara de asco pero cuando le pone billete por billete arriba de la mesa le cambia la cara, se le escapa una sonrisa y dice que en San Justo no se vende un pasaje a Europa todos los días y mucho menos en efectivo.
Cuando le entrega el sobre con su pasaje, Pao se levanta de la silla, vos te bajás de la tuya de un salto porque los pies te cuelgan. Le das la mano, que ya no está tan transpirada y vuelven caminando. Pasan otra vez por las teles y te quedás mirando los goles que el Barcelona le hizo al Real Madrid, después sos vos el que tiene que tirar de la mano de Pao porque tiene la mirada perdida en el reflejo del cristal.
Llegan a casa y ella sube a la habitación, vos la seguís. Está sentada en la cama mientras mira la valija abierta con algunas cosas adentro, te tirás de cabeza sobre esas cosas y le pedís que te lleve. Se ríe. Te reís con ella y de repente salís corriendo a tu habitación, buscás en el baúl de juguetes el muñeco del Power Ranger Azul. Volvés a la habitación de Pao y se lo ponés en la cara, apretás el cinturón y lo transformás. Se lo das y le decís que es para que no tenga miedo pero, en el fondo, lo hacés para que tenga algo tuyo. Ella abraza al muñeco, te dice gracias y lo guarda en el bolsillo al costado de su mochila para tenerlo cerca.
Falta un día para que se vaya, bajás las escaleras y está tomando mate con mamá. Te sentás al lado de ella y esperas que mamá te haga el desayuno. Más tarde vienen las amigas de Pao a despedirse, vos jugás en tu habitación mientras ellas se abrazan y lloran, pero después las vas a ver divertidas cuando brinden con cerveza y coman pizza. Te ponés triste cuando una amiga de Pao te pregunta si la vas a extrañar y vas a llorar ahí, porque recién ahí te das cuenta de lo que está pasando. Más tarde cuando las amigas se despiden de verdad, vos agarrás con fuerza una mano de Romi, que con la otra acaricia la espalda de Pao mientras intenta no llorar.
Cuando por fin llegue el día, cuando ya se hayan agotado todas las despedidas y ya te hayas dado cuenta de que Pao va estar lejos, vas a entender también, casi sin querer, que se sigue achicando la familia y ya no la vas a mirar con la fascinación de ver a alguien que triunfa sino más bien con la tristeza de ver a alguien que se aleja.
Ves como Pao se abraza con tus abuelos por última vez sin saberlo. Después se suben al coche y una vez que arranca se dan vuelta y ven, alejándose por la ventana de atrás como los abuelos se quedan abrazados, saludan moviendo sus manos de un lado para el otro hasta que doblan en la esquina. Cuando llegan al aeropuerto y estacionan el coche, ponés tu mano sobre la valija como si ayudaras a bajarla pero toda la fuerza la hace Pao. Entran los cinco juntos pero vos, mamá y las chicas esperan a un costado mientras Pao hace la fila para despachar su valija. Vuelve con una sonrisa que disimula la tristeza y suben unas escaleras mecánicas, se suman a todas esas personas que lloran y se abrazan. Quedás agarrado a la pierna de Pao en el medio de un abrazo familiar, las escuchás llorar en coro, seguís aferrado a esa pierna incluso cuando el abrazo familiar terminó. Ella te agarra la cabeza, te mira a los ojos, promete que va a volver pronto y sabés que es mentira, pero elegís creer. Le soltás la pierna. Ella se aleja de espaldas, lleva el Power Ranger asomado al costado de la mochila, le da el pasaporte a un señor de bigote que lo revisa y se lo devuelve, ella se da la vuelta, levanta la mano y la mueve de un lado para el otro antes de perderse detrás de una pared azul.

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