
Foto de Soledad Arienza
Una crónica de Soledad Arienza
> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.
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Soledad Arienza (Buenos Aires, 1992) es Licenciada en Letras (UBA) y Magister en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (UBA). Además de escribir, se dedica a la docencia y a la investigación. Algunos de sus textos han sido publicados en revistas argentinas. Actualmente, se encuentra corrigiendo su primera novela. Produce el pódcast Laboratorio de lectura en el que comparte análisis y visiones sobre lo literario.
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La llegada a Palermo es tensa. La misma contracción muscular nos atrapó a la salida de Catania. Ingresar y huir de ciudades se parece a un acto iniciático; más sin son ciudades en las que no jugamos de local, más si es en auto. Tenemos GPS y un auto al que ya después de dos semanas de tournée vamos conociendo. Sus ruidos, sus alarmas. Su olor sintético que entra por las fosas nasales y se clava en el medio de la frente. Un olor que me paraliza al igual que quedaba inmóvil luego de darle muchas cucharadas repentinas a un helado cuando era chica: se me congelaba la frente, el cerebro. Así me deja este pino mezclado con rosas mezclado con lavanda y aguamarina, en un estado de déjà-vu marchito y petrificado.
Aunque conocemos el auto, Palermo es riesgo: por eso nos contractura. Hay bandas de la mafia, dicen. Nos detallaron qué barrios conviene evitar. Los de la periferia no son para turistas. Kalsa es pintoresco pero hay que ir con cuidado. Me esfuerzo por tener miedo, pero no lo logro. Porto la inmunidad de Buenos Aires, siento que el hampa no puede tocarme. Miro, miro mientras la autopista da una vueltita casi caracol en las alturas y los carteles verdes indican que ya está por comenzar el último tramo de nuestro viaje. Copilota, mi responsabilidad es el GPS: quince días de esta voz metálica y femenina que controla nuestros movimientos. Con un metro imaginario pulsa las distancias y vocifera: avvio itinerario per Palermo. A 200m, gira a destra su…. a 500 m, scendi su… etc., etc. La detesto. La predigo. Me agota.
El paisaje en esta curva se parece a lo que cualquier turista que llega de Ezeiza ve por las ventanillas del remis o del Tienda León en la autopista Ezeiza-Cañuelas. Casas desparejas, cables laberínticos que parecen la cuerda floja de un eterno circo, ropa que pende, techos de chapa, estructuras que intentan ser simétricas en su asimetría. Encontrarme con un paisaje familiar me hace acomodar en el asiento, engrupirme aún más en ese fondo, como si buscara encastrarme, como si estuviera a gusto. El espejismo desaparece cuando vuelven a materializarse los carteles verdes en italiano. Observo el inmenso cuadro que va quedando atrás, sigo torciendo mi cuello hasta que suena, hasta que me siento lo más cercana a un búho y me reubico en el rol de turista que me corresponde. No vengo a hacerme la canchera, no es mi periferia.
Palermo tensa. Crispa su tránsito, sus maniobras improvisadas, sus autos estacionados en esquinas, en rampas, perpendiculares a la calle. Omar esquiva, putea, le pregunta al GPS cuestiones que vendrán luego, que la voz no responde, porque ella dosifica el tiempo. Nos tiene a su merced. Hago zoom en el mapa, en el hilo azul que nos une con el departamento, pero doy sólo un vistazo porque leer en el auto me marea. Levanto la vista y la boca me saliva, el vómito está cerca. Prefiero solo escuchar la voz, mirar de reojo hacia abajo el mapa y de última equivocarnos. Aunque eso acá no es una opción conveniente. Tomar mal una indicación no es un error liviano. Transpiro debajo de mi suéter de lana de gato de Cheshire. Tengo la mochila a los pies, como cuando viajo en auto en Buenos Aires. Anochece. Las calles, como en toda Sicilia, son estrechas, giran sin aviso, se retuercen. Una vuelta más y llegamos.
A una playa de estacionamiento. Llegamos en la clandestinidad, sentimos que estamos haciendo algo mal. No tramitamos el pase para circular en la zona histórica, así funciona en todas estas ciudades. Siempre, por eso, tiramos el auto en los márgenes, en algún pueblo minúsculo como San Michele o un paraje rural como Fiumefreddo. El pase cuesta bastantes euros y estamos justos. Además, no queremos circular por Palermo en auto. El plan es estacionarlo y desplazarnos por la ciudad caminando. Chequeamos que hubiera estacionamiento, pero el departamento está en el centro. Son como diez cuadras (acá no hay cuadras, miden las distancias en metros, pero yo necesito traducir, distanciarme o acercarme de las cosas con mis propias métricas, de lo contrario siento que pendo). Diez cuadras de ilegalidad: si nos pararan los carabinieri, nos multarían. Aunque Pietro, el dueño, dijo que los domingos el permiso no se necesita. Que es día liberado, o zona liberada. ¿Día o zona? ¿Tiempo libre o espacio? ¿Cambia la atribución de la libertad? En cualquier caso, no estamos en infracción. Es domingo, ya de noche, pero domingo. Igual hay nervios, igual piso con delicadeza la alfombra del auto, como queriendo habitarlo lo menos posible, como queriendo no marcar el pavimento con mi silueta no permitida.
La playa de estacionamiento, este era el lugar convenido. Es a cielo abierto, una especie de piazza, un cuadrado de adoquines con las franjas en blanco para estacionar autos. Es pública, pero para quienes trabajan en la zona. Es gratuita, pero para que no nos roben el auto hay que pagarle a un vigilante ilegal. Ordeno.
Pietro nos dijo que el estacionamiento reservado para los del departamento era un espacio en ese playón. Vemos el espacio. Omar estaciona. Un grupo de barbudos en sillitas de lona y plástico levantan la cabeza: seis pares de miradas empolvadas fichan el auto. Llamalo a Pietro. Pietro reitera que sí, que hablemos con Ivàn, el capo, el alto y flaco, el que parece un barbone, ese. A ese decirle que somos del departamento de acá nomás. Le podemos dar un par de euros, él va a cuidar el auto. Ivàn se está acercando. Pantalón negro arratonado, una campera de lona, como un rompevientos holgado encima. Su piel es blanca pero sucia, es un Jesús, mesías de las playas de estacionamiento paralegales. Dueño de esta porción del universo, protege y defiende cincuenta autos de los repliques mafiosos que pueden sentirse aún en la parte turística de la ciudad. Vamos a forzar esta complicidad, es la que nos queda. Se ve que acá es así. Le damos la mano, sonríe con dientes que parecen bañados en caramelo. Que sí, que él cuida el auto, que tranquilos, él está siempre acá, día y noche. ¿Duerme en la sillita de quiosco? ¿Dónde hace pis? ¿En las escalinatas de esa iglesia cerrada?
Miro a Jesús mientras se da vuelta y recuerdo a Titano, el barbone hospedado por la poeta Alda Merini en su casa en Navigli, Milán. Barbone sería vagabundo, mendigo. Pero en Merini es más que eso: es el amante siempre joven, es el Cristo al que Alda cuida, baña y acaricia de sábanas. Merini recoge a varios mendigos de la calle, todos hombres más jóvenes que ella. Encuentra allí una razón, un espejismo, un acercamiento a la Terra Santa, una alternativa en Navigli, una santidad fuera del manicomio. Pero Titano es, parece, el más importante. Es quien tiene nombre. Fuerza, mitología. Es el comienzo del universo, la fuerza galopante. Es una puerta a lo místico, es un reencuentro con el sexo, porque Alda tiene como setenta pero coge con Titano, garchan, se masturban. En ese departamento de Navigli cuya puerta está tatuada de números de teléfonos de amigos, abarrotada de libros, papeles, un teléfono, humo, más humo, telas pesadas. En ese departamento las fuerzas del universo se sueltan. Titano es el lenguaje poético, Titano es una colección de poemas en las que cuerpo y alma se dislocan, se retuercen. Ni uno ni la otra, Alda no elige, fusiona y en su Titano acuna al Cristo y al Jesús. Alda mistifica a Titano y lo limpia, lo acaricia, pero así no lo civiliza, al contrario, quiere que así recobre las fuerzas destructivas y creadoras del universo, de los titanes. Lo despoja de su coraza de marginal, de riesgo, de cuerpo adosado a una esquina, de bulto. Titano acepta, por un tiempo. Se deja. Amar y toquetear. Se deja ser hablado. Hasta que un día escapa, cruza los puentes de esta zona de Milano que parece Ámsterdam que parece San Petersburgo y se instala en una colina, en un recoveco, o debajo de un puente. Cualquiera de esas variables es equivalente. Escapa del confort burgués de su maníaca, escapa al cuidado y a la caricia. Muere de frío. Alda lo encuentra, después de notar su ausencia, después de esperarlo por semanas. Camina por los canales y lo ve. Enjaulado en el Tártaro, líder coronado del inframundo moderno. Vuelve Alda desinflada, su gordura desparramada en cada puente de Navigli hasta llegar a su casa. Se tira en la cama con su desnudez incómoda y llora, llora mientras se masturba intentando recrear las fuerzas abrasadoras de Titano, procurando volver a ese estadio previo del universo en el que todo era solo elemental, agua, fuego, tiempo. Cuerpo arrojado, pelo del barbone en el cuello, sudor inspirado en algún dios pagano de otra tradición invocada en el momento en que Titano la miraba al centro de la pupila dolorosa, sangrada. Acaba Alda mojada de lágrimas, furiosa y temblequeante, sus muslos enormes y sus capas de piel se expanden sobre la cama y con piernas abiertas y un cuerpo inmenso y débil y olvidado se cerciora de que Titano ya no existe, de la edad de oro se opaca. Es tiempo de ir grabando con un cuchillo en la puerta el número del barquero que la cruce por los riachos de Navigli y la acurruque (no dentro de mucho) contra la espalda de Titano.
¿Tendrá este tal Ivàn una Alda que lo cobije en alguna de estas ventanitas tapiadas de Palermo? ¿Habrá alguna poeta o pintora o astróloga anciana que lo llame con sus artilugios, que lo convoque cada noche para jadear, tocar, y con cada gemido recuperar al menos un atisbo de la edad de oro previa al orden del Olimpo moderno? En esto se va mi mente mientras sacamos del baúl las valijas y las bolsas y caminamos al departamento. Es en esta misma cuadra (pocos metros), es una puerta de madera de doble hoja. Omar gira con dos vueltas la llave y nos damos la bienvenida a nuestra noche de llegada, a nuestra extranjera y perseguida calma.

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