El lector andante

Fotografía : Gonzalo Sánchez Segovia / @gsanchezsegovia

Un ensayo de Hernán Diez

> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.

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Hernán Diez (Buenos Aires, 1978). Después de vivir un tiempo en Concordia, Entre Ríos, estudió Ingeniería Forestal en la Universidad Nacional de La Plata, carrera que abandonó en 2002. Más tarde, comenzó el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín en el Joaquín V. González. Actualmente da clases en el nivel medio y en un profesorado de educación primaria. Desde 2024, cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. Escribió una breve biografía de Virginia Woolf, que resultó finalista en el Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente 2024. Eventualmente, publica artículos y ensayos.

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Cuando estudiaba en la facultad de agronomía de La Plata, los alumnos solíamos hacer largos recorridos por los senderos del jardín botánico “Carlos Spegazzini”. Pasar de las pizarras negras y del laboratorio a la amplitud de ese parque, en el que tomábamos contacto con lo que nos parecía una verdadera parcela de naturaleza, nos infundía un aire que cambiaba nuestro ánimo de inmediato. Las ramas de los árboles se extendían sobre nuestras cabezas y filtraban el sol de la tarde, que dibujaba pequeñas manchas en el suelo. El tiempo se regía por el leve sonido de las hojas secas que crujían bajo los pies. La profesora Elsa Salman (invariable saquito color canela con botones nacarados) se detenía en algún recodo del camino y hacía breves comentarios sobre la época de floración de las plantas o sobre algún detalle significativo. Otras veces, recogía del suelo una hoja, una flor o un fruto, que extendía ante sus pequeños ojos de pájaro. ¿Qué es esto? Alguno de nosotros arriesgaba un nombre: “Thuja occidentalis”, “Magnolia grandifolia”, “Brachychiton populneus”. Al final del curso, debíamos presentar un herbario, que con frecuencia incluía anotaciones aclaratorias e ilustraciones de los frutos y las semillas. Conservé durante años ese material, que guardaba en una caja de cartón forrada en papel madera, pero se perdió cuando abandoné la ciudad de La Plata.

Hace tiempo me regalaron un singular libro, que me recordó a aquel herbario: Sobre la maravillosa transformación de las orugas, de una naturalista alemana del siglo XVII, Maria Sybilla Merian. El libro venía acompañado por una nota que escribió mi amigo, en la que hacía referencia a la entomología, a la letra gótica utilizada en Europa durante la Baja Edad Media y a la escritura de textos literarios. Nada decía de las ilustraciones, pero creí que esa omisión no era más que una velada referencia a lo que podría ser una forma primigenia o más radical de la escritura. Aunque a cada uno de los dibujos de Maria Sybilla Merian le sigue un breve texto en el que la autora registra sus observaciones, los grabados despliegan un mundo propio que reúne, bajo una misma mirada, las distintas fases de la metamorfosis de las orugas y las plantas de las que se alimentan. Es decir que sus dibujos no se limitan a un gesto mimético, sino que compone imágenes que responden a una visión íntima y personal de la naturaleza. En un apartado preliminar dirigido a los lectores, dice lo siguiente: “No importaba cuántas veces contemplara a esos insignificantes animalitos tan poco valorados, siempre experimentaba la extraña grandeza divina”. 

Otras ilustraciones, como las que realizó Gustave Doré para diferentes clásicos en el siglo XIX, revelan también una extraordinaria habilidad para conjugar la atención al detalle con un despliegue imaginativo maravilloso. Por ejemplo, en una de sus tantas litografías sobre El Quijote, aquella en la que el ingenioso hidalgo lee una novela de caballerías mientras empuña una espada, rodeado de los seres fantásticos que encuentra en sus aventuras, condensa una experiencia de lectura que es, a la vez, la del Quijote y la del propio lector. La posible objeción de que Maria Sybilla Merian dibujaba criaturas del mundo natural y de que su trabajo reviste cierto carácter científico, acorde a su época, es inverosímil: al igual que Gustave Doré, Maria Sybilla Merian le da forma a una mitología.

Henry David Thoreau nació en Concord, Massachusetts, el 12 de junio de 1817. Ingresó a la Universidad de Harvard en 1833, aunque las lecturas que en verdad le interesaban las halló en la biblioteca y no en las aulas. Al regresar a Concord, intentó dar clases en una escuela, pero pronto se dio cuenta de que ese no era su lugar y tomó la iniciativa de fundar una pequeña escuela junto a su hermano John. Tres años más tarde, la repentina muerte de su hermano puso fin a ese proyecto. Durante un tiempo, trabajó en la fábrica de lápices de su padre, pero Henry no se sentía a gusto con las condiciones de la vida urbana. Desencantado, le confió a su amigo Ralph Waldo Emerson que tenía el propósito de alejarse de todo por un tiempo, para dedicarse a leer y escribir. Emerson le dijo que podía ir a unas tierras que él tenía a orillas del lago Walden, a 3 kilómetros al sur de Concord. El 4 de julio de 1845, Henry se fue allí y construyó una pequeña cabaña en medio del bosque, donde vivió un poco más de dos años. Sus obras más conocidas son Walden, o la vida en los bosques (1854) y Desobediencia civil (1849). Poco después de su muerte, el 6 de mayo de 1862, se publicó Caminar. En su ensayo, “en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles”, Thoreau señala que caminar es un modo de deambular (sauntering), término que etimológicamente remite a quien vagaba por los campos en la Edad Media y pedía limosnas con la excusa de que se dirigía a Tierra Santa. El caminante, entonces, sería una especie de peregrino. Lo interesante es que Thoreau plantea que lo que nosotros entendemos por caminar está muy lejos de lo que significa ser un caminante. Para la mayoría de las personas, “la mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado”. Su postura es radical:

Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata.

Para Thoreau, “las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios”; los caminantes no eligen los caminos para andar, sino el campo abierto. Es como si ante la alternancia que propone aquel poema de Robert Frost, El camino no elegido, Thoreau nos dijera: ni uno ni otro, fuera. En el curso de sus reflexiones, no es extraño que reconozca en la figura del caballero andante un ideal:

El espíritu caballeresco y heroico que en su día correspondió al jinete parece residir ahora 一o quizá haber descendido sobre él一 en el Caminante; no el Caballero, sino el Caminante Andante.

Aquel caballero andante no es otro que el que Gustave Doré imaginó entre libros, princesas y criaturas fantásticas; es también un lector y una representación de la lectura, en la que el acto de leer equivale a deambular por el mundo. Una experiencia doble, a la vez imaginaria y mundana. Por eso, no se verá a los caminantes de Thoreau por los caminos, ni se hallará a las orugas de Maria Sybilla Merian en un jardín botánico.

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