Extranjería bilingüe

Foto de Nicolás Grandi

Una crónica de Nicolás Grandi

> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.

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Nicolás Grandi (1978, Buenos Aires) es Licenciado en Cinematografía por la Universidad del Cine y Maestrando en Periodismo Narrativo por la UNSAM. Trabaja en la intersección entre cine, poesía, escultura y artes impresas explorando las infinitas relaciones entre palabras e imágenes. Su práctica artística es porosa y nómade, como él. Pone especial foco en facilitar diálogos transculturales. Sus trabajos han participado en festivales y muestras colectivas en las Américas, Asia y Europa. Entre sus trabajos destacan: Poemario de la Añoranza (2026),  Laboratorio del Vínculo – Fanzine Transmedia (2021), Faasla (2020), La Poética de la Fragilidad (2016), De Sidere 7 (2014) La Pasión Según Ander (2005). Forma parte del equipo de Revista Rumiante.

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Llegar

El turismo es pecado, viajar a pie es una virtud, diría Werner Herzog en su declaración de Minnesota. Siempre resoné con esta máxima. Se trata del tiempo del viaje, del ritmo para ver y ejercitar una mirada, de ser un extraño en un nuevo contexto pero a paso lento, así puede el espíritu acompañar al cuerpo en su deambular por el mundo. Antes de los aviones, al viajero se le imponía otro ritmo. En marzo de 1857 Lina Beck-Bernard desembarcaba en Buenos Aires, junto a su marido, después de poco más de dos meses de atravesar las grandes aguas. Ahora esas peripecias están reducidas a un par de días, si es que toca hacer conexiones en diferentes aeropuertos. Llegar a India implicó una serie de paradas, de unas cuantas horas, en los aeropuertos de Madrid, Doha y Chennai. Es un viaje agotador. ¿Pero qué hay de esos viajes en barcos, en los cuales muchas veces había que atravesar tempestades que batían el mar de tal manera que generaban murallas? Lanzarse al viaje era tramar una épica. No creo que la épica esté del todo muerta, pero sí ha cambiado sus formas. Llego a Chennai, la antigua Madras, en noviembre. Es decir, llega el cuerpo bastante mareado. El jetlag no perdona. Si Lina tenía al tiempo de su lado para que el espíritu acompañe al cuerpo en esa peripecia, mi cuerpo llega pero mi espíritu aún está digiriendo las impresiones fugaces de la Terminal 4 de Madrid. No hay personas a quienes preguntar, sólo pantallas donde sacar la información para llegar a la puerta de embarque a tiempo, y rogar no hacer ningún trastabilleo en los trencitos internos a tomar. Un error puede implicar más de veinte minutos de demora y el riesgo de perder el vuelo.

Ya en Doha las personas andan por doquier con un afán de mostrar la opulencia del petróleo, que chorrea en cada rincón donde la mirada se fuga. En el freeshop se ofrecen desde Ferraris hasta carteras de Dolce y Gabbana. Creía haber estado en los ambientes más cosmopolitas, pero este aeropuerto es un nodo de conexión de oriente y medio oriente. Árabes, africanos, persas, sudasiáticos entre tantos otros más esperaban su conexión. Pocos visitaban el freeshop, más que nada eran mujeres que desfilaban o usando burqas, esas que cubren completamente sus cuerpos, o chadores que son las que dejan el rostro al descubierto, o hijabs que abrazan la cabeza resaltando el rostro y permitiendo lucir en el resto del cuerpo los modelos más modernos y glamorosos. Hay muchos más modelos de velos, de acuerdo a la rama del islam a la que pertenezcan ¿se puede decir los islames? Qué pocas dimensiones le conocemos al mundo. 

El desembarco en Chennai fue distinto. En India no hay hall de llegada en los aeropuertos, más bien hay que aventurarse directamente hacia la calle, donde se ven cientos de cabezas estiradas, amontonadas, tratando de reconocer quién sale en qué momento. Lina tuvo ese tiempo de espera prolongado, su barco fondeado en el Río de la Plata aguardando que baje el resto de los pasajeros y todo el equipaje, esperando el ballenero que los lleve y los libere de su cautiverio de meses. Mientras a la familia Beck les tomó tres horas de navegación para que el ballenero uniera el punto donde estaba la embarcación fondeada al puerto de Buenos Aires, a mí me tomó apenas media hora el viaje en un taxi con aire acondicionado que mi hermano gestionó. “Como para amortiguar la llegada” él me dijo.

Eran las tres y media de la madrugada. En India los vuelos tienen esos horarios extraños. Luego me enteré que se ajustaban a las regulaciones aéreas europeas, que prohíben que los vuelos surquen los cielos durante la noche, no vaya a ser que alteren el sueño europeo. La atmósfera espesa, vaporosa y congestionada. La luz de sodio tiñe de naranja todo lo que se llega a ver. Mucho concreto. Mucho. Muchas bocinas. Muchas. Llegamos a la casa, unos cubos de concreto de diferentes dimensiones con espacios abiertos que permiten la circulación del aire. Parece una mezcla de modernismo y brutalismo. La noche apenas permite a las plantas dibujar su contorno. Son exuberantes y se abrazan al concreto. Pero de todo lo nuevo, lo que me mantuvo cautivo fueron los cuervos, su canto constante. Nos los veía, pero su presencia no se detuvo en toda la noche. Y no se callarían de día tampoco. Todo el tiempo presente, en cada ciudad de la India. Los cuervos como leitmotiv de lo urbano. Siempre los cuervos.

El habla oxidada

Sobre el hecho de ser bilingüe, Silvia Molloy deja en claro que se es consciente de la inherente rareza de toda comunicación: lo que se dice es desde siempre ajeno, hablar implica insuficiencia y doblez. Y lo olvidamos por la ansiedad de establecer contacto. El ser bilingüe implica una práctica en el cotidiano. Un sostener y enhebrar lo rutinario entre dos lenguas. Un ejercicio constante de abandonar las estructuras de nuestra lengua materna y zambullirse a lógicas estructurantes de otro territorio.

Jason, de la nación Cree de Norte América, me dijo que la palabra siempre se vincula al lugar, desde el lugar emerge la palabra, por eso cada territorio tiene sus propias palabras, su propia manera de decir. Y desde luego, su acento. Mi educación fue bilingüe, fueron doce años donde lo cotidiano y lo rutinario estaba enlazado entre el castellano y el inglés. Y habrán seguido unos nueve años donde el cotidiano de hablarlo y hacerlo pasar por el cuerpo mermó. Los primeros intentos de conversaciones en India me dejaban pensando en cómo iba a poder sobrevivir solo, cuando mi hermano se fuera, cuando no era capaz de identificar una sola palabra que decían.

– ¿Están hablando en inglés? Le pregunté a mi hermano consternado. Y claro que el acento me alarmó. Era una forma de llevar el canto de la oración que nunca había escuchado. Me tomó al menos un mes descifrar el fraseo cuando entendí cómo algunos acentos se corrían hacia el final de las palabras. Y un par de años, comprender por qué hacían esa operación.

Me di cuenta entonces que los idiomas que portamos dentro nuestro pueden oxidarse, pero también desoxidarse. 

Es complejo también cuando volver a hacer funcionar los engranajes de cierto idioma se hace en medio de un océano de acentos ajenos. No exagero al decir que India es un océano. No un mar. Sino un Titán, un océano. Al tiempo mi hablar sumó no sólo el acento del inglés del sur de India, sino los gestos. El habla es un hecho corporal. El inglés del norte es diferente. Me gusta arriesgar una teoría, que el norte ha sido escenario de constantes luchas, invasiones, conquistas y ataques a lo largo de miles de años. Y esa violencia quedó imantada en la musicalidad de los idiomas del norte. En cambio en el sur el mercado fue protagonista. Por ejemplo, en el medioevo el oro negro (la pimienta) salía del puerto de Kochi al sur de India directo hacia la Serenísima República de Venecia. En toda esa región se acumuló por milenios una mezcla de nativos con no nativos provenientes de África, Arabia, Persia y el Mediterráneo, lo que ha generado una música ligada al intercambio.

Ser bilingüe en India es como sentirse en casa. “Hablar con acento delata al hablante: no se es de aquí” dice Molloy. Pero en India casi nadie es completamente de aquí. Pero en última instancia ¿quién es de allí, sino quien vive en ese lugar, por más que sea transitoriamente?

Lo más común es encontrar personas trilingües, cuatrilingües, pentilingües. “Mi madre es de Tamil Nadu, habla tamil, mi padre de Maharastra, habla marathi, y mi abuela es de Delhi, y habla hindi.” Esa es una conversación común con alguien que a esos cuatro idiomas le suma el inglés con el cual nos comunicamos.

El acento del inglés en India es un evento completamente interseccional. Quien accede a una educación en inglés pertenece a la clase que puede costear una educación en inglés. Pero luego, puede uno encontrarse con el inglés utilizado de manera muy transaccional, un inglés de supervivencia, que le puede asegurar a uno que no pasará hambre, que podrá dormir en algún lugar y que llegará donde tenía voluntad de llegar.

Desde entonces mi inglés está conformado mayormente por un south indian english accent, abandoné toda pretensión de ser el english boy que creía, a lo Molloy. Preferí apostar a un hibridaje radical. Sonar como mi cuerpo experimentó el lenguaje en ese lugar.

La raza blanca

Lina vivió cinco años en la Argentina, en la provincia de Santa Fe. Yo viví cinco años en India, en la provincia de Karnataka. Lina regresó a Francia y publica recién en 1864 El Río Paraná – Cinco años en la República Argentina. Yo regresé a Argentina, y recién pasados los diez años empiezo a escribir sobre India. Doña Mercedes invita a Lina a una cena típica con todos los manjares criollos. Atrás de donde la anfitriona se sienta, está parada una sirvienta, una india (pero no de la India) que carga con su bebé. El contraste entre el vestido brocado con bordado de perlas de doña Mercedes y la manta enredada como pollera de la india es abismal. La india no tiene nombre propio, la anfitriona sí. Lina nos dice que estas dos mujeres personificaban dos razas que trescientos años de lucha han dejado enfrentadas, de manera irreconciliable, como “siempre lo son los pueblos desposeídos frente a los pueblos invasores”.

Estoy cambiando de ómnibus en una terminal remota, haciendo una conexión para ir hacia Bangalore. Es un verano caluroso, seco y polvoriento. Mayo pone ese desafío, la cúspide estival. Me doy cuenta igual de lo adaptable que es la raza humana, la vida es capaz de tomar formas insospechadas y perseverar. Tomar un asiento en un ómnibus requiere de las más elaboradas destrezas, y si uno quiere asegurarse un buen lugar (las ventanillas son codiciadas), debe entonces ser extremadamente veloz, ganarle a cualquiera que ose interponerse con el mismo objetivo. Un método infalible es el de tirar un pañuelo o una botella de agua a través de la ventanilla, desde abajo, y así asegurarse la reserva de ese asiento para cuando uno logre subir entre la muchedumbre. Esas reservas se respetan, y funcionan.

Tiré mi botella de agua por la ventanilla y logré un asiento junto a la ventanilla. Ya estaba yo quedándome sin dinero, y mi urgencia estaba en llegar a Bangalore para empezar mi nuevo trabajo. Estaba seguro que iba a poder financiar mi estadía el primer mes, antes de cobrar mi primer sueldo. En un momento desde abajo, un niño insistía en venderme bebidas pero yo estaba bien muñido de agua, además de tener mis gastos calculados milimétricamente. El niño empezó a decir “American… American…”. Ser American es sinónimo de ser exitoso y tener mucho dinero. Yo le respondía con un “South american… South american…”.

Ese South American parecía no desplegar demasiado el imaginario de mi procedencia, dejaba más incógnitas que respuestas. Este era el procedimiento común en el intento de comunicarme, y hacerme entender, hasta que entendí que seguido a South American debía agregar “Maradona… Maradona…” En ese momento las cosas cambiaban. Pronunciar el nombre del ídolo traía sonrisas, se relajaban las expectativas y mermaba el acoso. 

Ser blanco en India implica atravesar la situación de siempre ser el otro. Imposible es no dimensionar el peso histórico de la raza, la carga y densidad que tiene el color de nuestra piel. La ciencia le adjudica a la melanina el porqué de nuestro color, una lotería en la cruza genética y la pulseada entre genes dominantes. La historia, por su lado, ha cargado al color de la piel el valor simbólico del poder. Ser blanco es pertenecer a la raza blanca. Se abren así todo un menú de privilegios: asegurarse pasajes en tren, tener oficinas especiales de atención, acceder a clubes o a playas cerradas para los locales, carecer de talento y aún así conseguir altos puestos laborales. El valor simbólico se torna en un poder concreto. Es común encontrar que en las farmacias y perfumerías entre los productos que más se venden son cremas que prometen aclarar la piel. El sueño de ser American.  

Hasta entonces no se me había internalizado la otredad de manera tan fehaciente. La conocía, la había estudiado, la había debatido. En mi propio país me trataban de gringo. Pero en India la conciencia se hizo carne; la conciencia de raza, de mi privilegio, no elegido, sino genético.

Yo soy el otro para el otro.

Cantar la lengua

– Cuando soñás ¿lo hacés en castellano o inglés? Ya para mi quinto año, no sabía bien cómo responder a esa pregunta. Estábamos debatiendo sobre los diferentes idiomas, y la noción de la lengua madre. Claro que para quienes manejan entre 3 ó 4 idiomas esa es una gran pregunta ¿Es la lengua madre la de mi madre, la de mi padre o la que me enseñaron en la escuela? Lawrence, quien llevaba adelante la tertulia, encontraba la respuesta en los sueños, yo en cambio me desorienté. Hacía tanto que no hablaba castellano en mi cotidiano que creía estar soñando en inglés, pero no dudaba cuál era mi lengua madre.

Fueron frustrados mis intentos de aprender los idiomas locales. Más que ciertas palabras que me facilitaban lo transaccional, la comunicación elemental. Molloy lo reflexiona bellamente cuando habla sobre sus estudiantes que hablaban chino, húngaro, árabe, hindi. Ellos lo utilizaban con los padres o con un pariente viejo por razones meramente prácticas, sin atribuirle al idioma otra función más que la de ser un shortcut un atajo. Claro que estos idiomas no eran mi Heritage language, como los estudiantes de Molloy decían. Pero en cierta manera me encontraba en una configuración similar “Ili left, ili right” con esa manera híbrida de mezclar idiomas que hay allá, pidiendo al conductor del auto rickshaw que doble a la izquierda o la derecha para llegar a destino. Hasta que decía “Bas, bas” para indicarle que era hasta ahí, habíamos llegado. En ese trayecto ya mezclaba hindi, inglés y kannada. Fue un conductor de un auto rickshaw el que me reprendió una vez porque no hablaba kanada fluído “Cinco años viviendo acá y no podés elaborar una oración en kannada, vergüenza debería darte. Si yo viviese en tu país por tanto tiempo ya estaría hablando español”. Nunca me sentí tan avergonzado en mi vida. Es que tenía razón. Pero las aspersiones y las guturalizaciones que demandan los idiomas del subcontinente me frustraban. 

En verdad me interesaba más aprender hindi, por un lado por lo refinado que tiene su construcción, y por el otro por los textos a los cuales podría acceder que carecen de traducción al inglés, y menos aún al español.

“Tumhaaree onko kee pankhudiya khubasoorat hai” (तुम्हारी ओन्को की पंखुड़िया खुबसूरत है ) es lo primero que aprendí a decir en hindi. En una charla casual le pedí a mi amigo Sunil que me enseñe, me pidió que le dijera una oración para traducir, y lo primero que se vino a mi cabeza fue “tus pestañas son hermosas”. Estaba pensando en mi novio, y era algo suyo que me gustaba mucho, esas pestañas negras azabache, densas, que enmarcaban sus ojos almendrados. La traducción que él me dio fue “los pétalos de tus ojos son hermosos”. Cuando con orgullo iba diciendo mi primera frase en hindi a todo quien conocía quedaban sorprendidos, me decían que estaba hablando un hindi muy poético.

Sunil había hecho lo que Laura Wittner dice hacer con las traducciones de sus poemas, pararse en medio de dos idiomas y ver qué se puede hacer. El inglés canta de una manera, el hindi de otra, el castellano en otra. Hay un problema metafísico en la traducción, dice Wittner, porque no traducimos sólo un idioma sino una cultura. No es hacer coincidir más o menos las palabras, porque podríamos alterar el sentido.

En hindi el verbo siempre va al final, por lo que tanto agencia y sentido se entienden al finalizar la oración. Cuantas veces me frustré frente al monitor igual que Wittner tratando de traducir poemas y pensando que es imposible traducir. En hindi, el uso del verbo al final y el cambio de una letra, hace que sea un verbo completamente diferente. El “pun” o juego de palabras, es algo que se encuentra abundantemente en esa poesía, su estructura, su sentido, su cantar está imbricada en ese tipo de construcción. 

But nothing’s lost. Or else, all is in translation

and every bit of us is lost in it.

James Marrill, citado por Laura Wittner

En India el alivio venía al reconocerse tan perdido como muchos en sus entramados de idiomas. El intento de querer contactar, relacionarse y expresar ecualizaba la frustración, y posibilitaba la maravillosa capacidad de construir sentidos entre lenguas, y armar conversaciones como si se tratase de una jugalbandi, que en hindi quiere decir gemelos entrelazados, y se usa para definir, en la música clásica india, a un dúo de solistas que se junta a improvisar buscando en la variación el disfrute y la consecuente atracción. La lengua canta y nosotros la hacemos cantar.

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