Sobre madres y piedras

Foto de Agustina Safarian – Instalación Pupila de Eduardo Basualdo

Un cuento de Agustina Safarian

> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.

*

*

La sangre seguía sin aparecer. Las brujas más sabias, todas aquellas a las que había visitado, pedían paciencia.

—Paciencia, niña, que no eres más que eso. Dos años de sangrado no es suficiente para que sea regular. Esto es naturaleza, niña, no ciencia.

Sus mañanas ya eran casi un ritual. Primero, se fijaba. Debajo de la falda, pegada al cuerpo de calor, metía la mano esperando ansiosa que saliera húmeda y roja. Por el contrario, la mano le devolvía una mirada seca, opaca. De un hueco en el piso sacaba un pequeño tarrito de barro en el que vertía el mejunje que la primera mujer le había dado, verdoso y espeso. No había tenido obstrucciones en la nariz desde que tomaba aquello. Las especias eran fuertes, y le penetraban el olfato casi tan profundamente como el vacío le perforaba el pecho. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a hablar, a mirar a los ojos?

Casi podía admitir que le gustaba ese brebaje. Hubiera cortado el ayuno siempre con esos gustos fuertes y aromáticos, pero carecía de medios para afrontar ese lujo. Había dejado todo, lo poquísimo que era suyo, en las primeras brujas. Las pocas alhajas de Ana, su madre, los vegetales más grandes de su huerta. Incluso algún elemento de madera que metió rápidamente en su bolsillo. Él no se daría cuenta y, si lo hacía, tampoco preguntaría. Ella valía más para él que cualquier elemento construido en su madera. Por ella haría todo.

Todo menos perdonarla por esto.

Podía sentir las piedras pegándole en el cuerpo. Las más filosas arañándola y dejando leves rasguños en su piel morena, que formarían una gran mancha roja, borboteante de sangre. Las más redondeadas la hincharían -como estaría de hinchada su panza- hasta dejarla irreconocible. Vería puntos rojos cada vez que abriera (si lograba abrir) los ojos. Sus uñas se mancharían, pero no de una tierra de trabajo. De tierra sucia. Tierra vergonzosa. Tierra adúltera.

El ritual se repetía. Después del mejunje, escondía la evidencia. Salía al sol incipiente, buscando el encuentro con su madre. Ana tenía un don: siempre se daba cuenta de los embarazos. Antes que la propia madre, incluso. Quizás, sospechaba a veces su hija, antes de la concepción. Se enorgulleció de ello mucho tiempo, hasta que las palabras de la boca del pueblo empezaron a ser cuchicheos hirientes. Que ella las embarazaba. Que ella los detectaba porque las ayudaba, como las brujas, a hacer y a deshacer.

Ana empezó a callarse, a guardarse cosas que ya sabía. Fingía sorpresa, derramaba las pertinentes lágrimas de alegría y daba las esperadas gracias a Dios. Le encomendaba a Él ese bebé en camino, aunque su hija pudiera ver en sus ojos que ya sabía el destino de ese conjunto de células palpitantes. Si viviría. Si moriría. Cuándo lo haría. Si lo haría el bebé o la madre.

Ella misma tenía ciertos dones. No con los embarazos per se, pero siempre supo que su intuición era más fuerte que la de una persona promedio. Había algo en su interior que parecía conectado con las cosechas. No podía ponerlo en palabras, pero algo en su pecho le marcaba el camino. Se le erizaban los vellos de la nuca cuando de ciertas personas se trataba y, aunque no lo comentaba con nadie, nunca se equivocaba respecto a estas. Distinguía una mala plantación de una buena con solo mirarla. Sabía las propiedades de cualquier flor al ponerla al sol. No obstante, siempre se conformó con ser tildada de humilde, de tímida. No quería sufrir los agravios que había sufrido su madre, que podrían haber sido mucho peores de no haberlos parado a tiempo. ¿Qué le esperaba a un mundo con dones incontrolados?

Jamás entendió por qué su mirada no cambió con ella. ¿Notaba su embarazo? Siempre había sido capaz de detectar cuándo su madre sabía cosas y, sin embargo, ahora nada parecía haber cambiado. Sus ojos eran los mismos de siempre. ¿Cambiarían sus dones cuando de su propia hija se trataba?

No recordaba cómo había sido. Tal vez, eso era también motivo de angustia. Fue como un abrazo muy fuerte, que le quitó el aliento, aplastándole las costillas y consiguiendo que un grito ahogado muriera en su garganta. Lloró, pero fue involuntario.

Buscó a su madre con la mirada, pero no estaba allí. ¿Estaría enojada con ella? Quizás se había equivocado y Ana sí sabía, sí lo había notado. Quizás estaba preparando las piedras.

Su santa madre apareció por el costado. Le sonrió y ahí el ritual terminó, porque Ana seguía sin saber. Así, pasaron los días.

Mano. Seca.

Brebaje.

Ocultar la evidencia.

Buscar a su madre. Comprobar que no sabía.

Mano. Seca.

Brebaje.

Ocultar la evidencia.

Buscar a su madre. Comprobar que no sabía.

Mano. Seca.

Brebaje.

Asco. Vómito.

Ocultar la evidencia.

Buscar a su madre. Comprobar que no sabía.

Mano. Seca.

Brebaje.

Asco. Vómito.

Ocultar la evidencia.

Vestirse con más ropaje que lo normal.

Tapar la hinchazón.

Buscar a su madre. Comprobar que no sabía.

Comenzó a, irremediablemente, ser inocultable. No había prenda de ropa lo suficientemente abultada. Los mareos eran cada vez peores y ningún remedio servía. Ana seguía sin sospechar y eso la confundía, pero también le daba más miedo. Si su madre no lo identificaba y no la enfrentaba, ella iba a tener que hacerlo. Iba a tener que decirlo.

Su prima siempre había sido su confidente. Isabel vivía a un trecho de distancia, pero sabía que allí sería bien recibida. En el viaje pensó. Pensó y siguió pensando. Qué hacer. Qué decir.

El mal augurio comenzó cuando la bienvenida se la dio una Isabel enorme. Su barriga era un globo inflado y, aunque abrazó a su prima con una efusividad característica en ella, notó al instante que algo andaba mal.

La visitante tardó en llorar. Primero, escuchó el relato de su prima. Cómo iba a nombrar Juan Bautista a su hijo. Los preparativos para el gran día. Las preguntas sobre si José podría ayudarlos a armar algunas cosas en madera. Y luego, recién cuando Isabel la tomó de la mano y le preguntó cómo estaba, lloró.

Balbuceó palabras. Buscó hacerse entender a través del llanto y anheló la compasión de su confidente. Pero del otro lado, los ojos la miraban incrédulos. Hasta fríos. Podría haber soportado las piedras, ninguna le hubiera dolido tanto como esa mirada de Isabel, que preguntaba por su prometido y se endurecía cuando su prima lloraba más en vez de responder.

Fue esa la mirada que la llevó a mentir.

—Llena eres de gracia — le dijo Isabel con los ojos inundados.

Una mentira es como una concatenación de pequeñas situaciones piadosas. Una pequeña palabra lleva a otra. Eso construye una frase. Muchas frases, que se vuelven hiperbólicas para que cada una supere a la anterior, construyen un relato tal vez fantástico, pero creíble.

Nunca dejó de sorprenderla la compasión y la compañía que recibió. Sus allegados no solo la querían, la adoraban. José dejó de tocarla. Decía que no podía, que la duda había dado lugar a la certeza. Que él mismo había tenido sueños con lo que ella mentía.

¿Era tan fácil huir de las piedras? ¿Por qué nadie lo había hecho antes? Nadie de su entorno, cuyas opiniones importaban, había dudado. La alegría y el orgullo de un salvador era tan grande que ellos mismos comenzaban a predicar una palabra que no existía más allá de la boca de la embarazada.

Hay cosas que jamás pudo explicarse. Una de ellas es cómo, o en qué momento exacto, todo se salió de control. Cómo crecieron la exageración y la metáfora a medida que su hijo dejaba de ser un niño y se convertía en un adulto. Otra fue la poca culpa que podía llegar a sentir. Por momentos, cuando la cara le ardía de vergüenza, o cuando la gente caía rendida a los pies del hijo bastardo del carpintero llamándolo Maestro, pensaba en las piedras y en lo que podrían haberle hecho, y cualquier rastro de culpabilidad se borraba. Veía felicidad y esperanza en los rostros de la gente. Veía bondad en un hijo que quizás no hubiera llegado a conocer. Había hecho lo correcto.

Sin embargo, la mayor incógnita la presentaba él, su hijo, que, sin dudas, y por mucho que su madre tratara de ser incrédula, hacía cosas. Situaciones inexplicables, milagros, decía la gente, que cada vez eran más. Él mismo empezó a esparcir la mentira de su madre, hasta que ella empezó a creer que, para él, no era falso.

Contradictoriamente, la sensación de angustia y descontrol que la acompañaron treinta y tres años se le fue del pecho al verlo moribundo. Vio en su sufrimiento lo que ella, con él en su vientre, podría haber vivido. Sintió sus clavos como habría sentido las piedras. Vio en él la seguridad que ella jamás tuvo. En sus capacidades, en lo que podría hacer con ellas. Ahí, al fin, comprendió.

Quizás no era el hijo de Dios. Pero sí el de María.

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