El primo Mario

Foto de José Daniel Cortés

Un relato de José Daniel Cortés

> En junio de 2025, Revista Pasajes abrió una convocatoria para recibir contribuciones externas; el relato que publicamos a continuación fue seleccionado entre los múltiples textos recibidos a través de la convocatoria.

*

*

El primo Mario llegó a casa durante los primeros días de aquel verano del infierno. El sol nos derretía y las gotas de sudor nos escurrían como si fuéramos velas. Vino de visita, o eso se suponía, pero se quedó a vivir con nosotros para continuar sus estudios en nuestra ciudad. Hacía años que no nos veíamos, ¡qué diferente era entonces!

—Lo expulsaron de su escuela anterior por reprobar matemáticas —dijo su papá, el tío Roberto.

Pensé que la verdadera razón era otra, que más bien se había metido en algún pleito fuerte. Traía una cicatriz en la barbilla, todavía fresca, y además ¿no era más fácil cambiarlo de escuela que de ciudad? Estaba seguro de que mis papás también lo pensaron, pero no dijeron nada y preferí ser cómplice de su silencio. Cuando me preguntaron qué opinaba —lo cual no solía ocurrir—, le di la bienvenida al primo Mario. Les dije que estaba muy feliz de recibirlo, como a un nuevo hermano, con la sonrisa más grande que pude dibujar sin verme surrealista, quería convencer a mis padres de que era una buena idea, aunque la emoción era real.

El tío Roberto era el hermano mayor de mi padre, él y mi madre le tenían respeto, o algo más cercano al miedo. No les quedó de otra y aceptaron en casa al primo Mario.

—Ven, primo —le dije—, te voy a enseñar tu habitación.

Mario pasó con la cabeza agachada entre los mayores.

—Con su permiso, tíos.

A pesar de su pinta de rebelde, fue muy educado.

—Más te vale que te comportes —le ordenó el tío Roberto y él asintió.

Me siguió con su maleta a rastras y lo llevé por la ruta más larga hacia la habitación que estaba más cerca de la mía, una de las visitas. Quería mostrarle toda la casa, esperaba que le gustara y no quisiera regresar a la suya: incomparable, junto a la playa.

Siempre había querido tener hermanos para jugar, o por lo menos uno más grande, alguien de quien aprender las cosas importantes que no te enseñan tus padres: inventar buenas excusas para salir de casa, por ejemplo, o falsificar una firma. El primo Mario era cuatro años mayor que yo, él llegó a ocupar ese lugar.

A simple vista podrías saber que era un chico de los que se ejercitan. Los músculos de los brazos y los pectorales se le marcaban sobre una camiseta blanca transparente de sudor y sus piernas eran anchas. Tenía la piel morena clara y ese bronceado natural de quienes viven junto al mar. Llevaba el cabello a la moda, como el protagonista de Titanic, aunque el suyo era de un negro brillante; y tenía los ojos verdes, «como aceitunas», o eso dijo mi mamá, aunque a mí me parecían más bien los de un gato.

—Me gustan los gatos —le dije—, pero no me dejan tener uno.

Él prefería los perros.

No me dejó ayudarlo con su maleta. Los brazos se le hincharon de venas.  

—Primo, ¡qué maleta tan grande tienes! ⎯le dije mientras subíamos las escaleras.

Él me miró y sonrío. Quise hacerle una broma.

—¡Y qué dientes tan grandes y blancos tienes!

Se detuvo en seco y me agarró de un brazo. Su brusquedad me sorprendió.

—Son para comerte mejor —dijo luciendo sus colmillos y lanzó una mordida al aire.

Desde ahí, supe que nos entenderíamos.

Antes de irse, el tío Roberto le advirtió que se portara bien. Dos, tres, cuatro veces. 

—No nos avergüences. —Mario dijo que sí a todo. 

Por su edad, el primo Mario tenía gustos menos infantiles que los míos, aunque a veces también jugaba conmigo a las carreras de coches, las batallas de robots o construir ciudades con los legos. Con el tiempo, me introdujo en los deportes: el futbol y el baloncesto.

—Juguemos a otra cosa ⎯me decía⎯, ya tienes pelos. —Y era verdad, ya tenía unos cuantos.

Al principio, solo jugaba para complacerlo y pasar el rato con él. Luego le empecé a agarrar el gusto. Terminábamos empapados en sudor, oliendo a hombres, y a la mitad del juego, el primo se quitaba la camiseta. Si nadie nos veía, se rascaba las axilas, peludas y mojadas, me tomaba por el cuello con un brazo y me obligaba a oler sus dedos. Me resistía y me molestaba un rato mientras él se divertía, luego se me pasaba y entonces él lo hacía de nuevo. Más adelante, empezó a rascarse las pelotas y era cuando yo más me enojaba, y de tanto coraje, terminaba respirando tan hondo como podía, sumergido en el tufillo impregnado entre sus dedos.

Como mis papás confiaban mucho en él, con el tiempo, empezaron a hacer viajes sin llevarme. Al principio de un sólo día, después los fines de semana, e incluso una semana completa para su decimocuarto aniversario. Cuando se iban, había pura diversión en casa. El primo Mario me dejaba ver películas de terror o para adultos con él, nadie nos obligaba a comer verduras y nos desvelábamos hasta la madrugada. Como las películas las veíamos en su habitación, a veces yo me quedaba dormido y despertaba al otro día en su cama, pero eso a él no le molestaba.

Una de esas noches vimos La laguna azul y luego soñé que estaba en la playa. Era de tarde y la brisa del mar me refrescaba. Sentía el aire recorrer mi cuello y también el pelo, me despeinaba. Los rayos del sol los tenía en la espalda. Se movían lento, como dos caracoles, y me recorrían de arriba a abajo hasta las nalgas, y de regreso. Dejaban un rastro espeso que me erizaba los pelos. Hasta entonces, mis pies solo tocaban el agua, pero, como todo lo que existe, los sueños también tienen dentro de sí aquello que es capaz de destruirlos, y de pronto vino una ola, creció y creció y se metió en la playa, hasta cubrirme la cintura y luego la cara. Me desperté agitado, como si el agua que hay en mí me ahogara desde adentro, tenía la entrepierna mojada. Prendí la lámpara que estaba a mi lado. Una ventana estaba abierta y dejaba entrar el viento. Me giré hacia el primo Mario, estaba desnudo y tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormido, o al menos no del todo. Miré bien y luego miré más cerca. Me apreté los puños, las ganas de tocarlo, y corrí al baño.

Cuando salí, el silencio flotaba en el pasillo, libre. La puerta de mi habitación me quedaba de frente, pero caminé a la izquierda y volví con Mario.

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